¿Cuál fue el secreto de sus éxitos? ¿ Por qué siempre la fortuna le sonrió a sus empresas?

El propio Gómez, sin tenerlo en cuenta, en una carta íntima escrita a Gonzalo de Quesada en 1894 nos da la respuesta:

... yo sé donde el jején puso el huevo en Cuba. Sé donde está la novilla más gorda y la mejor aguada. Sé a qué hora el español se encandila, y a qué hora es más pesado su sueño. Asimismo sus instantes de miedo, para entonces, volverme yo un bravo atrevido; pronto conozco su osadía para, prudente, dejarla pasar, y que la es el vacío. No es muy fácil sorprenderme porque en la guerra siempre marcho con miedo atroz a la derrota más que a la muerte...

Este hombre, que nació en Baní, República Dominicana en 1836, llegó a Cuba casi treinta años después, y al poco tiempo ya estaba enrolado en las actividades conspirativas hasta que días después del alzamiento del 10 de Octubre en La Demajagua, ingresó a las filas insurrectas con los grados de sargento. El 4 de noviembre de ese año, en el lugar conocido como Pinos de Baire, provincia de Oriente, dirigió la primera carga al machete de nuestra gesta, contra una columna de más de 700 soldados españoles.

Los camagüeyanos tuvimos el honor que, tras la irreparable pérdida de nuestro Ignacio Agramonte en 1873, viniera Gómez a asumir el mando de nuestras fuerzas, para proseguir la ruta de glorias.

Durante la Guerra de los Diez Años en su brillante hoja de servicios inscribió, entre otras, las campañas de Guantánamo, Camagüey y la Invasión a Las Villas; las victorias de Las Guásimas, La Sacra, Palo Seco, San Miguel de Nuevitas y Cascorro...

Fue Gómez el genial maestro sobre el campo de batalla, como escribió uno de sus estudiosos, de alumnos mozos y soldados inexpertos que llegaron a la categoría de caudillos de fama universal, como Antonio Maceo.

Fue justamente su principal enemigo, el jefe español Arsenio Martínez Campo, fue quien lo denominó el primer guerrillero de América. Tanta era su ascendencia.

Durante el periodo interguerras conocido como Tregua Fecunda, Gómez vivió atento a la posibilidad del reinicio de la lucha hasta que convocado por José Martí para la nueva empresa desempeñó un papel decisivo en la unión de los patriotas en torno al Partido Revolucionario Cubano.

Por estas razones firma junto al Apóstol cubano el Manifiesto de Montecristi, el 25 de marzo de 1895, para el día 11 del mes siguiente juntos desembarcar por Playitas e incorporarse a la contienda.

El Generalísimo estaba convencido de la necesidad de la guerra revolucionaria, de ahí que afirmara que no se necesita saber si un pueblo tiene armas para pelear, sino si tiene valor para hacerlo y si tiene tristeza y amargura en su alma... el pueblo cubano tiene lo primero y padece de lo segundo.

Como hombre de guerra sacó partido de todo, no solo de la sobriedad, de la resistencia, del valor, obstinado y estoico, de los mambises, sino del alma misma de sus enemigos, del mosquito, de la charca salobre, de las epidemias... ninguno como él conoció mejor la textura ni supo hacer vibrar las fibras más íntimas de sus hombres, lo que le dio la posibilidad de hacer milagros.

Máximo Gómez odió la esclavitud y la discriminación racial; fue un ejemplar padre de familia; devino símbolo de la solidaridad entre los pueblos, y con la firmeza de sus convicciones y la energía de un voluntad selló el compromiso de que mientras respirara no tendría descanso hasta concluir la obra iniciada.

Traicionado en sus sentimientos e ideales por Tomás Estrada Palma, presidente de la República de Cuba nacida el 20 de mayo de 1902 bajo la intervención norteamericana, con sesenta y tantos años de intensa vida, Gómez trató de volver a la carga a sabiendas de que ya no le quedaban fuerzas.

Al morir, como el más humilde de los patriotas, había tenido el supremo gesto de renunciar a la presidencia de la República.

Al describir aquel día, distante en el tiempo cien años, Pedro Enríquez Ureña apuntó: “La ciudad entera estaba de luto, el entierro estaba dispuesto para las tres de la tarde del martes 20 de junio. Para definir lo que fue una manifestación de duelo oficial y popular solo cabe un adjetivo: ¡Colosal!

“El pueblo se amotinó varias veces y a gran esfuerzo lo mantuvo la policía; era que deseaba arrancar el féretro a aquel armonioso cortejo oficial y llevarlo él en sus fornidos hombros hasta la mansión del último reposo...”

Quedan en el recuerdo y en el corazón de generaciones de cubanos las huellas más profundas de respeto, cariño y agradecimiento por aquel, hermano que vino a Cuba a sabiendas de que “(...) extranjero como soy, no he venido a servir a este pueblo, ayudándole a defender su causa de justicia como un soldado mercenario... sino como un soldado del pueblo”.

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