CAMAGÜEY.- Más de una vez he escrito y dicho, que cuando Ignacio Agramonte y Loynaz nació el 23 de diciembre de 1841 en la gran casona de la calle de la Soledad, las principales deidades del Olimpo le otorgaron sus dotes, para convertirlo en El Mayor, que luego daría su vida por la Patria.

Preguntarle a un camagüeyano sobre la percepción que tiene de este hombre es una especie de convocatoria a dar riendas sueltas al inmenso orgullo que sentimos por él, que dediquemos tiempo ilimitado a hablar de su inteligencia y valor, de sus aptitudes militares, de su amor por Amalia Simoni..., de tantas virtudes que lo convirtieron en el Héroe Epónimo de esta tierra, y que por la dignidad con que asumimos su ejemplo llegamos a ganar el prestigioso apelativo de agramontinos.

Aunque sé que no fue cierto, a muchos nos agrada creer que de niño impregnó en su pañuelo la sangre generosa de Joaquín de Agüero; cuántas féminas no nos sentimos Amalia ante la lectura de alguna de sus apasionadas cartas a la idolatrada esposa; o nos enorgullece admirar en cada joven soldado contemporáneo la estirpe del ilustre mambí.

Con acertado sentido metafórico y ajustado espíritu de elevado lirismo José Martí lo magnificó como diamante con alma de beso, al combinarse en él, de manera singular, la ternura virtuosa con la reciedumbre heroica y fiera.

Su existencia fue breve, y mucho más su vida política y militar que apenas abarcó un lustro, durante el que se consagró a destruir el férreo dominio absolutista, por eliminar el esquema social que asfixiaba a la Cuba colonial, como remedo del medioevo en pleno siglo XIX, con el anhelo de sustituirlo por fórmulas republicanas y democráticas, de prosperidad general, mucho más importante que el bien particular.

Permeado de las ideas generadoras de la Revolución Francesa, y del ejemplo que daba Bolívar en Latinoamérica, no vaciló un instante en trazar su propio destino en pos de la independencia de Cuba.

No podemos dejar de mencionar dos momentos trascendentales en la vida de Agramonte, cuando desde las aulas universitarias dio a conocer públicamente su pensamiento político. En las sabatinas del 20 de noviembre de 1858 y en la del 22 de febrero de 1862, expuso ideas encaminadas al beneficio de los cubanos, marginados políticamente por el régimen absolutista del coloniaje peninsular.

Su fe inquebrantable en la revolución como la única vía para la libertad, lo llevaron a asumir la histórica posición del Paradero de Las Minas, cuando ante las torpes dilaciones de Napoleón Arango, acabó con los cabildeos, hizo prevalecer sus criterios de que Cuba no tenía más camino que conquistar su redención arrancándosela a España por las fuerzas de las armas, con lo que prestaba su primer servicio a la causa.

En Guáimaro, como uno de los redactores de la Primera Constitución de la República de Cuba, plasmó en ella las ideas político-sociales que coadyuvaron al triunfo del independentismo sobre las corrientes de pensamientos anexionistas, reformistas, e incluso del abolicionismo condicionado; logró la unificación y organización de todos los revolucionarios, y sobre todo, marcó el carácter nacional, democrático, anticolonialista y antiesclavista de la Revolución del 68.

En innumerables cartas escritas a la esposa, a familiares y amigos, reflejó de manera clara y objetiva su convicción de la victoria. En un año tan crítico como lo fue para la Guerra Grande 1871, apuntaba: Cuba exige grandes sacrificios; pero Cuba será libre a toda costa. Las contrariedades más nos exaltan, y más indomable nos hacen; en tanto meses después aseguraba que cada día se robustece más mi fe en el triunfo, a pesar de todas las dificultades.

Por años el ejemplo de El Mayor nos alienta en el empeño de cumplir innumerables tareas en los terrenos de la economía, los servicios y la defensa, desde que Fidel, en su discurso del 11 de mayo de 1973 en la Plaza de San Juan de Dios, en ocasión del Centenario de la caída en combate del Héroe, nos conminara a cargar por nuestro desarrollo con el mismo ímpetu que lo hiciera su caballería mambisa.

Por eso no ha de resultar extraño que cada uno de los que sentimos correr la sangre agramontina por nuestras venas, al transitar por el céntrico parque citadino donde se levanta su figura ecuestre, o convocados a una conmemoración en la Plaza revolucionaria que lleva su nombre, desde la tribuna, su voz se levante para repetir, como en la proclama del 13 de enero1871:

(...) Camagüeyanos: vosotros habéis realizado inmensos sacrificios por la gloria y felicidad de Cuba y es imposible que retrocedáis por el camino que ya está teñido con vuestra sangre. (...) un pueblo amigo de la libertad y decidido a arrostrarlo todo para tenerla, alcanza siempre el laurel inmarchitable de la victoria.