CAMAGÜEY.- En cuanto los miembros de la Sección Infantojuvenil comenzaron a recortar el papel se inició una metamorfosis similar a la de Gregorio Samsa. A diferencia del personaje kafkiano los jóvenes integrantes del grupo de artes plásticas del Proyecto Colibrí evolucionan, cada sábado, desde la Casa de la Memoria. La voz del maestro Nazario Salazar Martínez aparece oportuna para que ocurra el cambio, la ruptura en sus capullos.

Comienza la clase con un repaso del encuentro anterior. Surgen las preguntas, las manos levantadas, los aciertos, los desaciertos. Nazario disipa las dudas como hace un padre con sus hijos, un educador. Luego explica que el objetivo del taller será “confeccionar, sobre una cartulina, un campo de flores y mariposas”.

Las tonalidades verdes priman en el lugar de trabajo: el Salón Patrio. Siempre ocurre así porque los realizadores junto a su profesor crean y sueñan a la naturaleza, con los colores de la esperanza, como lo quiso Martí.

Desde una de las mesas, Yailiannis Hidalgo trata de componer, sin saberlo, una obra plástica-musical: toma el control de sus tijeras y entre las melodías del “ric, rac, ric, rac…” da vida a tres mariposas azules. Ella se toma muy en serio las palabras del maestro: “ustedes son responsables de transformar el vacío en algo bello”.

Alrededor de la sala huele a pegamento. Amanda Lafferti sostiene cada recorte y le unta el adhesivo. Con delicadeza los coloca en el cartón que semeja un desierto blanco. Sobre él planta la hierba, las flores y reúne  diferentes especies de mariposas. Ya no es un terreno yermo. Me cuenta Amanda que sus habilidades han crecido gracias a la sabiduría de Nazario quien impulsa, desde hace cinco años, sus inquietudes artísticas y el amor por la cerámica.

William Céspedes ha terminado sus deberes y no se ve agotado. Le sobra energía: agarra varios trozos de papel y fabrica una nave espacial. La pasea por el aire. Sonríe. La transporta de un extremo a otro de su mesa. Parece feliz. Está feliz. De esos juegos galácticos deduzco la inocencia y por qué no, las intenciones de desafiar y romper las barreras de la imaginación.

Después que todos han entregado sus obras, Nazario propone efectuar un ejercicio de crítica. Cada uno piensa y destaca la calidad, las carencias o los excesos. En ese momento no existen razonamientos pequeños ni actitudes parciales que frenen el “yo verdadero” de los creadores.

Cuando los jóvenes abandonaron la Casa de la Memoria, esa mañana, supe que algo grande había sucedido, pues ni en el cuerpo ni en el alma llevaban el símbolo de la metamorfosis de Gregorio Samsa: la oscuridad. Simplemente, se dejaron llevar por el viento y rompieron sus capullos… se echaron a volar.