Fidel es mío, decía yo en los días de ni niñez, cuando su figura verde-olivo ( en realidad lo veía en tonos grises) aparecía en la pantalla del viejo televisor Motorola que un día ya no dio para más, pero pasado un tiempo, gracias a Fidel, mis padres pudieron comprar uno ruso, por un módico precio y una discreta mensualidad para amortiguar el crédito, igual que sucedió con el refrigerador Minsk y la lavadora Aurika que todavía funciona.