CAMAGÜEY.- Entró por donde llega el público y justo en el centro del tabloncillo dijo que estaba en el lugar mágico de un amigo, el Guiñol de Mario Guerrero, quien seguía allí aunque ya no pudiéramos verlo. Así comenzó Chímpete chámpata, una versión de El pícaro burlado, del argentino Javier Villafañe, que Armando Morales aprovecha para sumar a tres niños del público, devenidos titiriteros en fracciones de minutos.

“Las funciones nunca son iguales, porque tienen que ver con la improvisación como recurso, no como método. ¿Por qué el niño no va a descubrir qué cosa es el encantamiento que ha ejercido un títere si lo tiene en su mano? En definitiva, el títere es un instrumento, y el niño en su juego supera eso. Una rama puede ser un caballo, un rifle, una espada, un bate. ¿Cómo el objeto puede montarse en distintas realidades? Eso es teatro, pero ellos están jugando. ¿Dónde termina el juego y dónde empieza el teatro? Esas barreras yo trato de eliminarlas”, fue una de sus lecciones recientes en esta ciudad.

“Los niños de ahora tienen una laptop, una tablet o un telefonito. De cierta manera esos instrumentos anulan el pensamiento y la inteligencia. A algunas sociedades sirve que el hombre sea un robot, un ser asumido, no un ser pensante y crítico”.

Pensando en otra técnica, ¿le preocupa la enseñanza del títere?

─No solamente por el títere. Debemos preocuparnos porque el niño sea sensible, que se emocione con la salida del sol y vea las estrellas. En Cuba están dadas todas las condiciones para el niño como ser integrado a la vida, que disfrute la rosa y no le dé un palazo, que escuche al sinsonte y no le tire piedras. Tampoco debe dejar de ser niño. Necesita bañarse bajo la lluvia. Yo lo hago.

“El arte provoca que deje de ser una bestia y se convierta en un ser humano. Quien piense que el títere es pequeño teatro es verdaderamente tonto. El títere es otra dimensión, que no es precisamente la del actor. Hay aspectos como las estructuras dramáticas, la creación del personaje, el diálogo, el ritmo, las dinámicas, los contrastes. Que el ser cubano del siglo XXI sea superior no depende de las instituciones que forman a los artistas, sino de otros elementos que convierten al arte en un consumismo barato, banal, mediocre, estúpido”.

Armando contrastó lo anterior con el ejemplo de un cantante camagüeyano: “¿Hay algo mejor que Leoni Torres en imagen, en sentido del espectáculo, en interpretación, en seriedad, en responsabilidad con su trabajo y con el momento en que está viviendo? ¿Cómo es posible que ahora no haya una obra de Dora Alonso en el panorama del teatro para niños y de títeres, que económicamente mantiene el Estado? Una maromita, un chiqui chiqui, una cancioncita... eso no es teatro. El teatro es un personaje en conflicto. Nos está pasando lo del bandazo, como diría Samuel Feijóo al insistir en que un pueblo sin raíces está en peligro de ser volatizado por cualquier corriente”.

También desmonta el teatro con Chímpete... ¿Por qué?

─Es la primera vez que la traigo. La puedo hacer aquí, una sala acomodada con cortinas negras y aire acondicionado, con sonido, lunetario. La hago debajo de un árbol en la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa, y en México, Colombia, Perú, Suiza, España e Italia. Los escenarios son a partir de la fascinación que ejerce el espectador con los estímulos que le brinda el actor, el mimo o el títere.

“En Chímpete chámpata creo que los niños ven el saco, las naranjas y la plaza. Basta estimular la imaginación. Una editorial argentina que ha publicado a autores cubanos, entre ellos Onelio Jorge Cardoso, Dora Alonso y Nersys Felipe, no ilustra el libro infantil. Me pareció de maravilla porque tienes que dar un arte que ejercite la fantasía, la imaginación, la sensibilidad del lector”.

El Espejo de Paciencia realza su vínculo con Camagüey, pero sus lazos con esta tierra son inefables...

─No tenía que tener el Premio Nacional de Teatro para obtener el Espejo de Paciencia, pero ya lo tengo. En este Espejo está resumida cierta actitud necesaria, la paciencia. Recibirlo en una peña de la Uneac con personas mayores bailando un danzón y cantando alguna que otra canción tradicional fue emocionante, a tal punto que hice un cuento de la narración picaresca. Me siento feliz de estar en Camagüey. Estoy acompañado de Mario, por ahí está oyéndome, diciéndome cosas: “¡Bah!, estás hablando porquerías…”.

“Cada vez que él pasaba por La Habana iba al Guiñol Nacional de Cuba y se ponía a hablar con Carucha Camejo largo tiempo. Ella era como una hada madrina de los titiriteros jóvenes. La admiraba por encima de todo, por el peligro, la osadía y la aventura. Si el teatro no tiene eso, mejor no hacerlo.

Armando toca otros puntos para la reflexión, como el Festival Nacional de Teatro de Camagüey, al que seguro regresará como invitado de honor, para conversar de sus premios cuando era competitivo, sobre las visiones como jurado y la persistencia en la escena. Por lo pronto nos despedimos con su piropo a Teatro del Viento: “Es lo que hubiera querido hacer cuando tenía 20 años. Está poniendo al día un teatro cubano imprescindible y necesario”.