CAMAGÜEY.- Conocí a Desiderio Navarro cuando aún no había cumplido los 20 años. Era ya un inveterado lector. Su obsesión bibliográfica lo acercó a un vendedor de “libros viejos”, inicialmente como cliente y luego se asoció a él cómo versado en las compras. Desde entonces el librero obtuvo mejores ganancias y Desiderio pudo echar en el bolsillo algunos billetes.

Intimamos cuando comencé a organizar y dirigir el Centro de Cultura Ignacio Agramonte, abierto en la hermosa casa colonial de la calle que hoy día ostenta el nombre del insigne patriota. Desiderio era un excelente “curador” por gusto y afición a la pintura, y contribuyó notablemente a la galería que se inauguró allí.

Pablo Verbitsky, fundador y director en esos años del Conjunto Dramático de Camagüey, desoyendo inteligentemente el estigma que perseguía a Desiderio (fue víctima del nefasto “quinquenio gris”), lo contrató para entrenar a las actrices que interpretaban aldeanas japonesas en el montaje de La casa de té de la luna de agosto, de Jhon Patrica. Desiderio era ya un políglota que llegó a hablar y traducir de 20 idiomas.

Su estancia en La Habana no fue fácil. Después de una lucha tenaz con detractores impuso sus méritos y sus entregas. En 1972 fundó Criterios, la revista conocida a nivel internacional, y que dirige junto al Centro Teórico Cultural homónimo. Es autor de libros ensayísticos sobre teoría cultural y arte, publicados además de Cuba en varios países.

Editor de 13 antologías. Ha recibido varios premios, entre ellos la Distinción por la Cultura Nacional (1988), así como la medalla Alejo Carpentier (2002).

Me encontré con él en Camagüey. Vino invitado a un evento, me prometió el envío de un interesante libro, Blanco sobre Negro, del afamado sociólogo holandés Jan Nederveen Pieterse, un tratado sobre la discriminación racial y los “minestriles” en el teatro y la literatura norteamericana que me serviría como referencia al ensayo que escribía sobre el “negrito” del teatro bufo cubano.

No me sorprendió el fallecimiento de Desiderio. Conocía que estaba enfermo, pero llegaron recuerdos imborrables de una época, ya lejana, en la que todavía soñábamos.