Tomada de habanaradio.cuTomada de habanaradio.cuEl teniente coronel español Francisco Ramírez y Martín fungió el cuatro de octubre de 1870 como presidente de un tribunal militar en La Habana y pensó que solo le bastaría amenazar con la cárcel para que los dos adolescentes cubanos que juzgaba, nombrados José Martí Pérez y Fermín Valdés Domínguez pidieran clemencia y se inculparan mutuamente, pero se equivocó y su inflexibilidad se trastocó en asombro ante lo que ocurrió.

La principal prueba material del proceso era una carta ocupada y dirigida a un condiscípulo de los acusados, alistado en el cuerpo de voluntarios y a quien, en la misiva, se le acusó de “apóstata” y entre líneas se le recordaba que en la antigüedad el castigo que merecía era la muerte

Lejos de intentar salvarse del castigo judicial, los acusados se declararon responsables de la misiva y apelaron al tribunal para que se les creyera, pero la vehemencia de Martí que detuvo a su amigo, convirtió el juicio en una tribuna de independentismo que solo fue interrumpida cuando el presidente del tribunal salió de su asombro y terminó la sesión.

José Martí fue condenado a seis años de prisión con trabajos forzados y Fermín Valdés Domínguez a seis meses de prisión, además de aplicarse otras penas de destierros a otro acusado.

Así fue como el cinco de abril de 1870, le raparon su cabello, vistió un tosco traje de presidiario con sombrero negro, y le remacharon a la cintura y al pie los grilletes que dejarían una huella en su cuerpo para el resto de su vida.

Con solo 17 años, Martí pasó a ser el preso número 113 de la Primera Brigada de Blancos de la Real Cárcel que antes de salir el sol marchaban por el camino cerca de la costa a recorrer en silencio los más de dos kilómetros que los separaban de las Canteras de San Lázaro, solo interrumpido por la resonancia de los grilletes como escarmiento a los pobladores que los observaban pasar.

Evocaría luego el Apóstol de la independencia, su terrible experiencia al escribir El Presidio Político en Cuba, uno de los testimonios más vibrantes y crudos de denuncia al colonialismo español que se haya escrito y en el que compara el infierno con lo sufrido en su Patria.

“Dante no estuvo en presidio. Si hubiera visto desplomarse sobre su cerebro las bóvedas oscuras de aquel tormento de La vida , hubiera desistido de pintar su infierno. Las hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor", apuntó en su testimonio.

Allí conocería al anciano Don Nicolás Castillo, acusado de insurrecto, apaleado diariamente por los guardias e imposibilitado de sostenerse por las llagas en sus pies, era tirado en una carreta y enviado a las canteras medio muerto.

También sería compañero del niño de 12 años Lino Figueredo, hijo de un campesino, que por llevar el apellido de un ilustre mambí lo encerraron hasta que la enfermedad y los malos tratos lo convirtieron en una sombra de lo que fue, pero no sería el único menor preso, el negrito Tomasito de 11 años, sobrevivía sin comprender desde su mente infantil porque le pegaban a diario los salvajes guardianes.

Supo de enfermos mentales en aquel infierno, de intentos de suicidios de presos que se lanzaban desde las colinas de las canteras donde obligaban a los presos a cargar piedras para subirlas o bajarlas por empinados caminos para deleite de los salvajes custodios.

En su suplicio conoció del amor de su padre que tratando de aliviar sus heridas en su pie provocadas por el hierro de los grilletes, le colocó unas almohadas enviadas por la madre y comenzó a llorar a pesar de los intentos de su hijo por consolarlo.

Terminó la estancia de Martí en la prisión en octubre, cuando por gestión de sus padres ante el rico catalán y amigo de la familia José María Sarda, se le permitió que lo enviaran primero a la prisión de La Cabaña y después a la hacienda El Abra, propiedad del noble español en la Isla de Pinos, quien de esa forma le salva la vida porque por su delicado estado de, salud no hubiera sobrevivido mucho más tiempo en el presidio.

En enero de 1871 fue deportado a España y comenzó una nueva etapa de la vida del joven independentista, quien salió con la firmeza de sus ideales de la prisión colonialista y fue fiel a los versos que en los primeros día de cárcel le escribió a su progenitora al dorso de una foto en traje de preso en la que le ratificaba sus ideales y le decía:

 “Mírame madre, y por tu amor no llores:

Si esclavo de mi edad y mis doctrinas,

Tu mártir corazón llene de espinas,

Piensa que nacen entre espinas flores.”