CAMAGÜEY.- En el mundo ya solo vale la información que se transmite con instantaneidad. Entonces, ¿por qué debería importar un libro como Cartas de viaje (Editorial Ácana, 2017) si, a los efectos de esa rapidez, los textos de Aurelia Castillo de González nos llegan con unos 130 años de retraso?

Sin embargo, como no hace mucho advirtió el investigador Eduardo Torres Cuevas, vivimos el momento más complejo y trascendental de nuestra historia, porque “se está jugando con la no memoria de una generación”.

Y Aurelia Castillo sigue siendo una auténtica desconocida, aunque se reconoció a sí misma sin ambages. “Soy de La Habana y suelo enviar a un periódico noticias de lo que veo”, 1 le dijo al químico y microbiólogo francés Louis Pasteur.

Para muchos resultará inaudito que una mujer fuera corresponsal en el siglo XIX, y aún más por lo que comprendió y expresó en el diario El País, desde septiembre de 1889 hasta mayo de 1890. Su hondura no encajó en el canon de su tiempo: “Salgamos de lo estético y vengamos a lo útil, a lo práctico, a lo indispensable ya para la vida”.2

¿Qué sabía de los lectores para asumir que el contenido de sus cartas era de interés común a otras personas? La compiladora Olga García Yero sostiene que su visión integradora se debe a la experiencia del viaje y al contacto con otras culturas. Esa inquietud navegante, propia de quien vive en “tierra abierta”, al decir de Nicolás Guillén, está presente en Aurelia en una mixtura de curiosidad, pensamiento, gustos, personalidad y anhelo por prestar un servicio público.

Aurelia recorrió ciudades de Europa y, para decirlo con términos actuales, “dio cobertura” a un acontecimiento internacional, la Exposición Universal de París, de la que sabíamos por el relato de José Martí en La Edad de Oro, aunque él no estuvo.

Lo más interesante de esta novedad de la Editorial Ácana no es lo que fija como pauta de lectura, sino lo que abre como ventana de posibilidad a mirar diferente la representación de lo urbano, la ciudad como fibra de la modernidad, la visión de la alteridad, la tipología del viajero, la relación con el hecho noticioso y de otros temas.

Situémosla en contexto. Se trata de una contemporánea de José Martí, Julián del Casal, Manuel Gutiérrez Nájera, catalogados como los modernistas fundadores, porque impulsaron la crónica como género nuevo en las letras hispanoamericanas. Así continuaban escribiendo e informaban de la vida urbana.

Por trabajo remunerado y sometido a la política editorial, Rubén Darío consideró el periodismo una “gimnasia de estilo”. Mas el nuevo modo de decir no era únicamente problema de estilo. Terminó cambiando la concepción de los temas poetizables.

Nájera se refirió al estilo periodístico con tono despectivo: “(…) ¿Y qué nos queda a nosotros, míseros cronistas, contemporáneos de la diligencia, llamada así gratuitamente? Llegamos al banquete a la hora de los postres”.3

Casal, de quien se ha dicho que simboliza la contradicción modernista esencial al morir de modernidad, se restringió a un espacio-tiempo habanero. Poco después de estas crónicas de Aurelia, Casal firmó con el seudónimo de Alceste, un espacio semanal en El País, y luego renunció porque “no estaba dispuesto a complacer a los suscriptores ni a tolerarles sus quejas”, explicó en carta al amigo Esteban Borrero.

El intento de separar al periodismo de la literatura ─todavía se padece─, denota el problema de ignorancia, retratado por el escritor gallego Manuel Rivas, con los periodistas que confunden la literatura con el retoricismo, y los literatos que confunden el periodismo con la banalidad.

