CAMAGÜEY.- No encuentro palabras para describirlo muerto. Sí gallardo y sencillo como aquella noche del 9 de diciembre de 1981 cuando clausuró en el teatro Alkázar el Quinto Congreso del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Salud.

Lo digo en presente: es un hombre que reserva sorpresas y posee la cualidad de hablar con el corazón en las manos. Los delegados asistentes al foro no olvidarán que se les quiso jugar una mala pasada al leer al principio un mensaje suyo que debió ser en la sesión final. Con qué humildad habló: “Es que las cosas no salieron totalmente bien, porque yo les mandé la carta pensando que me iba a ser imposible asistir al Congreso, pero no había renunciado a las esperanzas de encontrar la forma de estar aunque fuera unos minutos con ustedes”.

Los rostros del auditorio se transformaron en sonrisas. Fidel hizo el máximo esfuerzo por asistir como expresión concreta de la admiración y el reconocimiento del pueblo y el Partido a los médicos y a los trabajadores del sector en el país por la proeza de neutralizar la epidemia de dengue, al esfuerzo realizado en el campo de la salud por Camagüey y en homenaje a la figura de Carlos J. Finlay.

Las cifras que ofreció fueron escalofriantes. En ese año, mientras la expectativa de vida al nacer sobrepasaba los 72 años en los países desarrollados, en Asia y África apenas llegaba a 50, y a menos en muchas regiones del planeta. El panorama de la tasa de mortalidad infantil era desgarrador. En las naciones ricas las defunciones oscilaban entre 10 y 20 niños menores de un año, por cada mil nacidos vivos, mientras en las subdesarrolladas era de 100 a más de 200. De los 122 millones de infantes nacidos en 1980, según datos oficiales de la Unicef, 12 millones habían muerto.

Y lo peor: “En los países más pobres 9 de cada 10 niños jamás conocerán un servicio de salud ni recibirán en su primer año inmunización alguna contra las enfermedades más comunes, que son causa principal de mortalidad en la infancia”.

Su intervención fue abundante en datos y reflexiones sobre la desnutrición, las muertes maternas, las enfermedades diarreicas, el paludismo, la carencia de personal especializado en las naciones subdesarrolladas y los avances de Cuba en este campo.

Y es porque la salud pública cubana ocupa un lugar priorizado de la Revolución, con los enormes proyectos concebidos por él para que el país se convirtiera, en lo adelante, en lo que es hoy: una potencia médica mundial, a la que convocó aquella noche esperanzadora en este pedazo de Cuba, con programas que se esparcen por los confines del planeta.

Desarrollo de la ciencia y la técnica, introducción de la cirugía cardiovascular, planes docentes que revolucionen la medicina, colaboración internacional, altruismo y solidaridad para tender los brazos a quienes lo necesitan resultaron palabras claves de aquel discurso.

A 35 años del histórico acontecimiento y a pocos días de que Fidel ocupara su lugar definitivo en el altar de la Patria, en el cementerio Santa Ifigenia, el compromiso de los trabajadores de la salud de lograr servicios de excelencia se multiplica en cada instituto de investigación, en cada hospital, policlínica, consultorio del médico y la enfermera de la familia, o en cualquier sitio donde haya un hombre o mujer soldado del ejército de las batas blancas.

Como dijo Raúl, Fidel demostró: “Que sí se podía convertir a Cuba en una potencia médica, reducir la mortalidad infantil a la tasa más baja del Tercer Mundo, primero, y del otro mundo rico después, porque en este continente tenemos menos mortalidad infantil de menores de un año que Canadá y Estados Unidos, y, a su vez, elevar considerablemente la esperanza de vida de nuestra población”.