LA HABANA.- A sesenta años de La Paloma de vuelo popular, libro aparecido apenas dos días antes del triunfo de la Revolución, el camagüeyano Nicolás Guillén sostiene firme su estandarte de gran poeta cubano, una gloria que emergió con mayor fuerza desde 1931 con Sóngoro cosongo.

Más allá de las fronteras nacionales se refleja con sistemática cotidianidad la altura de su poesía a través de estudios, ediciones, recreación artística y despachos de prensa que ilustran acerca de su trascendente vigencia.

Si bien su despegue suele situarse en el libro Motivos de son, que vio la luz en 1930, parece más juicioso fijarlo en Sóngoro cosongo -el cual incluía la obra mostrada en el anterior- por el concierto de reconocimientos que adquirió, a pesar de reticencias en medios cubanos.

Mucho se ha publicado acerca de este libro, pero siempre habrá que exaltar los juicios acertados emitidos por el universal Miguel de Unamuno, mediante su epístola memorable, entre otros importantes intelectuales de dimensión universal.

Así, el gran salmantino le expresaba al cubano el 8 de junio de 1932: Hace ya tiempo, señor mío y compañero, desde que recibí y leí -apenas recibido- su Sóngoro cosongo, que me propuse escribirle. Después lo he vuelto a leer -se lo he leído a amigos míos- y he oído hablar de usted a García Lorca. No he de ponderarle la profunda impresión que me produjo su libro.

Luego Guillén (10 de julio de 1902-16 de julio de 1989) reconocería que la misiva de Unamuno contribuyó sobremanera a neutralizar los ánimos de quienes adversaban el sentido de su obra, incluso sin tener algún dominio apreciable sobre lo que reflejaba en profundidad el poeta.

Al deslindar los Motivos y Sóngoro cosongo, su título más reciente, exponía que este era un libro más pleno, en el cual los acentos iniciales surgían desenvueltos, tratados con mayor ambición lírica, pero sin dejar de la mano el hilo de Ariadna de lo popular.

Según él mismo, la ocasión que revelaba el choque áspero de su cuerpo con la vida ocurrió, no obstante, tres años después, en 1934, con la aparición de West Indies, Ltd., que expresa brutalmente el conflicto entre el poeta y el medio en que entonces trabajaba y vivía.

El tiempo transcurrido entre ambas obras marca una ruta en que se extiende y profundiza una denuncia que asciende hacia su mayor gradación en la defensa de la justicia social, objetivo en el cual no cejará y antes mostrado en su ingenioso periodismo, desde sus inicios en medios camagüeyanos.

El asunto alcanza ahora otra dimensión debido a que el periódico español ABC publicó el 3 de junio pasado la relación de Los 100 mejores libros de la literatura universal, a juicio de cincuenta escritores, críticos y personalidades del mundo de la cultura, quienes incluyeron entre las selectas obras al Sóngoro cosongo de Guillén.

Parece preciso extenderse, en el aniversario 116 del poeta, sobre quiénes fueron los otros autores reconocidos, nómina que inicia El Quijote, de Miguel de Cervantes; continúa La Odisea, como segunda; La Ilíada, como tercera, ambas de Homero; y prosigue en cuarto lugar con La Divina Comedia, de Dante Alighieri.

Hubo varios autores con más de un título reconocido, como William Shakespeare con Hamlet, El rey Lear, Macbeth y La tempestad; León Tolstói con Ana Karenina y La guerra y la paz; Franz Kafka con El proceso y La metamorfosis; Fiódor Dostoyevski con Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, Los demonios y El idiota; y Charles Dickens con Grandes esperanzas y Los papeles póstumos del Club Pickwick.

Entre los latinoamericanos, nada más figura como multipremiado Gabriel García Márquez con Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, aunque también aparecen, con una obra cada uno, Jorge Luis Borges con Ficciones, Juan Rulfo con Pedro Páramo, y Domingo Faustino Sarmiento con Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas.

No se olvida en la relación a La Biblia; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; La Eneida, de Virgilio; Ensayos, de Michel de Montaigne; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Cumbres borrascosas, de Emily BrontÃ"; Edipo Rey, de Sófocles; Las mil y una noches, Anónimo; La vida es sueño, de Calderón de la Barca; y Ulises, de James Joyce.

Acerca del Poeta Nacional de Cuba no debe ignorarse que con La paloma de vuelo popular, de la paz comprometida, Guillén legó hace sesenta años una certera alegoría sobre su concepción de la armonía con justicia e igualdad, mediante esta ave que es todo un símbolo.

El hecho bíblico de que una paloma haya vuelto a la hora de la tarde, trayendo una hoja de olivo en el pico, para que entendiera Noé que las aguas se habían retirado de sobre la tierra mantiene una analogía no forzada en que la esperanza de Guillén vence a la espera, hecho demostrado pocos después con su libro Tengo.

Como cronista de esperanza, con esta obra centra su visión hacia un futuro determinado por la revolución triunfante el primero de enero de 1959, cuyas conquista de los derechos populares proclama, por haber sido antes cruelmente reprimidos.

Es su libro que con más solidez y amplitud muestra el antiimperialismo que había iniciado su aparición también plena en West Indies, Ltd., como una actitud que a partir de entonces se mantuvo en los sucesivos poemarios de Guillén, sin ceder y sin cesar.