CAMAGÜEY.- A Lázaro lo conocí hace algunos meses, cuando ni siquiera soñaba con vestirse de competidor paralímpico y su posibilidad de volver a caminar bien --realmente bien-- era solo eso, una posibilidad.

Su vida se había puesto en pausa por un acontecimiento desafortunado, tiempo antes. Desde entonces, seguía viviendo pero “sin hacer nada, sin metas”, me confesó. Así fue hasta el día afortunado en que desde el Inder le avisaron para ir a hacerse unas pruebas, y tal vez hasta incluirse en una running clinic promovida por la empresa alemana Ottobock.

Lázaro jamás había oído hablar de esa compañía, productora de prótesis y otros equipos para personas con dispacidad motora. Pero confió, y en esa confianza estuvo el comienzo de su nueva vida.

En Río probaron su valía dos de aquellos nueve muchachos que en 2015 iniciaron el proyecto Ottobock-Cuba; Lázaro terminó décimo y su compañera María Luz Pérez, tercera. Ambos compitieron en el salto de longitud.Foto: Orlando Durán Hernández/AdelanteEn Río probaron su valía dos de aquellos nueve muchachos que en 2015 iniciaron el proyecto Ottobock-Cuba; Lázaro terminó décimo y su compañera María Luz Pérez, tercera. Ambos compitieron en el salto de longitud.Foto: Orlando Durán Hernández/AdelanteEn los registros de inscripción del Comité Paralímpico Cubano su ficha lo presenta como Lázaro Yarlo Rodríguez Lazo, de 23 años y residente en la ciudad de Camagüey, en las inmediaciones de la Plaza San Juan de Dios. Antes de convertirse en velocista y saltador de longitud, practicó algo de voleibol.

Su historia marcó puntos de giro en mayo del 2015, cuando fue admitido en el programa conducido por la empresa germana y el Inder nacional, y en diciembre, cuando por primera vez se calzó los “pinchos” para probar suerte en el salto largo.

“Éramos nueve muchachos de todo el país que llegamos a la clínica solo con la meta de mejorar nuestro ánimo; 'para correr por alegría'. Ese es un proyecto que se desarrolla en varias naciones con el objetivo de mejorar la calidad de vida de jóvenes con dispacidad. Fue el profesor Jorge Reinaldo Palma quien nos motivó a probarnos al límite. 'Ya han llegado hasta aquí y estoy seguro que pueden aspirar a más', nos dijo desde los primeros entrenamientos. Fue así que empezamos a prepararnos para competencias internacionales, aunque casi no quedaba tiempo para clasificar a la paralímpiada”.

Al igual que su homólogo “tradicional”, en el deporte paralímpico valen tanto las condiciones innatas de los competidores como las capacidades que sean capaces de crear a lo largo de años de trabajo. En el caso de Lázaro y sus compañeros esos años se redujeron a unos cuantos meses y algunos eventos internacionales. Y todo, mientras se adaptaban a las prótesis, “que al principio son muy incómodas y entorpecen hasta los movimientos más sencillos.

“Entre competencias en México y Colombia, y en el Campeonato Nacional en La Habana, pude ir mejorando mis saltos desde poco más de cinco metros con sesenta centímetros hasta 6.22, que es el mejor que he logrado hasta ahora”.

Las peripecias del “año” más importante en la vida de nuestro héroe pudieron haber concluido con el final de tantas películas deportivas, en las que el protagonista marcha indetenible hacia lo más alto del podio. Pero la realidad es siempre más compleja (y completa) que la ficción. En definitiva, Lázaro no pudo pasar del 6.06 metros y Río de Janeiro no fue el escenario de su primera medalla paralímpica.

“Las cosas son así”, reconoce. “Sin embargo, tengo motivos para seguirlo intentando. Este año y el que viene, y otros más”. Viéndolo sentado junto a la pista de la “Patricio Lumumba”, mientras se ajusta el fleje a su pierna izquierda, no cuesta mucho creerlo posible.