José Julián Martí Pérez, nacido el 28 de enero de 1853 en La Habana y muerto en combate a los 42 años el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos, en el Oriente de Cuba, había organizado la Guerra Necesaria que continuaba desde el 24 de febrero de ese año la Revolución iniciada por Carlos Manuel de Céspedes en 1868.

Ostentaba altas investiduras en el naciente Ejército Libertador del 95, era llamado Presidente por sus compañeros de causa, aunque él prefería ser nombrado Delegado, en alusión a su responsabilidad como fundador, en abril de 1892, del Partido Revolucionario Cubano, preparador desde el exilio de la última carga patriótica por la emancipación de Cuba del yugo colonial.

El hoy Héroe Nacional de todos los cubanos también fue un poeta, narrador, periodista, pensador y político de rango continental. Actualmente se le reconoce en todo el planeta.

Los años en el exilio, al que se vio obligado desde su juventud por razones de su temprana acción revolucionaria en pro de la independencia de su nación, le posibilitaron, además, trabajar como corresponsal en importantes periódicos de Nueva York de, Buenos Aires, Montevideo, Caracas y Puebla, en México.

La intelectual venezolana Susana Rotker, premio Casa de las Américas en ensayo en 1991 por su obra Fundación de una escritura, las crónicas de José Martí, señala que en una época en que los lenguajes de la literatura y el periodismo estaban claramente diferenciados y eran terreno vedado uno del otro, la prosa martiana transformó esa circunstancia en la redacción de las crónicas que escribiera desde 1880 a 1892.

En especial en las llamadas Escenas norteamericanas, Martí hizo tanto un nuevo periodismo como una nueva literatura en Hispanoamérica al reflejar la formidable transformación social, económica, política y cultural, incluyendo el uso de las nuevas tecnologías de entonces, en un periodismo de rostro humano y humanista, que también realzó el tema latinoamericano y sus valores. Periodismo y recursos literarios dieron paso a una nueva escritura moderna.

Por otro lado, la poesía martiana es considerada fuente inspiradora del famoso movimiento Modernista, algo que proclamó el propio Rubén Darío, aunque José Martí, en propiedad no fue un poeta que pueda incluirse entre los cultores de esa famosa corriente.

El hombre que escribió el inmortal Ismaelillo, dedicado a su hijo; los Versos Sencillos, el agudo y trascedente ensayo Nuestra América en 1891 y la revista infantil La Edad de Oro tenía una obra literaria muy connotada y reconocida en vida, aunque esto no le llevó a riqueza material alguna, porque no era ese ni remotamente su objetivo.

Durante el largo peregrinar y accionar que tuvo por diferentes naciones antes de dedicarse de lleno a preparar la última guerra independentista, lo hizo sin olvidar por un segundo su sagrado deber con la Patria esclavizada.

Siempre obró y trabajó por la Revolución bajo la humildad, la modestia, la honradez y la pobreza, con abnegación y sacrificio sin límites, por lo cual también se ganó el referente de Apóstol.

Durante su intensa faena como periodista, crítico literario, ensayista, diplomático incluso, revolucionario y político en el país donde residió los últimos 15 años de vida, aproximadamente, Martí añadió a su formación anticolonialista e independentista, la conciencia de los peligros que entrañaba ya en aquellos tiempos el expansionismo e intervencionismo de Estados Unidos para los pueblos de América Latina.

Esto lo conocen los cubanos mediante lo que se llamó su testamento político, la carta inconclusa a Manuel Mercado, que escribió la víspera de su muerte en el campamento de batalla en Dos Ríos, el 18 de mayo. Se había jurado tratar de impedirlo.

Nuestro Sol moral, como lo llamara certeramente Cintio Vitier, procedía de cuna muy modesta. Sus padres eran los emigrantes hispanos Leonor Pérez y Mariano Martí.

Cursó estudios primarios en una escuela pública, donde conoció a Fermín Valdés Domínguez, a quien toda la vida consideró como su hermano.

En su niñez temprana residió un tiempo en Valencia, tierra natal de su padre. En 1862 acompañó a su progenitor durante una estancia en la localidad rural de Hanábana, donde este fuera designado juez pedáneo. Allí conoció por vez primera los horrores de la esclavitud y aprendió a ser un buen jinete.

Matriculó en la enseñanza media en un instituto donde era profesor Rafael María de Mendive, hombre íntegro y de ideas avanzadas y revolucionarias, cuya influencia dejó una marcada huella en el joven adolescente. Fueron años en los cuales también recibió clases de dibujo y pintura en la Escuela de Arte de San Alejandro.

Desde edad muy temprana mostró un afán creciente por el conocimiento, tanto universal, como por el contacto directo con la realidad de la tierra donde había nacido. En 1868, cuando se produjo el alzamiento encabezado por el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes escribió el poema 10 de octubre y un manifiesto donde proclamó ¡”O Yara o Madrid”, con lo cual declaró firmemente su postura anticolonialista. Apenas tenía 16 años.

Lo condenan en 1869 por infidencia a seis años de prisión, cumpliendo trabajo forzado en las canteras de San Lázaro. El joven había asumido toda la responsabilidad de la autoría de una carta a un compañero de estudios, en la cual se le acusaba de apóstata y traidor a la patria por haberse enrolado en el ejército español. Estaba firmada por él y Fermín Valdés Domínguez.

Los horrores, las crueldades que vio en las canteras, en el trato a los prisioneros enfermos y ancianos, le posibilitó escribir más tarde El presidio político en Cuba, cuando ya liberado por ingentes gestiones de su padre, vivía en el exilio en suelo ibérico desde 1871, luego del indulto de su pena de cárcel.

En el exilio español logra graduarse en Derecho y Filosofía y Letras en las Universidades de Madrid y Zaragoza. Tras una estancia posterior en París, regresa a América en 1875 por el puerto de Veracruz, lugar donde se establece. Allí conoció al mexicano Manuel Mercado, otro amigo de los años que siempre fuera un hermano para él.

También allí conoció a la cubana Carmen Zayas Bazán, quien fuera su esposa en 1877 y la madre de su único hijo.

Una vida y una obra inmensas, aunque transcurridas en un corto tiempo. Un ejemplo que es un faro de luz que sigue iluminando a los cubanos.