CAMAGÜEY.- Uno de los principales deseos de nuestro Héroe Nacional, José Martí, era despertar algún día en una Latinoamérica unida. Sus escritos son el ejemplo latiente de ese sueño que sus discípulos, de antaño y del presente, han compartido. Las cumbres de la Celac plantean metas esperanzadoras para alcanzar esa vieja añoranza.

“Lo que quede de aldea en América ha de despertar”, refirió el Apóstol en su conocido ensayo Nuestra América. Como un profeta, expuso la necesidad de buscar la redención de los pueblos, redención por la que apuestan los 33 países latinoamericanos que integran la Celac, desde su constitución en el año 2011. Esa fecha marcó la hora cero del esfuerzo, del entendimiento de nuestras naciones, el punto de partida para limar las asperezas, para potenciar y apreciar lo autóctono.

El concepto del bien, de la ética ante todo que permea el ideario martiano es, en esencia, el mismo canto al logro común de los líderes en estas cumbres. Así lo demostró el presidente cubano Raúl Castro Ruz en el 2014 al declarar en La Habana a América Latina y el Caribe Zona de Paz, es decir, colocar al diálogo y el respeto como garantía de la seguridad en la región. El apoyo a los procesos de entendimiento entre las FARC-EP y el gobierno de Colombia es el ejemplo palpable de ello.

Nadie mejor que El Maestro para mostrarnos la opresión del hombre por el hombre, que aún permanece vigente en nuestras sociedades. La temática, recurrente en los debates de la Celac, ha contado con el respaldo de sus participantes para eliminar tan degradante actitud hacia el ser humano. La adopción de acuerdos en el evento para incluir a los indígenas en el desarrollo de la patria grande también ha sido una prioridad, la prioridad que Martí calificó como indispensable en el progreso de los países.

Uno de los fundadores de esta Comunidad, el comandante Hugo Chávez Frías, describió la significación de las cumbres como el impulso más claro, en la historia contemporánea, para unir a los pueblos de la región y levantar una suerte de muro ante las posiciones injerencistas de los gobiernos proimperiales. Ya advertía en más de una ocasión el más universal de todos los cubanos: “los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas”.

En la V edición de esta fiesta para la unidad en América Latina, realizada en República Dominicana, como en las anteriores, la esencia martiana de fe en el panamericanismo pervive. Esa savia eterna de nuestro Héroe Nacional emerge en las resoluciones que apoyaron la preservación de la independencia de los estados de Latinoamérica y el Caribe, llamados al trabajo conjunto para erradicar males como la pobreza, el hambre, el desempleo, las políticas neoliberales, la guerra cultural y mediática y los daños medioambientales.

Cuba, siempre en la pupila de Martí, en el epicentro de su obra, en su sufrimiento por el yugo colonialista. Aunque libres de las viejas metrópolis, el lastre a nuestra soberanía aún persiste con el bloqueo genocida y la ocupación ilegal de la base naval de Guantánamo; pero, como lo quería el Héroe, Cuba no está sola: las voces solidarias de los miembros de la Celac se alzaron en favor de la eliminación de esas trabas que lesionan la economía, la independencia, y violan los derechos internacionales en la mayor de las Antillas.

“Patria es humanidad”, afirmó José Martí hace 122 años. Una frase breve, mas con un sentido tan amplio que trasciende las fronteras de nuestra pequeña Isla. Se ajusta a la misión que cada hombre en esta tierra debe cumplir para materializar la patria grande que el Apóstol soñó, la patria sin límites que la Celac propone.