CAMAGÜEY.- Sergio Roque Ruano era un gran desconocido entre nosotros hasta que regresó en el 2013 cargado de ángeles con “Cuerpos a flor de piel”, su exposición presentada en la galería Fidelio Ponce de León. Soñaba con traer a su Camagüey parte de la prolífera obra desplegada en Matanzas, donde hace mucho ancló por la fortuna del amor. La cercanía al mar resultaba otra razón esencial para este hijo de Nuevitas, enamorado de la luz, que desde niño miraba las puestas del horizonte.

Sus inquietudes creativas encontraron cauce en 1969 en la Escuela Profesional de Artes Plásticas de Camagüey. Luego estudió el nivel medio en La Habana y después egresó como Máster en Bellas Artes por la Academia Estatal de Kiev, en la antigua Unión Soviética.

A su regreso se estableció en Matanzas, donde se le admira por el inefable aporte a la cultura local, lo cual propició que recibiera el Premio Provincial de Artes Plásticas en el 2010. Fundador del famoso taller de cerámica de Varadero, además se ha ocupado de la preservación de inmuebles patrimoniales. Precisamente ganó el Premio Nacional de Restauración 2008 por la obra realizada en el Museo Farmacéutico.

El dominio de las técnicas, de la pintura al dibujo, de la cerámica a la escultura, propicia rasgos acentuados por su inconfundible poética en más de 40 años de carrera profesional. En todo ese tiempo ha sobrepasado las 70 exposiciones personales y colectivas aquí y en el extranjero. Obras suyas son cuidadas con recelo en colecciones privadas en Cuba, Estados Unidos, España, Rusia, Holanda, Alemania, Canadá, Colombia, Italia y Francia.

 Foto: Leandro Pérez Pérez/Adelante Foto: Leandro Pérez Pérez/Adelante

Quizá Camagüey no imaginó que aquel nuevitero bajito, también el más pequeño de ocho hermanos, empinara tanto su talento con la altivez de las palmas que pinta en oníricos paisajes. Entre voluptuosas mujeres ha buscado un canon propio de la perfección humana. Esas Venus cubanas baten sus alas de ángeles a favor de la esperanza. Con ellas ha vuelto también motivado por la certeza de realizar el anhelo más frustrado para él: su primera escultura monumentaria, la especialidad en la que se graduó en 1984 y que ha hecho de su gusto por el volumen una obsesión.

¿Está La Avellaneda entre esos seres que se le antojan más divinos mientras más humanos?

—Es una energía que brota por muchas razones, la siento. No sé si nos une el origen común del barro o los tinajones, pero he admirado las connotaciones de su personalidad y el papel que jugó en su momento. Cuando buscaba un motivo cubano para mi tesis de grado por la Academia de Bellas Artes de Kiev, nació la idea de un proyecto con Gertrudis Gómez de Avellaneda como figura emblemática de la literatura cubana, camagüeyana por excelencia. Quizás existe una conexión entre la responsabilidad intelectual en el desarrollo de mi obra con la suya. Hay una realidad, ella está dando vueltas otra vez.

¿Cómo modeló su imagen de la Tula?

—Había investigado en Camagüey. Aparte de la información que uno encuentra de su cultura y su forma en sus escritos, existen referencias de su imagen física, aunque la fotografía era incipiente. Mi escultura no retrata su imagen física porque es un homenaje a su personalidad artística. Le puse elementos de época con una visión contemporánea. En 1984 hice el modelo para fundir en bronce en la antigua Unión Soviética y pude traerlo conmigo. Me ha acompañado en la Escuela de Artes de Matanzas y en los diferentes talleres donde he trabajado. Por primera vez lo expuse en público en mi retrospectiva “Armonía cósmica”, en el Museo Provincial Palacio de Junco en el 2011.

La conclusión de este proyecto parecía no tener fin, al parecer por causas económicas, ¿encuentra otras razones?

