Fotos: ArchivoFotos: ArchivoCAMAGÜEY.- Siento voces, luces encendidas, trajín inusual a esa hora. Miro el reloj. 1:58 a.m. Me levanto asustada, abro la puerta del cuarto. Mi hermana me asalta: tata, se murió Fidel.

Fue la peor de las noticias. “No Yisse, no puede ser”, es lo único que digo desencajada y nerviosa. Enciendo la televisión. Parece cierto; está el Fidel del desembarco. Lloro. Viene mi mamá. “Sí, Yasse, nos llamó ahora tu tío y tu tía Mirtha; también me avisaron del trabajo, tengo que ir para allá”. Vuelvo a la cama y no logro conciliar el sueño. Digo como si alguien me escuchara: fue un hombre bueno, cuánto lo he querido.

Y entonces recuerdo la ocasión en que lo descubrí; el día en que se me volvió para siempre, certeza, cariño, faro, deseo. Tendría unos siete años cuando el regaño-enseñanza de mi papá me lo colocó bien hondo en el pecho, como luz de neón, a pesar de la escasez de calendarios, del apagón repentino, de la ducha que en ese momento todo me desprendía. El agua no me lo resbaló; me lo incrustó con empeño, en superlativo.

Pensé en los discursos. En las reiteradas apariciones televisivas. En los recorridos. En el apego a su pueblo. En la emoción de tantos cientos que pudieron tocarle la mano, emularle el paso grande, besarlo, abrazarlo. Pensé en mi hermana y en su turbación en plena madrugada a pesar de no haberle tenido tan cerca como yo u otras generaciones. En mis futuros hijos, que tendrán que conocerle por los libros, por alguna clase inalcanzable, desde mis ardores, o en el tono de orgullo de su padre, quien en sana porfía intentará ganarme “terruño” porque su Palma Soriano fue la primera capital de la Revolución —ciudad tomada y liberada por el Ejército Rebelde el 27 de diciembre de 1958—, y porque desde allí Fidel informó al pueblo a través de las ondas de Radio Rebelde sobre el triunfo revolucionario.

Pensé en las tantas veces en que me asustó su probable partida. En aquel día de febrero de 2008 cuando nos reunieron en la Vocacional para leernos su carta de renuncia como presidente aduciendo su “estado crítico de salud”. Fue como el presagio de la noticia parca de este 25. Fue sacudida, bofetada, quebranto sin consuelo, fue desamparo, consternación, fue no hallar la ruta a mitad del camino.

Porque yo, como tantos, lo creía/creo inmortal, lo creía/creo infaltable, lo creía/creo humano, sí, pero de otra galaxia. Y él, aunque son indescifrables los gases, sustancias, magnitudes de las que está hecho, tampoco escapa a la carne, a los huesos. Así lo comprendí este 26 de noviembre, y duele... Sobre todo porque me niego a aceptar tal verdad como mera traición de la semántica.

En aquel entonces de 2008, como ahora, lloré. Todo con él siempre me ha conmovido hasta las raíces. Justo como me sucede cuando leo o veo escenas de padres e hijos, sin importar la carga dramática, esos trueques de cariños simplemente me conmueven. Será por eso que mi amiga Leydis, que tanto me conoce, siempre me lo mienta como “tu papá Fidel”. Vuelvo a pensar, y este pensamiento me ahoga. No pude estrecharlo en mis brazos; no pude verle cerca y darle, al menos, un beso fugaz (como soñaba).  Coño, no pude conocer a mi papá Fidel.

Pero como la muerte no alcanza para drenarnos las venas y llevarse junto a los nuestros el calor de la sangre, y pese a la tozudez de esta nueva misión suya que nunca aprobaremos, me sigo quedando con su figura trepidante, con su doctrina, con sus resonancias. A fin de cuentas, los padres nunca abandonan.