CAMAGÜEY.- Como cada lunes, ayer fui a impartir los dos primeros turnos de clases de Español-Literatura en el Instituto Politécnico de Economía “Cándido González Morales”, frente a mi casa. Esta vez no podía continuar hablando de Aquiles ni de Héctor, era preciso conversar sobre el Héroe de la epopeya nuestra, la Revolución Cubana.

Les conté de las bellas palabras que desde lo más profundo del corazón cientos de miles de cubanos y hermanos de otros países han escrito en las redes sociales… de los desagradecidos que despojados del mínimo sentimiento de humanidad han celebrado, y uno me preguntó  "¿Profe, y qué dicen que celebran?". Otra comenta: “ayer los pusieron en TeleSur bailando; son unos descarados, unos falta de respeto”.

No tuve que responder; les pedí que expresaran sus sentimientos, con una o dos palabras, y así se fueron hilvanando: “todavía no lo creo”, “tristeza”, “dolor”, “un dolor de barriga extraño”, “mi abuela lloró y yo también”, “los días están grises, tristes”, “me asusté”, “Estuve en Birán…”.

Llegó el punto de hablar de la carrera que estudian, importante como la más importante, de lo mucho que todos le debemos a Fidel, con ejemplos como el de Dayana, la muchacha que acoplada a un equipo respiratorio estudió en su casa, con decenas de maestros de todos los niveles de enseñanza, hasta que se graduó hace dos años de licenciada en Periodismo, y del salario que devenga su mamá por cuidarla en el hogar, uno que le dio la Revolución, donde además del equipamiento imprescindible para sostenerla con vida, dispone de la computadora regalo personal de Fidel.

También les hablé de las enfermedades que padeció mi padre y la curación; y hasta del vaquero de la cooperativa donde mi hijo hace sus prácticas laborales de ingeniería agronómica, que no ha sembrado debidamente las plantes proteicas para la alimentación del ganado, tal y como lo concibió Fidel en los últimos tiempos...

"Profe -interrumpe uno- es que hay gente que no hace bien las cosas; si todo lo que Fidel dice se hiciera, estaríamos mejor”, y la mayoría asintió la acertada conclusión.

Ser fidelista no se impone, no es una doctrina, es algo que se siente, que se lleva en la sangre, y cada cual es libre de profesar la ideología que quiera… les dije, porque el grupo es heterogéneo, y el silencio de algunos fue una brújula para retomar el tema con la pregunta: ¿Quién aquí no le debe algo a la Revolución?

Este silencio, de otro tipo, evidenció la respuesta.

Y quedaron los minutos finales para referir a la figura que da nombre a la escuela, Cándido González, del que todos saben que es el “revolucionario sin tacha” pero nada de los argumentos.

Y ya supe que hoy, cuando volviera al turno de clases, antes de abordar a los héroes mitológicos, debo comenzar por este que fue alumno de esa escuela, que caminó por los mismos pasillos, se sentó en las escalinatas y hasta fue al mismo baño que ellos… ese, que es de los hombres que no hacen leyenda, sino historia, una parte importante de ella junto a Fidel, desde México, en el Granma, en Alegría de Pío… hasta su caída en la boca del Río Toro, un 8 de diciembre harán 60 años. Por ellos y por Fidel, que fue un ferviente amante de la historia, así lo hice.