CAMAGÜEY.- Con mochila al hombro, aún con el “polvo del camino”, y sin hacer caso a la fatiga del ómnibus, Elda Sánchez Carrazana se acercó con la prisa de quien intenta desafiar la velocidad del reloj. Ella toda era un suspiro ronco.

Carné en mano, sin temor a mostrar su identidad --la de las ropas y la de las entrañas-- firmó. Porque ella, tunera de 67 años, arrugas en desborde, lo “quería mucho y le duele su pérdida; no he parado de pensarlo desde que me enteré de su partida”. Llora. Trata de contenerse, y no lo consigue. Sigue llorando. Se desahoga. Dice que como él no existirá otro; sigue siendo su presidente. “Me enteré viajando en un camión y fue una noticia dura. No alcancé a conocerlo pero siempre me ha acompañado”.

Elda es una de las casi 400 personas que ha puesto hoy su nombre en la terminal de Ómnibus Nacionales de esta provincia. Ella también “escribe” el nuevo libro de la Patria, ese que comenzamos a rubricar todos los cubanos a partir de este 25 de noviembre con el compromiso de mantener a Fidel como bandera en el hacer.

A María Elena Martín Padrón, técnica en Cuadro y Capacitación de la Unidad Empresarial de Base Ómnibus Nacionales, la emocionó sobremanera la viajera que se presentó en la mesa como pinareña y comunista. “Nos dijo que venía de La Habana para Las Tunas pero que no podía dejar de firmar porque Fidel es como un padre para todos los cubanos”.

En el Hotel Camagüey de esta ciudad contabilizaron a la hora de nuestra visita más de 700 firmas entre nacionales y extranjeros. “Los propios huéspedes nos apuraron esta mañana, cuando preparábamos la mesa, para dejar su rúbrica, no querían irse sin hacerlo”, cuenta Mariela Carreño Iglesias, especialista comercial de la institución.

Yvonne Kristina Fondelius y Curt Torvald Algot Ivarsson hablaron de los impulsos que Fidel dio al deporte, la salud, la educación de Cuba y tantas otras naciones del mundo. “Hizo mucho por ustedes pero también por millones de seres humanos de distintas latitudes”. Yvonne y Curt vinieron a Cuba a redescubrirnos, pero creen que esta vez su ruta desde Suecia tiene otros calores: tuvieron la oportunidad de jurarle también a Fidel.

Un muchacho que desvió su carro y entró al hotel solo para grabarse con tinta; otro, un poco mayor y con ropas de trabajo, que aparcó su bicicleta con cajón para cumplirle a Fidel; una joven que cuando llegábamos iba de salida con su abuelo en silla de ruedas, otras dos ancianas que bajaban la escalera sosteniéndose las fuerzas. Todos cubanos, de los que hoy, y por estos días convierten a Camagüey en mares de certezas y compromiso a pesar de su mediterraneidad.