CAMAGÜEY.- José Ernesto Alonso Zayas debía ser un príncipe como manda su formación de ballet clásico, pero al graduarse de la Academia Vicentina de la Torre, en esta ciudad, la ubicación para el servicio social significó un cambio radical para su ardua postura artificial. Al parecer no tendría cabida en el Ballet Folklórico de Camagüey, donde la posición de equilibro es otra, aunque cómoda, por cierto, por herencia del arte danzario original.

“Me costó trabajo, porque llegué con nueve años de preparación clásica. Al principio me decían La Tour Eiffel en África. En un ensayo de Con quien sabe no se juega, alguien de la parte de atrás me gritó ´Príncipe, sal del castillo y conviértete en negro del barracón´. Desde ese día llevo la imagen clásica a la puesta en escena de folclor. Montando Oyá Yansán , me acordaba del cuerpo de baile del segundo acto de Gisselle, y para mí convertí las Willis en las Oyá. Empecé a entender cómo era mi camino en el folclor hasta el bailarín que soy”.

Entre risas, José Ernesto comparte los reclamos de sus primeros maestros: “Mis profesores de clásico me dicen que echaron su experiencia en mí para que sea algo distinto. En la academia te formas, pero la compañía hace de ti un artista profesional, te moldea, claro, no se logra en un año, en dos o en tres, porque es un proceso. No podría volver a ser príncipe, sin embargo el príncipe lo llevo dentro”.

EL ALMA DE LA COMPAÑÍA

El Ballet Folklórico le estimula admiración y gratitud a este joven que lleva ocho años allí y sabe valorar el cuarto de siglo del proyecto músico danzario fundado y dirigido por Reinaldo Echemendía Estrada.

“Somos de las pocas compañías con el placer de contar con dos bailarinas y profesoras como Elsa María Avilés y Janixe del Rosario Jiménez en escena, sin retirarse, sin solo enseñarnos un paso, siendo todo para la compañía. Las agrupaciones deberían lograr que aunque las grandes figuras se retiren, no se vayan completamente de un lugar, sino que sigan allí, porque es como único se logra la continuidad de mantener el alma con la que una vez se creó. Además, Elsita y Charito no tienen nada que ver una con la otra, sin embargo, 25 años en escena las convierte en hermanas”.

SENTIMIENTO Y PROFESIÓN

José Ernesto también imparte clases en la compañía, una muestra de su capacidad y de la confianza de un colectivo con dinámica peculiar.

“Es increíble cómo todo se va concatenando. Primero los bailarines tenemos una preparación musical, antes de guiarnos por un conteo, por un paso fijo de la coreografía. Muchas veces nos sabemos mejor la música que los propios músicos. La música nos da el sentimiento. Si al paso no le pones el sentimiento es un paso de gimnasia, de solo mover un pie”.

Por eso y por más, este camagüeyano define el arte folclórico con dos palabras: sentimiento y profesión, y retrata la agrupación como su otro entrañable hogar.

“Aprendes a verla como una familia, porque te recibe con las puertas abiertas y te lo da todo. Ves a mamá, a papá, a hermanos, a gente que está dispuesta a ayudarte en el camino de acabar de nacer. Tenemos diferencias y ambiciones distintas, pero vemos la compañía como un todo único.

“Es increíble cómo el percusionista ayuda al bailarín y viceversa, cómo el utilero ayuda a una puesta en escena, y entre todos se logra el resultado final. La mayor emoción para mí es que detrás de una puesta en escena excelente está escondida una gran familia que se llama Ballet Folklórico de Camagüey”.