Rubén Batista Rubio, de 22 años y estudiante de Arquitectura de la Universidad de La Habana, cayó mortalmente herido el 15 de enero de 1953 y tras una agonía de 29 días, finalmente falleció.

Fue el primer mártir universitario durante la tiranía de Fulgencio Batista, en el poder desde el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, y es hoy un emblema inolvidable dentro de la juventud cubana.

La rebeldía, el coraje y sed de justicia marcaron la vida de este joven, a cuyo sepelio asistieron unas 20 mil personas, quienes recorrieron dolidas y enardecidas las calles desde el Aula Magna de la Universidad de La Habana hasta la necrópolis de Colón.

En primera fila de la enlutada manifestación un grupo de mujeres del Frente Cívico Martiano portaba una pancarta con la sentencia del Apóstol: “La sangre de los buenos no se derrama en vano”.

Rubén Batista murió por un disparo que perforó su abdomen el 13 de febrero. Pero los sucesos que lo llevaron a su injusta muerte ocurrieron el mes anterior. La historia los registra como una página heroica más que tuvo por escenario esa fragua de revolucionarios y jóvenes brillantes que ha sido la Universidad de

La Habana, la histórica Colina desde el resurgimiento de la conciencia patriótica nacional en los años 20 del pasado siglo.

Corría enero de 1953 y los jóvenes universitarios homenajearon la memoria de Julio Antonio Mella (1903-1929), fundador de la FEU asesinado 24 años antes por el machadato, develando un busto en la plazoleta situada frente a la escalinata del citado centro de altos estudios.

Cuatro días después la efigie del dirigente estudiantil comunista amaneció profanada, cubierta de chapapote, y la indignación y la repulsa se adueñaron de los estudiantes progresistas y revolucionarios, quienes se congregaron y manifestaron con ardor, primero en la escalinata, y luego en la interesección de las calles L y 23, donde quemaron un muñeco que representaba al dictador Fulgencio Batista, quien cada vez más represivo y corrupto agudizaba los males del pueblo.

Como era de esperar las fuerzas policiales reprimieron a los manifestantes con chorros de agua y golpes, al inicio. Enseguida, al no poder contenerlos, emplearon las armas. Ese día cayó mortalmente herido el estudiante de arquitectura Rubén Batista Rubio en la intercepción de San Lázaro y Prado.

Los jóvenes, cuyo número aumentaba, pues incluso convocaban a participantes de la población, también sumados, habían decidido marchar desde la Universidad, por San Lázaro hasta la Punta, donde existía un obelisco recordatorio de los ocho estudiantes de medicina asesinados por el colonialismo.

Durante los días en que Rubén Batista estuvo ingresado en estado muy grave, sus compañeros de lucha lo apoyaron y no lo dejaron solo. Entre ellos José Antonio Echeverría, Renato Guitart, quien viajó desde Santiago de Cuba; y Juan Nuiry. El doctor Fidel Castro y Alvaro Barba, entonces presidente de la FEU, habían entregado una nota de protesta por el bárbaro acto en la emisora radio COCO, en cuanto lo supieron.

Rubén había nacido en la localidad oriental de Cacocum el 13 de marzo de 1931. Con seis años fue a residir con su familia a Guantánamo, pues su padre encontró empleo en la Base Naval estadounidense. Allí estudió la enseñanza primaria y venció el Instituto de Segunda Enseñanza.

Al ocurrir el golpe de Estado, con el cual Batista usurpó el poder, él estuvo entre los educandos que se expresaron en contra. También fue solidario con la causa independentista del pueblo de Puerto Rico, sumándose a actos de respaldo al noble objetivo.

En 1950 matriculó Arquitectura. Para ayudar a costear sus estudios superiores trabajaba, además, como técnico en transfusiones en un banco de sangre. En las aulas del Alma Mater se vinculó enseguida al movimiento revolucionario que se manifestaba frente al sátrapa y organizaba acciones para combatirlo.

En el año de su muerte se conmemoraba , el 28 de enero, el centenario del natalicio del Héroe Nacional Cubano, José Martí. Desde su lecho de agonía el joven no pudo estar físicamente en la primera Marcha de las Antorchas emprendida por los estudiantes con motivo del magno acontecimiento, desde la Universidad hasta las antiguas canteras de San Lázaro, hoy Fragua Martiana.

¿Pero quién dijo que en realidad no estuvo en aquel formidable despliegue de fuerzas, como dijera Rubén Martínez Villena cuando se recibieron las cenizas de Mella? Estuvo allí, y en el Moncada y en la Sierra. Como todavía sigue en el obrar de los cubanos. La sangre de los buenos no se derrama en vano.