CAMAGÜEY.-Si bien es cierto que en el reinicio de la guerra el 24 de febrero de 1895 se resumieron voluntades, sueños y anhelos de muchos cubanos, de no ser por las energías y consagración de José Martí, tal Revolución no habría marchado adelante.

Con posterioridad a la firma del Pacto del Zanjón con el que se puso fin a la Guerra de los Diez Años en febrero de 1878, nuestro Héroe Nacional retorna del exilio, y ante su desacuerdo con la línea seguida por los partidos aquí organizados no se afilia a ninguno; desterrado nuevamente se dedica a organizar el Partido Revolucionario Cubano para, bajo su dirección, llevar adelante la Guerra Necesaria, para salvar a Cuba de la revolución desordenada (...) de la revolución que se viene encima y nadie ordena.

Proclamado el PRC en abril de 1892, la principal tarea consistió en afianzar y consolidar la unidad revolucionaria, enfrentar los subjetivismos de antaño aún prevalecientes de modo que todos llegasen a anteponer los intereses patrios por encima de los personales.

Con una concepción más abarcadora, Martí trascendía el enfrentamiento entre cubanos y españoles para también combatir al naciente imperialismo yanqui.

Supo sumar en su empeño a Máximo Gómez y a Antonio Maceo, y cuando tuvo la percepción de que todos, tanto jóvenes como viejos, blancos y negros se habían unido bajo la bandera común del independentismo, escribiría en carta a Rodolfo Menéndez, fechada el 3 de mayo de 1894:

... se produce hoy en nuestra Patria una situación revolucionaria ya madura, no por capricho de nuestro deseo ni pujo intenso de la emigración, sino por la confianza, aunque justa, por mi mismo inesperada, de la gesta activa y virtuosa del país en la obra desinteresada y ordenada de la emigración, y por las persecuciones ya apenas encubiertas del gobierno que amenazan, si no se les estorba a tiempo, mermar o desmigajar en el país las fuerzas de la revolución...

El fracaso de la Fernandina en enero de 1895 no mermó en absoluto la confianza de los revolucionarios, admirados de lo que Martí había preparado con tan pocos recursos, acosado por la constante vigilancia de los agentes españoles, y en medio de la hostilidad que representaba para la causa los Estados Unidos. Sin dudas estaban creadas las condiciones mínimas indispensables para tomar las armas.

Yo no miro a lo deshecho, sino a lo que hay que hacer, escribió al Generalísimo días antes de darle a Juan Gualberto Gómez la orden de alzamiento, pues estaba claro de que no podían perder tiempo.

Es así que se autorizó el alzamiento con la mayor simultaneidad posible en las regiones comprometidas, sobre todo en Oriente. La fecha escogida, el 24 de febrero.

A diferencia de la Guerra del ´68, que tenía un carácter burgués, democrático y antiesclavista, la de ahora estaba encabezada por representantes de los sectores más radicales de las capas medias de nuestra sociedad, animados por los mismos intereses que los de los trabajadores y del resto del pueblo de Cuba, de ahí su condición de proceso democrático revolucionario y de liberación nacional. Esta vez la burguesía criolla se refugió bajo la sombra del gobierno español en la búsqueda de reformas autonomistas que obstaculizaran el triunfo del movimiento popular.

Al estallar la Guerra del ´95, en pensamiento político cubano había entrado en una fase superior, más radical, expresada en los ideales patrióticos, en las aspiraciones de crear una república democrática con todos y para el bien de todos, y algo muy importante, se ponía de manifiesto el sentimiento latinoamericanista y antiimperialista.

Lamentablemente José Martí cayó en Dos Ríos poco tiempo después de iniciada la lucha, pero la Revolución no se detuvo gracias a la decisiva contribución de los dos grandes ya mencionados.

Cuando el 7 de diciembre del año siguiente cae el Titán de Bronce, el Generalísimo prosiguió sus victoriosas campañas en compañía de otros valerosos jefes mambises como Calixto García, y a pesar de las desventajas materiales con que tuvieron que enfrentar al enemigo, llevaron a España al punto de no poder enviar ni a un hombre ni a un peso más.

El tentáculo del pulpo yanqui se extendió sobre nuestro territorio para arrebatarnos la victoria inminente, lo que confirmaba el peligro vaticinado por el Apóstol. De momento sus sueños quedaban aplazados.

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