CAMAGÜEY.- Quien lo conoce sabe que a Luis Álvarez Álvarez se le admira y se le teme. Son dos emociones difíciles de desligar. Tanto conocimiento hay en él que resulta aplastante para un contexto donde ser culto ya no es una aspiración común en las personas de bien. Entrevistarlo entraña siempre desafíos para mí, porque he sido su alumna y, en especial, porque se me ha declarado entre mis lectores agudos.

En la Feria Internacional del Libro de La Habana debía recibir de manera oficial el Premio Nacional de Literatura 2017, pero por su estado de salud lo hará en Camagüey, primera excepción en la historia de esa entrega. Como destaca entre los autores con novedades publicadas por la Editorial Ácana, aprovecho para compartir “secretos” de la vida privada de Luis, y además para intuir nuestro futuro desde problemas contemporáneos que los cubanos hemos de resolver con inteligencia y amor.

Siempre insiste en que hay que defender el buen uso del español, y conocer los distintos significados de cada palabra. ¿Cómo reaccionaría si en una de sus conferencias, en el momento del intercambio, alguien lo llama “Pulele”?

─El uso del lenguaje debe estar determinado por las circunstancias sociales en que se emite una comunicación; por tanto, el caso que imaginas sería un uso coloquial y por tanto inadecuado para un contexto académico. Ahora bien, debo decirte que la palabra “pulele” proviene del lingala, una importante lengua bantú africana de la zona del Congo. Significa en ella “niño”, en el sentido de “hijo, ser querido” y como tal pasó a Cuba. Debo decirte que mi padre —como otros camagüeyanos, más allá de su clase social o proveniencia étnica— la usaba conmigo como muestra de mucho afecto y, en tal sentido, para mí tiene un sentido muy especial. Esa palabra es uno de los varios signos afrocubanos que caracterizan la cultura regional camagüeyana. No debemos descartar de modo tajante un uso lingüístico sin tener en cuenta su función y origen cultural. Más aún en un país multiétnico como Cuba.

Hay falsos mitos y estereotipos alrededor de la figura de un artista. Esa idealización nos aparta de lo humano. Cuando llega a espacios sin esmoquin, como el lugar donde se pela, ¿cuál de las miradas prefiere sobre usted?

─La deformación simplificadora de las imágenes sociales y en general humanas es un error grave, pero muy frecuente, en la percepción humana. Las personas somos entidades múltiples: a la vez nos proyectamos en lo biológico, lo familiar, lo laboral, lo cultural, lo ideológico, lo religioso, etc. Un individuo social siempre es múltiple y es un error de conducta proyectarse uno mismo como si fuera unilateral. E igualmente es deshumanizador considerar a una persona solo desde un ángulo de su actividad. En el caso que me propones —el ámbito de un establecimiento a donde uno acude a cortarse el pelo—, ya que me preguntas por lo que hoy se denomina “estética” en América Latina, voy allí con Olga ante todo como ser humano y, también, como “ser cubano”. Te estás refiriendo al local de Osmany, donde lo mismo consigues una atención muy profesional, como disfrutas una sabrosa conversación con Osmany, pero también con los demás clientes; creo que vamos allí tanto por su calidad profesional, como por el ambiente social simpático, dicharachero y camagüeyano que allí se respira siempre.

Aunque lamenta que en la sociedad camagüeyana la lectura ocupa un lugar cada vez más endeble y desprotegido, podemos encontrarlo lo mismo con un libro de papel que con una tablet. Se nota que es consciente del tránsito inminente a otras maneras de escribir y de leer. Sin embargo, a partir de lo que se sigue publicando, ¿hay correspondencia entre la propuesta del autor de hoy con el público potencial?

─La relación entre escritores y lectores nunca es perfecta, de ahí su importancia para la cultura. El autor propone —temas, estilos, modalidades de escritura—, y el receptor se deja estimular, desafiar e innovar por esa propuesta… o la rechaza. No estoy de acuerdo con la idea de que “hoy no se lee lo suficiente”. Me parece que esa afirmación es muy absoluta. Lo que ha cambiado es la modalidad de la lectura. Hoy la escritura adopta un vehículo por completo diferente al que tenía en mi infancia: leemos pantallas de monitores cibernéticos con una asiduidad y frecuencia que hace tiempo ha invadido los espacios escolares, pero también los sociales —cibercafés, centros de información científica, oficinas de periodistas gráficos y audiovisuales—, incluso proyectos culturales como el que se desarrolla en Camagüey en relación con el cine. El día que exista una correspondencia absolutamente mecánica e idéntica entre las propuestas de escritura y las apetencias del lector, en ese momento preciso, la lectura como actividad cultural esencial estará en riesgo. Hoy leemos de modo distinto a como se hacía en 1950: usamos otros soportes materiales para lo escrito, tenemos temas que se mantienen, pero otros que son por completo novedoso. Esa variación está en relación directa con la evolución social, con el desarrollo de la cultura. En vez de lamentarnos por el hecho de que no leemos lo mismo que nuestros abuelos, debemos preocuparnos por lograr que los medios y modos de lectura contemporáneos sean compartidos por toda la sociedad cubana en su conjunto.

Ante la noticia del Premio Nacional de Literatura 2017 para usted, dijo a Cubaliteraria que no tiene “obra” sino “libros”, algo en lo que no concordamos. Suponiendo que yo le crea, ¿qué tiene en cuenta para “armar” un libro y qué novedades ofrecerá en la feria?

─Establezco esa distinción entre “obra” y “libros” porque prefiero considerar como “obra” a una aportación de gran alcance significativo para la nación, tal como puede considerarse, sin vacilación, en relación con, por citar algunos ejemplos, las aportaciones de José Martí, de José Lezama Lima, del camagüeyano Severo Sarduy; esto es válido tanto para los autores literarios como para otros —historiadores, politólogos, culturólogos, periodistas, etc.—. En cuanto a tu pregunta en sí, sobre todo me interesa enfrentar un tema que todavía tenga aristas múltiples que deban ser examinadas y que, de algún modo, pueda decirnos algo sobre nuestro presente cultural. En la próxima feria aparecerá un libro, Lecciones de vuelo: la lectura en nuestro presente, que examina desde distintos ángulos —y diferentes autores allí compilados por mí— la situación contemporánea de la lectura.

Tengo muchas preguntas para usted, pero el tiempo y el espacio siempre conspiran. En cambio, no me puedo ir sin escucharle: ¿cuáles son la angustia y el sueño de nación de Luis Álvarez Álvarez?

─Esta pregunta tuya es, desde luego, muy compleja. Pero también hay un modo muy sencillo de responderla: sigo pensando que la aspiración esencial es la república que dejó bosquejada José Martí en lo profundo de su pensamiento ético, estético, educacional, ideológico y humano general.