CAMAGÜEY.- Cuando aquel viernes 25 de noviembre del 2016, a las 10:45 p.m. se interrumpió la transmisión de la Televisión Cubana y compareció en pantalla el presidente de Cuba, Raúl Castro Ruz, tuve la impresión de que algo terrible había ocurrido y los sentidos no me traicionaron: había muerto el líder de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz.

Vencedor de todas las batallas que libró durante sus 90 años, sin importar la fuerza, la dureza o la hostilidad del enemigo, ahora la muerte lograba abatirlo físicamente, suceso al que nos resistimos a dar crédito los cubanos, y supongo que otras miles de personas del mundo.

Este 25 de noviembre del 2018 conmemoramos el segundo aniversario de su partida a la inmortalidad, merecido lugar ganado por su ejecutoria al frente de Cuba y por la trascendencia de sus ideas y su acción y pensamiento universal fuera de nuestras fronteras.

Nadie en Cuba piensa que se ha ido. Lo vemos a ratos, con sus grandes zancadas, erguido y vigoroso, incansable constructor del presente y el futuro que modela con profunda sensibilidad para Cuba y la humanidad, capaz de trabajar durante jornadas de día y de noche, y también discursar durante horas en un podio o cualquier tribuna sin apenas aliviar la resequedad de su garganta, con sus característicos gestos de orador, como si indicara seguir adelante cuando apunta hacia el firmamento con uno de sus dedos, que parece dibujarlo con su palabra, o cuando blande con fuerza su brazo para advertir al enemigo que defenderemos la Revolución hasta el último aliento de nuestras vidas.

En su marcha de cenizas para el cementerio Santa Ifigenia en la oriental provincia de Santiago de Cuba, si alguien piensa que los millones de personas que esperamos durante horas, con sol fuerte, con lluvia, o cubriéndonos la noche, el paso del cortejo hacia el túmulo de su aparente reposo fue para darle el último adiós, se equivoca medio a medio, porque no lo despedimos, seguimos junto a él, sin estatuas ni monumentos fríos, uncidos a su presencia de todos los días, en las buenas y en las malas, a la hora del combate, de la resistencia estratégica, o en la guerra de pensamiento que libramos durante 150 años contra el colonialista español primero, y contra los imperialistas norteamericanos después.

Decía nuestro Apóstol José Martí que “cuando se muere en brazos de la Patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe, ¡comienza al fin con el morir la vida!”, y no otro rumbo ha tomado Fidel después de su partida que seguir aquí, entre nosotros, porque siempre supo que “el amor madre a la Patria no es el amor ridículo a la tierra ni a la hierba que pisan nuestras plantas, es el odio invencible a quien la oprime, el rencor eterno a quien la ataca”.

Entonces, aunque los recuerdos nos opriman el pecho en este segundo aniversario, aunque quizás en algún momento sentimos que algo nos falta, que hay una ausencia insustituible, que alguna lágrima se nos escapa, pensemos en lograr preservar la Revolución que él fundó con tanto esfuerzo y amor, y decididos, continuar hasta la victoria final esa gigantesca obra que es hoy Cuba por su genial conducción, y que como una estrella reluciente siga brillando en el firmamento, para bien de los cubanos y otros pueblos hermanos del mundo.