Ni entonces ni ahora entenderemos las nuevas maneras de producir comunicación, si no somos capaces de comprender el cambio de los paradigmas. ¿Lo comprendió Darío y Nájera y Casal? Ella tuvo otro punto de vista: “El libro y el periódico, la literatura en todas sus manifestaciones, es, después del ejemplo en el hogar y la enseñanza en la escuela, el medio más eficaz de perfeccionamiento social”.4

Por eso, Cartas de viaje permite defender el periodismo como una categoría moderna de la literatura. En la nota de contracubierta se afirma que con estas crónicas, Aurelia Castillo fundó un tipo de escritura, la literatura de viaje, apenas difundida en Cuba, aunque gustó a los lectores de entonces.

Llama la atención su sentido del seguimiento de la noticia. Al llegar a otras zonas de Francia, Italia y Suiza, contrasta con la realidad, lo que en París se le mostraba en vitrina. “Yo hablo y juzgo, no por datos estadísticos, sino por lo que veo con inexpertos ojos”.5

Lo de ojos inexpertos es pura modestia. Lo de la falta de precisión, tampoco es tan así, porque acude al dato, y se vale de sus órganos sensoriales, de la entrevista, de documentos. Aurelia contrasta las fuentes.

Volviendo a mi pregunta inicial, respondo que sí vale la pena. Y lo recomiendo como un paseo grato y como una urgencia, pero debe leerse a conciencia. Leerlo a conciencia ayuda a vindicarla y a compartir los valores de la cultura profesional del periodismo que, evidentemente constituyó para ella, como lo es para mí, un espacio de realización.

Gracias a su lucidez y a su autoestima periodística, se ha podido rescatar esa zona vital, algo imposible en el caso de otras mujeres por el deterioro de publicaciones periódicas. Aurelia recogió estas cartas como parte de los seis tomos de su obra completa, que tituló Escritos, y vio la luz en 1913. Solo imprimió 60 ejemplares, que enumeró de puño y letra, y regaló a amigos e instituciones.

En el comentario sagaz con que cierra Cartas de viaje, escrito ya en Cuba, y en el que identifica en la Metrópoli de España, la causa principal de nuestros males, también destaca el papel de la prensa desde una postura ética:

Se ha comenzado por decir que lo útil no es necesario en literatura, y se acabará por aseverar que es censurable, o por lo menos, necio. Es que la moral se nos cae a pedazos y se presiente ya el momento en que la verdad ─la hermosísima verdad─, la templanza, el respeto filial, el honor, la lealtad conyugal, todas esas excelencias que la palabra justicia resume, y hasta el patriotismo que de ellas se nutre y que siempre ha sido entre nosotros lo más venerado, lo más grande; todas esas virtudes que penosa y asiduamente han ido labrándose en el corazón del hombre desde que este dejó de confundirse con el bruto, serán befadas y se mirará con risa o con lástima al que tenga la candidez de ejercerlas.6

Lo que acabo de leer se afianza por una coincidencia de esta mañana. Transcurre la Jornada por el Día de la Prensa Cubana, el 14 de marzo, por la fundación en 1892 del periódico Patria, símbolo de nuestro compromiso de trasmitir ideas con sencillez, inteligencia y honestidad.

El texto de la camagüeyana está fechado en Guanabacoa, el 14 de marzo de 1891, aun año antes. ¿Es casualidad? Yo digo que no, porque Aurelia Castillo ronda todavía. Está aquí, entre nosotros, como energía de la buena, porque sigue siendo útil, porque ahora más que nunca son imprescindibles los que, en la justa medida, enseñan a iluminar la ética, el conocimiento y la verdad.

1 Pertenece a la carta fechada el 2 de diciembre, de 1889, acerca de cosas nuevas, como la visita al Instituto Pasteur, a la Casa de Víctor Hugo y al Liceo de París, p. 79.

2 Es la entrada a su descripción de la muestra de París, p.54.

3 Susana Rotker: Fundación de una escritura: las crónicas de José Martí, La Habana. Ed. Casa de las Américas, 1992 p. 114-115.

4 Cartas de viaje, Editorial Ácana, 2017, pp. 192-193.

5 Lo dice en sus impresiones de la exposición venezolana, p.45.

6 Aurelia Castillo: “De regreso”, fechado en Guanabacoa, 14 de marzo de 1891, p. 193-194.