—Vine de Kiev con una fantasía y choqué con la realidad. Pensaba que podía interesar a los intelectuales para lograr un presupuesto o convocar a la población para donar materiales. Las autoridades en Camagüey sabían del proyecto. Al principio hubo entusiasmo, pero todo quedó ahí. Todo lo que sucede tiene una causa motivada por fuerzas mayores; en un momento no alcanzamos a darnos cuenta del porqué, y pasado el tiempo se aclara y se acomoda al mejor propósito. El proyecto está en una fase bastante adelantada de conclusión. Este hecho puede marcar una pauta que inspire a rescatar la casa, el aire de Gertrudis que todavía se respira. Más que un problema técnico ha sido un asunto espiritual, para acercarla al lugar donde nació y se desarrolló desde su temprana edad.

Imagino que no le faltarán seductoras propuestas para materializar en otro suelo la escultura.

—Ha habido muchas personas interesadas en el proyecto. De Cárdenas me han insistido mucho, porque el Museo Oscar María de Rojas tiene una sala dedicada a Gertrudis. En el siglo XIX tuvo una vida en Matanzas, participó en los Juegos Florales, pero fue un paso. Por orgullo camagüeyano, nunca he querido ponerla en otra ciudad que no fuera la nuestra. A lo mejor llevamos para allá el modelo en yeso de la escultura.

Desde la idea inicial han pasado más de 30 años. ¿Ha evolucionado o ha envejecido su Tula?

—De aquella, hay cosas que se pierden un poco. Por eso me gustaría aportarle algo más, con la mirada más aguda, darle mayor frescura, como la que ella tenía. Está modelada en barro y vaciada en yeso, dos materiales transitorios, pero cuando pienso una escultura lo hago para un material definitivo, el bronce.

Ya la escultura es una realidad, ¿cómo siente este despertar del sueño?

—Es un largo sueño. Parecía que no, pero sí. Aquí me gusta porque está muy intimista, cerca del teatro y de la casa natal y forma un complejo de imagen de La Avellaneda. Para ustedes es una motivación más para escribir y hacer otras cosas alrededor de La Avellaneda, tan controvertida. Desde cuándo se le quiere hacer un monumento, todo se ha hecho muy difícil, pero al final se ha impuesto la razón.

El emplazamiento está motivando la opinión pública, ¿qué piensa de eso?

—Me resulta fabuloso. A uno le parece que la gente no está al tanto, pero hay una buena cantidad que sí. La población estaba intrigada por este pedestal que desde hace más de dos años esperaba a que ella viniera. Me motiva hacer realidad las ideas, los trabajos, todo lo que se generó para que quede perpetuado el quehacer de Gertrudis Gómez de Avellaneda. La intelectualidad es la que dará el toque final del emplazamiento. Ya vendrán las opiniones, el me ‘gustaría así o asao’… Aquí está mi propuesta, un empeño de años por muchas personas.

Además de La Avellaneda, ha modelado a otra gran poetisa cubana, Carilda Oliver Labra. ¿Cómo explica esa convergencia?

—Tiene que ver con el “azar concurrente” de Lezama. Con La Avellaneda estaba mi deseo de reflejar una figura cimera de la cultura camagüeyana con trascendencia universal. Carilda es resultado de mi condición de matancero adoptivo, en contacto con el quehacer artístico de esta urbe y con su descollante figura. Entre la realización de las dos obras pasaron muchos años. Al detenerme en la convergencia de este azar, pienso en estas dos mujeres relevantes y reconozco que me seduce la poesía.

¿Cuál constituye para usted el principal hallazgo artístico en tantos años de trabajo?

—Vincular la figura femenina como fuente de inspiración recurrente, para representar los diferentes estados de ánimo con los que hago contacto con el espectador, en cualquiera de los soportes. Gracias a eso poseo una figuración que me identifica.

Ceramista, dibujante, escultor... ¿Con cuál término se siente más a gusto?

—Escultor. Cada obra que emprendo en cualquier soporte o técnica lleva la impronta de mi devoción por la forma y el volumen.

En la prensa se habla de la importancia del “olfato periodístico”. ¿Cuál o cuáles de los sentidos debe desarrollar un escultor?

—El sentido de la vista, no para mirar, sino para ver, y el del tacto para expresar la forma al modelar la pieza volumétrica, y así reflejar las ideas conceptuales que se quieran representar.

