Cuenta el Camagüey de todos los tiempos con la gloria de sus mujeres patriotas, intelectuales, mambisas, desde aquellas que vistieron de luto y se cortaron el cabello en gesto de rebeldía, cuando Joaquín de Agüero y sus compañeros eran fusilados en 1851 por haber levantado sus armas contra la España que nos oprimía. Encabezadas por la figura insigne de Ana Betancourt Agramonte, trascendieron en el tiempo desde el instante mismo en que, proclamado el momento de su liberación, al lado de sus compañeros, decidieron correr la suerte de quienes abrazaron la causa independentista.

Amalia Simoni Argilagos quedó marcada por el amor infinito que la unió a El Mayor al punto de pedir que le cortaran la mano antes que escribir con ella una petición traidora al amado guerrero; Concha, madre de los generales Sánchez Agramonte, entregó a la causa la vida de la mayoría de sus doce hijos y la de su esposo, no sin antes haber sufrido las penurias de la manigua y el exilio, como le sucedió a casi todas las familias del Puerto Príncipe durante la Guerra de los Diez Años.

Vino desde Bayamo y se hizo nuestra Rosa Castellanos, esclava, negra, se ganó los grados de capitana curando heridos en su hospital de sangre en las entrañas de la serranía de Najasa.

Trascendió los mares y con su letra se hizo inmortal Gertrudis Gómez de Avellaneda con una valiosa y amplia obra literaria con novelas como "Sab", "Dos mujeres", "Espatolino", "El artista baquero", "La doma del gran toro", "La Baronesa de Jonx"; en teatro se enumeran "Baltazar", "Munio Alfonso", "Flavio Recaredo", "La hija de las Flores"… y poemas como "Al partir" donde desbordó su cubanía, la que siempre defendió; no podemos dejar de mencionar el controvertido y apasionado epistolario dedicado a Cepeda.

Otras como Aurelia Castillo llenaron también páginas de exquisita literatura con poemas, fábulas para niños, crónicas de viaje, estas últimas permeadas de un impresionante periodismo, aunque lamentablemente ha sobrevivido solamente por su "Agramonte en la vida íntima".

Tula Aguilera, entre las primeras mujeres médicos de Cuba, crea el servicio de inspección médico escolar, confeccionando ella misma los instrumentos que demostraron el alto índice de mortalidad infantil por diversas causas y el bajo estándar de vida de los pobres, y trasciende a otras naciones del continente como México y Argentina, a donde fue invitada para divulgar sus métodos de enseñanza de nutriología y medicina preventiva.

Instaurada la República neocolonial, las camagüeyanas, al igual que el resto de las mujeres de nuestro país, continuaron en pie de lucha, muchas de ellas desde las filas de los partidos de la oposición, luego integradas a las filas del Movimiento 26 de Julio, en nuestros llanos y en la propia Sierra Maestra formaron parte del Ejército Rebelde.

Entre ellas una se convirtió en paradigma y ejemplo de revolucionaria combatiente e infatigable, su nombre, querido y recordado por generaciones de camagüeyanos quedó inscripto en nuestra historia local como Felicita Ortíz Córdova. Esta humilde mulata, que pudiendo pasar por blanca jamás renunció a su origen, fue maestra de profesión y comunista por convicción; se entregó a la lucha contra la dictadura de Machado, levantó su brazo junto al de Blas Roca para hacer llegar a la clase obrera los preceptos del marxismo leninismo; acompañó, como la más fiel de las amigas, al líder azucarero Jesús Menéndez en su último viaje… besó a Fidel; fue la primera en los CDR, en la FMC, la delegada de circunscripción… como otras de ayer, de entonces y de hoy, estudiantes, científicas, dirigentes, intelectuales, artistas, deportistas, obreras, campesinas … hijas ilustres del Camagüey.

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