Al final de la guerra de 1895, el Generalísimo Máximo Gómez consideró que su misión durante 30 años de combatir por la independencia de la Isla había concluido y se sintió extranjero, sin derecho a intervenir en los destinos de Cuba, pero para los intereses anexionistas estadounidenses era un peligro por ser la única figura cimera de la Revolución que después de la muerte de José Martí y Antonio Maceo era capaz de nuclear a los independentistas frente a las intrigas imperialistas.

En Washington eran conocidas sus proféticas palabras en 1898 cuando expresó: “La situación pues, que se le ha creado a este pueblo; de miseria material y de apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación, es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía.”

Durante esos años las autoridades de ocupación y la propia administración estadounidense estimularon la división entre los independentistas en el seno de la única institución que quedó del movimiento, la llamada Asamblea del Cerro, después de la disolución del Partido Revolucionario Cubano.

La Asamblea se manifestó, a diferencia de Gómez, de acuerdo con aceptar la propuesta de un donativo del gobierno norteamericano para ayudar a los ex combatientes mambises. El Generalísimo consideró que de esa forma la nueva república nacería endeudada.

En consecuencia la Asamblea destituyó a Máximo Gómez como General en Jefe y eliminó ese cargo para beneplácito de las autoridades estadounidenses.

El prócer independentista supo llevar con entereza los difíciles últimos años de su vida, durante los cuales se negó a asumir cargos públicos y hasta declinó la candidatura a la presidencia de la futura república.

Pero ni esta prueba de ingratitud de algunos ex compañeros de armas y su sentimiento de sentirse un extranjero conllevó a que mostrara indiferencia ante la suerte del país y así lo manifestó cuando Estrada Palma, poco antes de culminar su período presidencial en 1906, decidió reelegirse, para lo cual se valió de la fuerza del poder y del fraude.

Para entonces el invicto jefe del Ejército Independentista libraría su última batalla, esta vez en el campo de la lucha política en los propios inicios de la neo república cuando en las ambiciones del presidente Estrada Palma, comodín de los intereses estadounidenses, emergió lo peor de la corrupción política del neocolonialismo recién inaugurado.

Frente a esas aspiraciones reeleccionistas se levantó en representación de la mayoría de los patriotas cubanos que veían en la actitud del presidente la causa de una guerra civil, y visitó a Estrada Palma, junto a otros representantes, para decirle lo incorrecto de su proceder, aunque no pudo disuadirlo de su actitud.

En junio de 1905 Máximo Gómez realizó un viaje acompañado de su familia a Santiago de Cuba para darse un respiro junto a los suyos, después de tantos años de bregar en los campos de batalla, en el duro exilio, pero sobre todo para continuar con su campaña contra la reelección de Estrada Palma.

Fueron tantas las muestras de afecto y cariño del pueblo hacia él, considerado el último representante de los verdaderos ideales independentistas de José Martí y Antonio Maceo, que al recibir numerosos apretones de mano se le infectó una pequeña herida que se generalizó y tuvo que ser trasladado ya enfermo de gravedad para la capital.

En la tarde del 17 de junio de 1905, hace 113 años el Generalísimo Máximo Gómez entraba en una agonía final y se despidió de su esposa y de sus hijos. A las cuatro llegaron enviados del entonces presidente Tomás Estrada Palma para consultar con la familia la visita del mandatario, denunciado por Gómez en sus últimos meses de vida por sus ambiciones y atropellos.

A las 5.45 el médico que atendía al jefe insurrecto expresó: “Señores, el General ha muerto”.

La muerte impidió al viejo guerrero profundizar su campaña cívica de unidad contra el engendro reeleccionista del anexionista Estrada Palma, pero fue el precursor de la batalla del pueblo cubano contra los males de la seudorrepública que culminaría con los cambios definitivos de la alborada revolucionaria del primero de enero de 1959.