Este lunes se ha dispuesto casi todo para ponderar a promotores y artistas, a técnicos y aseguradores de ese espacio común de la espiritualidad, del arraigo, de la identidad humana. Algunos recibirán un diploma. Muchos serán premiados con el asidero insoslayable del compromiso de a diario.

Nuestro hombre sombra regresará a casa, quizá con un papel; y a salvo ya de la alharaca, querrá que amanezca pronto para salir al encuentro de su placentera y hasta medio ingrata rutina, de darse a los demás, sin la garantía del halago.

En un poeta mártir encontraron la razón para instituir el Día del Trabajador de la Cultura. Raúl Gómez García nació el 14 de diciembre de 1928. Su denuedo le llevó a asaltar el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba. Pero murió en el intento. Sus contemporáneos le declararon Poeta de la Generación del Centenario.

El trabajador de la Cultura mira hacia atrás, alcanza a ver más allá de lo que consigue la mirada. Repasa siglos en cada respiro, promete mucho en cada alborada. Hoy recibirá los vítores en su centro laboral. Lo mencionarán en los medios. A lo mejor tenga nombre. Lo más seguro es que sea pura condición. Se habrá levantado como cualquier día y regresará a la cama con las ganas de ese reconocimiento habitual por el resto del año.

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