Foto: Orlando Durán Hernández /AdelanteFoto: Orlando Durán Hernández /AdelanteCAMAGÜEY.- Estamos en el teatro de la Universidad de las Artes Isa. Son poco más de las 4:00 p.m. y por el color del cielo, que se ve a través de una ventana, solo pienso en una canción: La lluvia cayó. En algún lugar se escucha el saxofón de Charlie Parker. Viene del bolso de Henry Hernández Nápoles. Es su móvil. Contesta, sonríe y cuelga. Luego me mira y sabe que ha llegado el momento de ponernos al corriente de su propia vida y de los ritmos que durante 25 años lo han acompañado como saxofonista.

“Mi primer gran amor fue la percusión”, comenta mientras le saca unas notas rápidas a un tambor batá. Después lo acomoda en un rincón del local. “Sin embargo, no pude matricular en ese instrumento en la ‘Luis Casas Romero’ y junto a mi madre revisé las posibilidades que restaban. Ella con un rostro expresivo lo decía todo. Al trombón le dibujó un mohín de rechazo e hizo lo mismo con el contrabajo. Del saxo, último en la lista, dijo con dulzura: ¡Ah, Fausto Papetti!...”.

Ahora se le puede encontrar, a sus anchas, interpretando un extenso repertorio en espacios dedicados a la música como la sala de concierto José Marín Varona, pero la existencia no es una carretera lineal o un paisaje monocromático. “Sacrifiqué el tiempo libre de mi infancia. El saxofón se convirtió en mi trompo, en mi papalote y en mi juego de pelota. No obstante, nunca me he arrepentido”.

Además del olor a inminente aguacero, por la ventana se cuela también un variado recital de reguetón. No oigo a Henry ni él a mí. En medio de ese dilema, como secundados por la banda sonora de Salvar al soldado Ryan, evadimos la balacera de palabras inconexas y ataques sónicos, subimos por una escalera y nos parapetamos en la biblioteca situada en el segundo piso. Con la claridad de un balcón a sus espaldas, apenas veo la silueta de Hernández. A contraluz, la faz de un hombre puede tomar ciertos tintes sombríos.

“Tuve una experiencia bastante incómoda hace ya unos años. Cada vez que interpretaba determinadas piezas de concierto, en especial una de las obras de Johan Sebastian Bach, la entrega era tanta que no escuchaba lo que yo mismo tocaba. Asumía un grado de introspección inexplicable que me provocó hasta miedo. Gracias a la continua práctica del oficio logré establecer un equilibrio entre el corazón y la mente para controlar ese estado emocional”.

Dentro de una maleta oscura que sostiene sobre sus piernas, permanece silencioso, dorado y ligero su inseparable saxofón soprano. En la familia del instrumento es uno de los más pequeños y parece dócil e inofensivo. Cualquiera lo subestimaría por su tamaño, pero exige de una mayor presión de aire para producir el sonido y de mucha destreza para alcanzar la melodía deseada. Henry “lo ha agarrado por una oreja” y a conveniencia le ha extraído las notas más expresivas. Lo ha sabido fusionar con su carácter.

“Sin embargo, el saxo con el cual conservo mis mejores vivencias es el barítono. Con él pasé instantes inolvidables durante el II evento Jazz Band Centro, celebrado en Morón, en el 2016, y en la grabación del disco La rumba soy yo, que reunió a talentosos artistas del país. Después de soplar la primera nota sol en uno de sus temas, tuve la revelación de que algo bueno saldría de nuestro trabajo. En el año 2001 el sencillo obtuvo un Premio Grammy Latino en la categoría de música folclórica”.

Una corriente de aire entra a la biblioteca. Imagino que ha traído consigo un torrente de ideas a este hombre que personifica instrumentos y defiende la inspiración que nace del alma. Ahora se levanta la gorra plana, de color beige, que trae puesta y se pasa la mano por la cabeza. Habla de un referente en su profesión, el camagüeyano Luis Fernández Alfonso. Conversa de Martí, Fernando Ortiz y parafrasea a Tagore para señalar la importancia de servir con el propósito de dejar una obra útil a la humanidad.

“Es en la enseñanza donde más siento que vibro. Se entronca con mi naturaleza de incentivar a otros para que lleguen más lejos. A mis alumnos del Isa los educo y les doy las herramientas necesarias con el fin de que me superen y, a su vez, ellos sean capaces de transmitir esos conocimientos cuando se encuentren frente a un aula. En estos momentos me siento con la responsabilidad de rescatar la tradición de mi oficio desde la cantera”.

Después de un diálogo extendido, los libros de música que nos rodean parecen disgustados. Rompimos por largo rato el silencio de su templo. Salimos del local, bajamos por una escalera y en un flanco ya no se oyen las ráfagas “reguetonezcas“ y por el otro, la lluvia moja a toda la ciudad. Henry sigue hablando de música. Crea mímicas con las manos para explicarme más sobre el sonido de los distintos saxofones. Charlie Parker lo interrumpe una, dos, tres veces, pero él siempre tiene tiempo para la música. El sonido del saxo, simplemente, le separa los pies del suelo.