No todos los hombres han tenido la suerte de hallar en la esposa una compañera.

                                                                                                                                      José Martí

CAMAGÜEY.- Y es que para referirnos a Amalia Simoni Argilagos es imprescindible abordar su rol al lado de Ignacio Agramonte y Loynaz desde 1866 cuando se presupone comenzó el idilio de la pareja, que trasciende hasta hoy como uno de los amores más bellos protagonizados en la historia Patria.

“Si no es con Ignacio, padre, con ninguno me casaré”; defendió Amalia su amor con tal fuerza, que el Dr. Ramón Simoni no pudo hacer más objeciones, hasta que el 1ro. de agosto de 1868 la pareja se une en matrimonio, y un tiempo después la luna de miel es interrumpida por el estallido de la Guerra de Independencia. Ignacio era uno de los principales conspiradores del Camagüey contra el régimen colonial español, por lo que se incorpora a la lucha el 11 de noviembre, en el ingenio Oriente, en Sibanicú.

“…ojos azules de tono acerado que tenían el poder de cautivar; el labio inferior hacía juego con una boca grácil, siempre dispuesta a sonreír, lo que encuadraba con un pelo profundamente oscuro y destacaba la línea mórbida de sus hombros delicados… en esa figura, a la sazón ideal de mujer, existía un intelecto de amplia cultura y esmerada educación, no muy usual en mujeres de entonces. En ella sobresalía una delicada voz de soprano, cualidad que encauzó estudiando música (canto y piano). Además, conocía varios idiomas que hablaba a la perfección (francés, italiano e inglés). En el tiempo a que hacemos referencia, Amalia había regresado de un viaje de cinco años por Europa, Estados Unidos y Canadá, durante el cual visitó con su familia alrededor de ochocientas ciudades”.

Así la describe Juan Ramírez Pellerano en su libro Cartas a Amalia.

“Tu deber antes que mi felicidad es mi gusto”, fue la digna expresión de la amada, la que el 1ro. de diciembre siguiente tiene que abandonar su bienestar para marchar al campo insurrecto junto al esposo, pues sus familias, como otras tantas camagüeyanas, tenían un alto nivel de comprometimiento con la causa independentista.

El primer hijo, Ernesto, les llegó el 26 de mayo de 1869, en Arroyo Hondo. Por razones de seguridad, la familia tiene que pasar a otro sitio, en las inmediaciones de la Sierra de Cubitas, donde Amalia puede compartir a ratos con su amor, lugar al que Ignacio denominara “El Idilio”, el que hace poco tiempo, luego de más de una década de exploraciones, especialistas del territorio y la filial camagüeyana de la Sociedad Espeleológica de Cuba determinaron su ubicación.

Precisamente aquí fue el último encuentro de la pareja, justo el día que celebraban el primer año del niño, sobre lo que la escritora y amiga personal, Aurelia Castillo, relata que fueron sorprendidos por el enemigo; y sólo por las súplicas y ruegos de Amalia, Ignacio se interna en la manigua y no es apresado, en tanto las mujeres son conducidas por un grupo de voluntarios a la ciudad de Puerto Príncipe.

Amalia llevaba en sus brazos al pequeño, lo que provoca que uno de los individuos que las acompañan se le abalanzó gritando: “A matar al mambisito”, crimen impedido por el general Fajardo, quien le sugirió a la joven madre que le escribiera a su esposo conminándolo a la rendición, propuesta a la que ella respondió: “General, primero me corto la mano antes que yo escriba a mi esposo que sea traidor”.

Sorprendido, el oficial español inquirió a la muchacha en qué se basaba para estimar una traición a su propuesta, a lo que ella replicó: “Sí, traidor a su patria cuando se le abandona en tal trance”.

Tiempo después ella debe marchar al exilio, indistintamente en Mérida y Nueva York, donde nació Herminia, su segunda hija, la que nunca conoció al padre.