Después de tantos años sin exponer en Camagüey, ¿cómo califica ese reencuentro en el 2013?

—Es el inicio de una nueva etapa de mi trabajo profesional. Estoy motivado, en primer lugar, por el interés de la dirección de la Oficina del Historiador de la Ciudad y de varias personas, amigos como Lorenzo Linares, que siempre han insistido en la importancia de que mi obra estuviera presente en Camagüey. La Oficina se ha interesado desde hace años por mi obra. Ahora se ha concretado la exposición “Cuerpos a flor de piel”, título que tomé de las palabras de Toni Piñera para esta muestra, junto a las acciones para el futuro emplazamiento de mi escultura a la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Si pintara este regreso, ¿qué imágenes y colores utilizaría?

—La imagen y el color de Camagüey siempre han estado en mi obra, de una u otra forma, desde los primeros momentos que hice contacto con el noble barro camagüeyano. Su forma está en la recurrencia de las diferentes características de su arquitectura, en pilastras, capiteles, fachadas, techos. Los colores serían esos: terracotas, ocres, grises, verdes, amarillos y rosas apastelados.

Desde Matanzas, ¿cómo siente la camagüeyanidad?

—Me siento tan camagüeyano... Siempre vuelvo a Camagüey. Tengo mi familia aquí, también en Nuevitas. Vengo frecuentemente, aunque por cuestiones de trabajo a veces el tiempo se alarga o se acorta.

Nicolás Guillén, un coterráneo nuestro, miraba su ciudad como a una mujer, y usted enaltece ambas esencias en su obra. ¿Por qué esa recurrencia a lo femenino?

—Cuando represento a la mujer, lo hago pensando en la fuente nutricia de toda forma de expresión. Con ella comunico los diferentes estados de ánimo, y el principio y el fin de la creación. Si me detengo a pensar, he integrado una familia mayoritariamente femenina. Ella para mí es símbolo de respeto y admiración por su perfección.

¿Cuánto hay de cierto en que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer? ¿En su caso funciona o no la frase?

—Siempre detrás de un hombre hay una gran mujer. Mi adorada madre siempre ha sido guía, amparo, firmeza en mi andar por la vida. Más allá de su existencia terrenal es ángel custodio de cada proyecto; también mi esposa, quien en todo momento es inspiración y apoyo en la realización de mi obra, en las proyecciones intelectuales y artísticas.

Usted ha logrado nuclear una familia muy particular que concita el respeto y las miradas matanceras. ¿Qué importancia le concede a la relación entre un nivel cultural elevado y la práctica del más esencial civismo?

—Te agradezco el elogio. Esto ha sido posible porque procedo de una familia de altos valores humanos que me formó principios que no he abandonado como figura pública. Al contrario, los he cultivado como guía en mi actuación cotidiana, y modelo en mi práctica diaria con mi familia. De ello me siento orgulloso.

Su arraigo a una ciudad tan mediterránea no contradice su entraña de hombre de mar...

—Decidí arraigarme a Matanzas por la vida y el quehacer de su cultura. Desde ese puerto he tocado otros horizontes, pero siempre he regresado por encontrar el sostén y el impulso para cada empeño. Quizá sea esa energía constante e infinita de las aguas de la bahía matancera las que han influido en mi quehacer artístico e intelectual, o quizá sea que estas aguas me hacen recordar esas energías que desde niño formaron mis sentimientos y que sentí en otra bahía muy similar, la de Nuevitas.

En su “currículo” no han faltado severas pruebas humanas, ¿qué fuerzas encuentra para esculpir con nuevos ánimos por la cultura cubana?

—Es cierto. Cada prueba no ha hecho más que reafirmar mi fe en la necesidad de luchar por un mundo mejor. Ese paraíso terrenal con el que sueño, solo puedo lograrlo a través de mi práctica artística. Con devoción y empeño salgo cada día como gladiador, para conseguir la victoria. Me inspira la certeza de que contribuyo a mejorar espiritualmente a las personas, y de esa manera revierto mi agradecimiento hacia todos los que han hecho posible lo que soy como ser humano y artista.

Foto: Cortesía del entrevistadoFoto: Cortesía del entrevistado 

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