Para muchos veteranos de la Guerra de los Diez Años el lugar era todo un símbolo, pues acababan de llegar a la finca La Matilde propiedad de José Ramón Simoni, el padre de Amalia Simoni, el gran amor de Ignacio Agramonte Loynaz.

Hasta hacía poco el lugar era cuartel colonial abandonado apresuradamente ante la presencia de la Columna Invasora. Ya en el lugar, unos de los soldados nota la presencia de versos ofensivos escritos en la hoja de una ventana, y es entonces cuando surge la ocasión que culmina con el glorioso Himno Invasor.

En ese momento se le solicitó al comandante camagüeyano Enrique Loynaz del Castillo que respondiera al hecho, y es cuando el joven, sensible y exaltado comienza a brotar el verbo cortante como filo de machete.

Enterado el general Maceo y luego de escuchar los versos dio orden de musicalizarlo, llevarlos al pentagrama, hacer de aquellos versos un himno de combate que acompañara a la columna invasora. Y así fue, quedó grabado por siempre, en la guerra fue entonado en momentos de combate bajo sus vibrantes notas. Con él se luchó, murió y se triunfó.

Aquel poeta camagüeyano en conjunto con los músicos holguineros, en fusión absoluta de arte y patriotismo nos dieron ese canto a la revolución y al triunfo que es el Himno Invasor.

Sería el propio Loynaz del Castillo quien describiría en una conferencia dedicada a la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, en los salones de la Benemérita Casa de Maternidad y Beneficencia, el momento en el que surgió:

“Sobre la otra hoja de la misma ventana, pinté la adorada bandera de Cuba, y bajo su glorioso palio escribí esos versos, que me esfuerzo en recordar con la exactitud posible a casi medio siglo de distancia.”

No pocas fueron las anécdotas que circularon luego de que el himno acompañara a la invasión. Cuentan que en el lugar llamado Mal Tiempo, al pasar frente a los compases frenéticos de la banda dirigida por Dositeo, todos se sintieron como impulsados, por invisibles alas, sobre las enemigas bayonetas.Cuando la Invasión llegó a Mantua, tres años después, la Capital escuchó aquel canto de combate entre el estampido de los cañones que saludaban la llegada del Ejército Libertador.

Aquel joven de 25 años de edad, Enrique Loynaz del Castillo, convertido más tarde en General del Ejército Libertador Cubano, le dio a las fuerzas mambisas y a su patria la vibrante música, así como su letra, del también llamado “Himno del pueblo.”

El General Loynaz rechazó siempre las sugerencias de inscribir a su nombre el Himno Invasor en el registro de la Propiedad Intelectual expresando que le pertenecía al pueblo cubano. Estas letras tuvieron la misión histórica de unir las generaciones del 68 y del 95. Representaba la bravura, el desafío y la intrepidez de los que cayeron luchando por la libertad de Cuba.

Así quedarían los versos que tanto impulsaron a nuestros guerrilleros hacia la victoria, hacia la libertad:
¡A las Villas valientes cubanos: A Occidente nos manda el deber
De la Patria a arrojar los tiranos
¡A la carga: a morir o vencer!
De Martí la memoria adorada nuestras vidas ofrenda al honor y nos guía la fúlgida espada de Maceo, el Caudillo Invasor.
Alzó Gómez su acero de gloria, y trazada la ruta triunfal, cada marcha será una victoria: la victoria del Bien sobre el Mal.
¡Orientales heroicos, al frente: Camagüey legendaria avanzad:¡Villareños de honor, a Occidente, por la Patria, por la Libertad!
De la guerra la antorcha sublime en pavesas convierta el hogar; porque Cuba se acaba, o redime, incendiada de un mar a otro mar.
A la carga escuadrones volemos, Que a degüello el clarín ordenó, los machetes furiosos alcemos,¡Muera el vil que a la Patria ultrajó!

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