La noche del 28 de abril de 1964 fue testigo del horrendo crimen cometido contra Alberto Delgado Delgado, valioso agente de la Seguridad del Estado.

Cerca del río Guaurabo, frente a la finca Masinicú, nombre que lo inmortalizó, su cuerpo resultó colgado de una guásima, luego de salvajes torturas que soportó sin que los enemigos pudieran arrancarle la confesión de que era un combatiente del Ministerio del Interior.

Razones de peso impidieron revelar inmediatamente después de su muerte la identidad de este héroe, quien no conoció a su tercer hijo- Abel-, porque este nació casi a los tres meses de haber sido ultimado.  

El Comandante de la Revolución Ramiro Valdés, en el acto  por el XX aniversario de la fundación de los órganos de la Seguridad del Estado, expresó: “Hoy se conocen los nombres de algunos de esos héroes sencillos y extraordinarios que entregaron generosamente sus vidas, como el inolvidable compañero Alberto Delgado, sin que ni siquiera se pudiera divulgar durante años que el hombre que allí había caído no era un traidor, sino un combatiente de la Revolución”.

Desde niño tuvo que desafiar los rigores de una vida henchida de sacrificios, pero su espíritu fue capaz de enfrentar las más difíciles pruebas y sobreponerse a circunstancias muy adversas.

Albertico, como le llamaban en el humilde caserío de Caracusey, municipio de Trinidad, que lo vio nacer el 10 de diciembre de 1932, quedó huérfano de padre a los siete años y un vecino de la zona (de origen español) se hizo cargo de su atención y de la de sus seis hermanos.

Mucho antes de cumplir 10 años tuvo que abandonar los estudios primarios a los seis meses de iniciados, porque la precaria situación económica familiar lo obligó a dedicarse a las labores del campo como carbonero.

Aquella época exigía trabajar duro y buscar ocupación laboral donde apareciera, aunque para ello hubiese que recorrer grandes distancias, por eso él, sin dejar de acariciar sueños infantiles y con sólo 12 años, se fue a Chambas, en la actual provincia de Ciego de Ávila, para emplearse como cortador de caña. Allá tuvo por hogar los barracones y albergues de obreros agrícolas.

El auge del movimiento insurreccional cubano le facilita participar en algunas actividades clandestinas y luego, a finales de 1958, integrar el Ejército Rebelde en la columna 11 "Cándido González".

Al triunfar la Revolución era analfabeto, pero con paciencia aprendió a escribir y leer ayudado por Tomasa del Pino Suárez, su compañera en la vida y en la lucha revolucionaria, a quien había conocido en Chambas cuando estaba en una unidad militar de aquel poblado, de la cual causó baja por problemas de salud.

Su hijo, Albertico, también enfermó, lo que motivó el traslado de residencia de la familia hacia La Habana. La casa de la hermana, a donde fue a parar el matrimonio, era frecuentada por elementos desafectos al proceso revolucionario porque el cuñado colaboraba con alzados contrarrevolucionarios del Escambray.

La intransigencia de Alberto no le permitió soportar la situación y comunicó al Departamento de Seguridad del Estado lo que estaba ocurriendo. A partir de ese momento se convertía en agente del citado órgano.

En 1963, la Seguridad propició que él fuera a administrar la finca Masinicú en su natal Trinidad. Su apariencia de elemento conspirador y el haber sido combatiente del Ejército Rebelde le facilitaron ganar prestigio y autoridad entre las bandas y organizaciones contrarrevolucionarias, cuyos jefes confiaban en él, por lo que pudo penetrar a esos grupos y a las redes de colaboradores que los abastecían.

Riesgosas y complejas misiones cumplió con un valor a toda prueba, entre ellas se destacaron la captura de las bandas de Maro Borges y de Julio Emilio Carretero.

Los deseos de aportar cada día más a la Lucha Contra Bandidos (LCB) y el desafío al peligro influyeron en que prosiguiera la labor de penetración, a pesar de ser alertado de sospechas que sobre su verdadera identidad tenían algunos desafectos al proceso triunfante del Primero de Enero de 1959, pero él consideraba que podía convencerlos y alejarlos de cualquier desconfianza.

Sin embargo, las sospechas eran evidentes y la banda de Cheíto León se encargó de ejecutar el asesinato de aquel indomable hombre, sepultado el 29 de abril de 1964, solo en compañía de familiares y algunos amigos sin que se pudieran revelar entonces sus condiciones revolucionarías.

El 29 de abril de 1967 sus restos fueron exhumados y depositados en la necrópolis Cristóbal Colón, en La Habana, donde se le rindieron los honores militares correspondientes a su grado de teniente post mortem y mártir de la Revolución.

En ese momento se conoció públicamente que El Enano, seudónimo con el cual lo bautizaron en su labor como agente, era un hombre gigante y que jamás había sido traidor ni contrarrevolucionario, porque Alberto Delgado perteneció a la estirpe de esos seres humanos que el convencimiento y la entrega a una noble causa los llevaron a dar por ella hasta la vida.