Cualquier ciudadano llega a la Casa de Cultura de su comunidad, donde quizá las condiciones materiales no sean las mejores y falten instrumentos y accesorios para una mejor formación; sin embargo encuentra el abrazo de promotores e instructores, para los múltiples talleres de apreciación y creación.

El descubrimiento de un niño con dotes de artista resulta un hecho cotidiano, lo mismo en el hogar que en su escuela, donde un grupo de educadores está atento a la sensibilidad del pequeño, sin mirar el rango académico o las facilidades o estrecheces económicas de sus padres.

El programa de desarrollo cultural de cada territorio prioriza el escenario menos formal, el de barrios y parques, para espectáculos gratis a cielo abierto; y en las instalaciones que cobran por la entrada, como los teatros, el precio resulta irrisorio, para las propuestas de alta calidad estética, lo mismo de agrupaciones profesionales como del nutrido y valioso movimiento de aficionados.

Ha sido una intención presentar y promover la rica diversidad cultural que nos caracteriza, en el contexto de las industrias culturales condicionadas por las fuerzas del mercado global y las redes digitales; cuyas influencias comprobamos en la serie de creaciones simbólicas que van al encuentro de los receptores, y buscan la uniformidad del gusto.

Unas personas apelan a la cultura tradicional; otras a la popular porque en esos espacios se desarrolla su identidad. En efecto, la política cultural cubana se encauza hacia la participación de los ciudadanos. La responsabilidad del Estado de orientar, fomentar y promover la educación, la cultura y las ciencias en todas sus manifestaciones, consta en la Constitución de la República.

Cuba estimula la creatividad potencial del hombre y la sociedad, tal como se expresa en las artes, las ideas, las letras, las creencias, las técnicas... Se trata de acompañar en el modo de vivir, entender y expresar la realidad. A través de la cultura, la acción tiene un carácter eminentemente espiritual, porque enriquece al hombre en la medida que este sea capaz de disfrutar y recrearse con lo que se le propone.

La actualización del modelo económico cubano ha entrañado mayor compromiso con los públicos, en pos de incrementar los espacios recreativos sin soslayar los existentes, de preservar las costumbres y tradiciones, y elevar los niveles de formación estética.

Tal como advirtió el sociólogo francés Pierre Bourdieu, se ha asumido durante demasiado tiempo que la desigualdad no se debe a lo que se tiene, sino a lo que se es. A partir de 1959, la Revolución cubana rompió las barreras clasistas con el beneficio de la igualdad, y en medio de contingencias y frugalidades ha compartido la riqueza del conocimiento, la mayor libertad de sus ciudadanos.

José Martí, Héroe Nacional de Cuba, concibió una de las más bellas valoraciones de la función social de la cultura, a partir de sus vivencias en una institución obrera. En marzo de 1892 escribió: “La Liga de New York es una casa de educación y de cariño, aunque quien dice educar, ya dice querer. En La Liga se reúnen, después de la fatiga del trabajo, los que saben que sólo hay dicha verdadera en la amistad y en la cultura (…)”.

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