Su vida y obra siguen interesando a los estudiosos actuales. Sus personales circunstancias biográficas, su apasionado carácter, generosidad y su marcada rebeldía frente a los convencionalismos sociales, la llevaron a vivir de acuerdo con sus propias convicciones, lo que la apartan de la mayoría de las escritoras de su época, convirtiéndola en precursora del movimiento feminista en España.

La hija del capitán de navío Manuel Gómez de Avellaneda y de Felisa de Arteaga, estuvo marcada por las desgracias: el fallecimiento de su padre y un casamiento apresurado de su madre la hicieron dejar su país y viajar a Europa. La muerte de sus dos maridos y el abandono de su amante cuando estaba embarazada de una niña que nació muerta colaboraron con su sentimiento depresivo y apasionado hacia el espiritismo y periodos de retiro religioso, aunque siempre contó con el apoyo de escritores amigos. Sin embargo también recibió las críticas de personajes como Marcelino Menéndez Pelayo, un escritor e historiador español, que impidió su inserción en la Real Academia Española.

Escribió poesía, novela y teatro, pero su compromiso social se hace patente en Sab, la primera novela antiesclavista de las letras españolas. Su poesía gira en torno al amor desdichado y pesimista, característica observable en algunos de sus sonetos.

Su trayectoria en la narrativa dejó asimismo muestras de sobresalientes valores, pero el fértil intelecto de Gertrudis Gómez de Avellaneda fructificó además en el periodismo, donde desempeñó su labor cumbre en las funciones de fundadora, directora y redactora principal de Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello, revista literaria defensora de las ideas femeninas y de fuerte apoyo al trabajo periodístico ejercido por mujeres.

El 1 de febrero de 1873, al encontrarse de nuevo en Madrid y rodeada de un mundo espiritual y místico, moriría Gertrudis de diabetes cuando tenía 58 años. Pasó a la historia de la literatura como una gran escritora romántica del siglo XIX. Sus escritos llenos de pasión y provocación, cuestionando la subordinación de la mujer, fueron también considerados el inicio de un camino hacia la modernidad y la liberalidad de las mujeres de su tiempo.

A sus 143 años de muerte, Camagüey la recuerda siempre como una hija más, como otra grande cubana de las letras. Quiso la suerte que naciera en la tierra bella del Golfo. Cuba la tiene en sus brazos y sabe lo inmensa que es. Ella también amaba a su patria, lo dejó plasmado en su soneto Al partir. Es que los grandes son así, dejando huellas por doquier.

¡Adiós, patria feliz, edén querido!

¡Doquier que el hado en su furor me impela,

tu dulce nombre halagará mi oído!

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