CAMAGÜEY.- ¿Qué relación guardan una obra en miniatura, una reunión entre conspiradores del siglo XIX y un desembarco? A simple vista ninguna, pero la IV Bienal de Miniaturismo de Guáimaro a Playita tiene la respuesta.

En ese municipio serán mostradas creaciones que representarán el alcance de la Asamblea de Guáimaro, efectuada el 10 de abril de 1869. También habrá obras sobre la llegada de José Martí a Cuba por Playita de Cajobabo, 26 años después, para hacer realidad los postulados de unidad de aquel encuentro.

En tierras guaimareñas doblaron por primera vez las campanas anunciantes de una lucha común para los cubanos, de la libertad. Las personas, los hogares y hasta los sitios más insólitos estaban preparados para recibir la trascendental ocasión.

Podemos imaginar a los protagonistas del hecho realizando una entrada triunfal al pueblo montados sobre sus caballos que, a trote lento, levantaban una leve nube de polvo. Pensamos en los rebeldes montaraces saludando con una y otra mano al gentío que formaba una algarabía de clamores y vítores. Luego, tocaría moldear la naciente revolución.

Si la paz y el orden político para las tropas insurrectas se gestaban en esa localidad de Camagüey, la metrópoli española, sencillamente, trataría de apagar las luces independentistas.

Un hombre como el Conde de Valmaseda, con un nutrido ejército, sería el encargado de emprender la creciente ofensiva que intentaría diseminar aquella llama amenazante de las huestes libertadoras. Aún bajo la presión del enemigo, los líderes mambises no dudaron, no temieron en quemar sus alas, como a un Ícaro que se aproximó en demasía al sol y constituyeron la primera República de Cuba en Armas.

Una idea resaltaba con brillo áureo en el documento. El solo pronunciarla alumbraba el espíritu de los patriotas. Ella expresaba que todos los habitantes de Cuba eran enteramente libres. Así, en una simple línea se pulverizaban las cadenas de la explotación, de la esclavitud y se ofrecía la misma ración de pan a los hombres que pisaban el suelo en aquellas regiones arrebatadas a España. El negro, el terrateniente, la mestiza bastarda, la dama que vestía encajes de seda, el que bailaba la Tumba francesa o las danzas de la corte, todos, libres.

Alrededor de una mesa debatían sin pausa los villaclareños, los delegados del departamento oriental y los camagüeyanos, encabezados por figuras como Ignacio Agramonte Loynaz y Salvador Cisneros Betancourt. Llegaba la hora de decidir cómo se estructuraría la nueva Constitución.

En ese particular prevalecieron los criterios de Las Villas y Camagüey que proponían los tres poderes de la división burguesa clásica: el ejecutivo, el judicial y el legislativo, este último con una Cámara de Representantes que podía elegir y destituir al presidente y al resto de los funcionarios.

La práctica demostró que esa no fue la decisión más idónea para la Guerra de los Diez Años, sin embargo, existía una duda formulada al calor de ese contexto: ¿otorgarle facultades ilimitadas al dignatario originaría, al final de la contienda, a un caudillo como sucedió en varios países de América Latina?

Radicalización. Fue una palabra que destelló entre los 15 hombres que, en su mayoría, pertenecían a la clase terrateniente. Ese resultó un momento para sellar el carácter de héroes clave para el Ejército Libertador como Céspedes y Agramonte. El primero demostró su capacidad para domar su temperamento y fidelidad a la bandera que defendió, incluso después de ser depuesto como Presidente de la República. El Mayor asumió con su alma bien juvenil, la disciplina de un oficial mambí que sacrificó su vida en la manigua por la independencia de Cuba.

Cuando José Martí desembarcó en Playita de Cajobabo, el 11 de abril de 1895, sabía que daba continuidad a la obra de esos independentistas. Conocía que las grandes acciones del pasado y las que se construyeran en lo adelante contribuirían a formar una revolución justa y verdadera. Cada pequeño aporte lo haría y lo hace, así sea en una escultura de madera en miniatura de la emblemática Asamblea de Guáimaro.