CAMAGÜEY.- En la medida en que se aproximan las fechas simbólicas relacionadas con José Martí emerge una multiplicidad de temáticas protagonizadas por su pensamiento: se habla de su carácter, de su política, de su rol en la Historia de Cuba… de su universalidad. Las iniciativas tampoco se hacen esperar y por la calle es fácil cruzarse con adultos y jóvenes que portan el rostro firme del Apóstol en un pulóver, lo mismo en la espalda que en el lado izquierdo del pecho o colocan frases a la entrada de los centros laborales y hogares. Esos son días para creer en nosotros, su mejor obra.

Su vida fue breve y los sueños que lo importunaban constantes, como los dolores padecidos en las canteras de San Lázaro durante la juventud. El querer algo tan enorme como el pisar la tierra húmeda de una Cuba libre era una añoranza que lo atormentaba. Estaba atado a su traje negro, al luto, pero entre los renglones de La Edad de Oro retrató a la niñez alegre y culta que deseó y para ella dedicó las enseñanzas de Bebé y el señor Don Pomposo, La muñeca negra y Los zapaticos de rosa. Bien supo El Maestro de la importancia primero de forjar el espíritu y luego de levantar sociedades.

Para las generaciones de cubanos, del pasado y del presente, el autor de los Versos Sencillos legó escritos, quizá menos conocidos, como Darwin ha muerto, Gran exposición del ganado, La exhibición de flores y Edison. En cada uno de ellos se trasluce el interés de Martí en el progreso condicionado por la ciencia y la técnica. Se infiere la necesaria actitud ante el trabajo, de ese componente esencial imprescindible para obtener frutos, en renglones económicos como la agricultura, denominado voluntad. Su prosa rítmica asume admiraciones, descripciones y consejos como una oda al esfuerzo y oposición a la desidia.

Cuando el más universal de los cubanos compuso a los verdaderos próceres de su país y de América Latina, lo hizo con la ayuda de una sustancia más poderosa que el adjetivo: el amor. En el texto Tres Héroes, se refirió a la valía militar de Bolívar, de Venezuela, al argentino San Martín, y a Hidalgo, de México. Sin embargo, no describió en sí la épica de sus campañas o los brutales choques de sables y cargas de bayonetas, donde el dolor y la sangre resultaran una especie de atractivo en medio de la acción; Martí quiso elevar sus virtudes, resaltar los sacrificios que hace un hombre por su tierra, sin que la muerte fuera un motivo para detenerse en el intento.

En Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, el Maestro dejó una carta a su amigo Manuel Mercado en la que expresó sus convicciones de lucha y la intención de evitar la expansión de los Estados Unidos por el resto del continente. El Apóstol le conoció bien las entrañas al vecino de su Patria y, sin dudas, mientras su pluma recorría el papel recordaba la complicidad de los norteamericanos en los tristes hechos del puerto La Fernandina. En ese sitio las autoridades yanquis cooperaron con la metrópoli española al confiscar tres embarcaciones, organizadas por Martí, que traerían pertrechos de guerra para Cuba ¿Imaginaría entonces que la misiva a su compañero mexicano más tarde podría ser conocida como su testamento político?

El documento nunca llegó al destinatario. Minutos después, nuestro Héroe Nacional yacía muerto sobre la yerba que un día soñó pisar, libre. Sin embargo, la carta quedó inconclusa. Quedó lista para un nuevo amanecer, para otras manos. Quedó lista para que nosotros la continuáramos como una obra digna de su sacrificio.