Es oportuno señalar que las familias camagüeyanas de abolengo sufrieron en carne propia el desarrollo y las consecuencias de la Guerra de los Diez Años, entre ellas las de Amalia e Ignacio, quienes abandonaron las comodidades y el bienestar que les proveían sus fortunas completamente perdidas por marchar a la manigua a luchar, buena parte de ellas regando con su sangre la tierra cubana.

Por estas razones, Amalia y los suyos subsisten impartiendo clases de piano y canto, y solo las cartas son el principal alivio a la separación de la pareja, plenas de íntima confidencia y afinidad ideológica. En la única conocida luego de la muerte de El Mayor, ella le dice: “La resignación por nuestras ausencias se agota y hace aumentar mi odio a los españoles. Cuba exige muchos sacrificios, pero será libre a toda costa”.

En Mérida, Amalia conoce de la muerte del amado, ocurrida el 11 de mayo de 1873 en el potrero de Jimaguayú, lo que soporta con valor.

Después del Pacto del Zanjón, en febrero de 1878, retorna con sus hijos a Puerto Príncipe, aunque pasa temporadas en Nueva York, donde conoció a José Martí, quien en más de una ocasión escuchó de sus labios testimonios de la Guerra.

Tal fue el respeto y la admiración de esta patriota por Martí, que se dice que al conocer el discurso por el vigésimo aniversario del estallido de la Guerra del ‘68, le escribió: “Quien tan bien sabe conmover al que lo escucha, arrancará siempre esos aplausos entusiastas que salen del corazón y hacen sentir tan noble orgullo a sus compatriotas...”.

Finalizada la contienda regresó a Cuba para residir modestamente en La Habana, en la calle Zulueta, sin participar en acto público ni aceptar el ofrecimiento de una pensión como viuda del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz, al argumentar: “Mi esposo no peleó para dejarme una pensión, sino por la libertad de Cuba”.

En un artículo de nuestro querido historiador Gustavo Sed, apuntaba que con motivo de la visita a La Habana de la infanta Eulalia de Borbón, a Amalia se le imputó haber acudido a rendirle pleitesía, a lo que la patriota respondió: “He visto con tanta sorpresa como indignación —porque injustamente se ataca a mi decoro político— que se le haya dado una interpretación torcida y maliciosa a mi entrada ocasional que hice al Jardín de los Molinos (...). Los que aman la memoria del que yo tanto amé, cuyo recuerdo venero, son los llamados a hacerme justicia”.

El 2 de noviembre de 1894 la Idolatrada de El Mayor llegó al cementerio de esta ciudad portando una hermosa corona de flores, en cuya cinta llevaba la siguiente inscripción:

“A Ignacio Agramonte y Loynaz y a todos los mártires que no tuvieron sepultura. Amalia, Ernesto, Herminia y Cuba”.

Al reanudarse la contienda independentista en 1895 vuelve a los Estados Unidos, desde donde criticó duramente a este gobierno por su posición hostil hacia los revolucionarios: “Desgraciadamente su gobierno está lejos de ayudarnos y no se decide aún a romper esa hipócrita y fría diplomacia tan leal y tan cordial que sostiene con España (...). Hoy hay un gran debate en el Senado, pero yo nada bueno espero ya, toda la esperanza la cifro en nuestro sufrido ejército, y en la constancia de los que estamos fuera redoblando los esfuerzos para que nunca falten a los patriotas pólvora y balas”, escribió el 17 de mayo de 1897.

Amalia continuó dedicada a enaltecer el digno recuerdo de su esposo hasta su fallecimiento, ocurrido en La Habana el 23 de enero de 1918.

En testamento suscrito el 17 de junio de 1892 en la propia ciudad de Nueva York y ratificado en Camagüey en 1912 manifestó su voluntad de: “...si mi fallecimiento ocurre en la isla de Cuba, mi cadáver sea enterrado junto con mi padre...”.

Cumplido aquel deseo, sus restos descansan en la necrópolis de Camagüey desde el 1ro. de diciembre de 1991, donde el pueblo la honra con la dignidad que merece.