Quiso el curso de una investigación histórica, tal vez con una pequeña anuencia del azar, que a mediados del pasado 2017 se pudiera conocer con precisión la fecha del natalicio del patriota Pedro Figueredo y Cisneros, más conocido desde su tiempo como Perucho, uno de los más ilustres padres fundadores de la nación.

La investigación llevó a la verdad histórica y a que esto ocurriera en el año víspera del real bicentenario de su vida, algo que toda Cuba conmemora con alborozo y una mayor difusión de sus valores, en especial en su tierra natal, Bayamo, donde se formó como revolucionario y libertador sin tachas.

Un bicentenario es gloria grande, pero aunque a algunos quizás les sepa a pasado, en el caso de este patricio cubano no hay tal. El autor del Himno Nacional vive con sus coterráneos de hoy en el día a día, y todo el mundo le agradece su obra y contribución. Se saben las razones. De él, no obstante, debemos saber más.

Perucho Figueredo nació el 18 de febrero de 1818 en Bayamo, la oriental villa que prosperaba en el valle del Cauto, sofrenada y explotada por el colonialismo español, como el resto de la nación. Había sido fundada por Diego Velázquez el cinco de noviembre de 1513, de la primada Baracoa.

Pero como ya se dijo hasta junio del pasado año se creía que su natalicio era el 29 de julio de 1819 y así constaba en toda su bibliografía. El hallazgo de una copia de su partida de nacimiento en los archivos de La Universidad de La Habana, donde estudió desde 1835 a 1840 y se graduó como Bachiller en Filosofía y en Derecho, por separado, subsanó el error, pues contenía datos puntuales sobre su nacimiento, ya mencionado, y su posterior bautismo en marzo de 1818.

Figueredo cayó a los 52 años frente a un pelotón de fusilamiento en una fortaleza de Santiago de Cuba el 17 de agosto de 1870, acusado de alta traición por un tribunal militar.

El hombre enfermo, de cuerpo consumido por una grave fiebre tifoidea y pies destrozados por las yagas, apenas podía sostenerse en pie. Pero, asumido en su rango de Mayor General del Ejército Libertador, ganado en los campos de batalla, enfrentó con valentía y dignidad su destino y aún tuvo fuerzas para exclamar ante sus verdugos, a instantes de la descarga: “…!que morir por la Patria es vivir”!

El verso más iluminado y definitorio de la marcha que hoy es Himno Nacional de los cubanos, compuesta por él como obra musical el 13 de agosto de 1867 para ser presentada al día siguiente en su casa, en la reunión constitutiva de la Junta Revolucionaria de Bayamo, junto a una treintena de compatriotas que desde allí juraron seguir conspirando y organizar en secreto el levantamiento en armas por la libertad.

El canto que hoy inspira y reafirma el patriotismo de los hijos de esta Isla, primero se llamó La Bayamesa. Y su génesis y desarrollo se imbrican con la vida del hombre grande que fue Perucho Figueredo y con los trascendentales acontecimientos históricos que llevaron a la consolidación de la identidad nacional y al inicio de la primera campaña por la independencia, conocida también como la Guerra de los 10 años (1868-1878).

Cuentan que el joven Figueredo desde 1851 entabló entrañable amistad, reforzada por afinidad de ideales patrióticos y políticos, con Carlos Manuel de Céspedes, quien sería el indiscutible iniciador de la gesta el 10 de octubre de 1868 y luego venerado hasta nuestros días como el Padre de la Patria.

Probablemente se conocían de antes, coetáneos como eran y de similares procedencias de clase. Procedían de familias ricas y con recursos y sus vidas se parecieron asombrosamente en cuanto al proceso educativo juvenil, incluso en la carrera que eligieron.

El fuerte vínculo surgió en Bayamo, cuando ya Perucho era un hombre casado con la joven Isabel Vázquez y Moreno, con una familia consolidada en la que llegaron al mundo 11 hijos. Se encargaba de trabajos administrativos, primero en ayuda de su padre como su representante en asuntos legales y luego a partir de la muerte de este, como heredero de sus cuantiosos bienes junto a su hermano.

Al igual que Céspedes y otros patricios de su tierra, pudo haber tenido una buena vida y sin complicaciones que su origen de clase le aseguraba. Pero tanto Carlos Manuel, Perucho, el acaudalado Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio, Donato Mármol y Francisco Javier de Céspedes, optaron por los ideales y consagrarse a la lucha por la independencia.

En Perucho era notoria su afición por la música. Tanto la composición como la ejecución de obras al piano. También tocaba el violín. Conocía verdaderamente esas disciplinas, pues desde niño había estudiado en escuelas ambos instrumentos. Los entendidos afirman que era un músico notable.

Con frecuencia, las reuniones de conspiración patriótica iniciadas a principios de los años 50 del siglo XIX eran acompañados de tertulias de música y declamaciones de poemas y otros textos literarios, que también estaban dentro del más genuino interés de los cultos jóvenes revolucionarios.

Cuando las cosas se pusieron en el punto en que la guerra emancipadora debía iniciar, a pesar del destierro de Céspedes en Manzanillo, y de que incluso Figueredo había sufrido prisión domiciliaria por varios meses, nada detuvo al grupo revolucionario.

Estaba en Bayamo en el momento de conocer del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes en Demajagua, aquel histórico 10 de octubre. Perucho decidió organizar una partida de patriotas y salir al encuentro del Iniciador, para combatir junto a él. Es histórica su afirmación de decir que lo acompañaría hasta la gloria o el cadalso. La vida mostró que supo cumplir la palabra empeñada.

Tras un revés inicial durante la ruta hacia Bayamo, ocurrido en las inmediaciones de Yara, el 18 de octubre se inició el asedio a los dominios bayameses y el día 20 la villa cayó en manos de los insurrectos. Inmediatamente fue proclamada la capital de la República en Armas y el pueblo se volcó a las calles, lleno de fervor y alegría a celebrar el triunfo.

Surge aquí la versión de cómo Perucho Figueredo compuso los inspirados versos de la marcha guerrera, que había hecho en agosto del año anterior y que el 11 de junio de 1868 había tenido la osadía de hacerla orquestar y presentar subrepticiamente al mismísímo gobernador Udaeta, en una misa de alta alcunia, por el Corpus Christi.

Pero volviendo al 20 de octubre victorioso para el Ejército Libertador. Ese día nació definitivamene el canto patrio, al ser completado con los versos. Se sabe que se ha versionado, buscando autenticidad, en varias ocasiones, pero manteniendo su esencia.

Si Pedro Figueredo no hubiera sido el patriota valiente, digno y entregado que fue, si no hubiera dado un aporte decisivo como que el que realmente dio a la causa independentista, solo por haber creado el impar himno merecería los más altos honores. Pero en él también se aunaron otras muchas virtudes, sin buscar gloria ni títulos, sino como el hijo más sacrificado, modesto y honorable de la Patria.

Por eso, Perucho Figueredo acompaña a los cubanos todos los días, desde los pequeñines que asisten a la escuela por primera vez, hasta los mayores y más consagrados. Tal vez sería necesario ir más al honrar la vida de ese prócer, para conocer el grande y excepcional ser humano y patriota que fue.

Es un deber y un gusto también porque su trayectoria dinámica y repleta de hechos audaces y polémicos, a ratos pareciera una novela de ficción o aventuras, aunque no lo fue.