CAMAGÜEY.- Puede estar o no de acuerdo con los puntos de vista de Mirelys Martínez, la joven pedagoga y sicóloga de profesión. Lo cierto es lo dicho por ella en un diálogo franco sobre el uso inadecuado de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), sin olvidar el escenario complejo, como el que vivimos, y con cierta tendencia a la anarquía.Este reportaje es un esfuerzo más en el propósito de lograr una internet segura.

No hay paréntesis. De antemano advierte: “Las tecnologías que hoy circulan entre nosotros tienen una especial importancia y un peso indiscutible para la gestión del conocimiento y los entretenimientos diarios, pero hay que tener en cuenta tres momentos: ¿para qué, por qué y cuándo utilizarlas?”.

Mirelys Martínez. Fotos: Otilio Rivero Delgado/AdelanteMirelys Martínez. Fotos: Otilio Rivero Delgado/AdelanteMirelys sabía que iba a adentrarse en un camino espinoso y de criterios encontrados. Aceptó el reto de dar sus puntos de vista y, sobre todo, de cómo las familias pueden contribuir a que los niños y los jóvenes no se enajenen porque con las TIC llegan al grado de adicción.

“Vemos por allí, en una parada, en una tienda, o en cualquier otro sitio, cómo el padre o la madre de un niño de dos años le dan un celular para que se entretenga. Error. Es una edad donde las características del desarrollo exigen un esfuerzo en la estimulación del pequeño, en relación con los objetos que lo rodean: formas, colores, utilidad y pertinencia para el momento en que vive”.

Ella considera que las nuevas tecnologías deben orientarse hacia la dimensión correcta, tables con aplicaciones instaladas que sirvan como un método de estudio, de enciclopedias o libros digitales de diferentes materias. Lo afirma por experiencia propia, con su hija de 9 años, Liz Cristina González Martínez, estudiante de cuarto grado A, del seminternado de primaria Grandes Alamedas.

Entonces le insisto: ¿Los padres que no reaccionan como usted contribuyen a una ruptura de la disciplina escolar, a la vez que establece diferencias con el resto de los estudiantes?

“Evidentemente. La pérdida de muchos valores en la sociedad actual tergiversa la importancia del uso de las nuevas tecnologías. Los padres indolentes dejan que los hijos lleven celulares, tables, computadoras portátiles y otros accesorios hasta el escenario docente, con fines equivocados, de oír música, ver seriales fantásticos que nada aportan al conocimiento, jugar conectados a diferentes aplicaciones, hacer fotos a lo que ven, aunque sea lo más insignificante del mundo”.

Lo anterior no es suposición. Un colega me contó de una profesora, que ejerce el magisterio como pluriempleo, y piensa prescindir de ese contrato porque le atormenta el comportamiento inadecuado de sus muchachos de preuniversitario.

Si no existe alguna reglamentación escolar al respecto, es preciso establecer las normas, y de estar en blanco y negro, aprobadas, de inmediato hacerlas cumplir con rigor.

El asunto no está por demostrar, la ciencia lo ha comprobado: los niños que permanecen largas horas expuestos a computadoras, juegos y otras tecnologías, son candidatos al autismo funcional, con trastornos serios en la personalidad. Se aíslan del mundo que los rodea.

Liz Cristina y su maestra.Liz Cristina y su maestra.

Lis Cristina forma parte de la llamada “generación de la tecnología” o de “los nativos”, pero su mamá ha calado la mayor de las resistencias, con el trabajo constante, con los argumentos acordes con su edad. Mirelys ha fraguado las estructuras y ha delimitado las fronteras, con resultados excelentes. Ya la niña prefiere jugar con amigos, generando algarabía, antes que “habitar” en un mundo de ficciones más que de la útil realidad.

El ejemplo del programa Vale la pena, de Manuel Calviño, no debía quedarse fuera. Cuando formuló la pregunta a un grupo de niños habaneros: ¿Qué haces cuando sales de la escuela? El 90 % respondió: “ver el televisor”. Es la fórmula más fácil y de menos calidad para el aprendizaje, razonó la entrevistada. El peligro inminente del distanciamiento humano.

 Ms. C. Blanca Montero Monasterio. Ms. C. Blanca Montero Monasterio.

La directora de “Grandes Alamedas", Ms. C. Blanca Montero Monasterio, lleva 25 años de graduada de la enseñanza primaria. Posee una claridad meridiana del tema y coincide con Mirelys en relación con el desempeño de los padres.

“No se percatan de que la vida de un niño, de un joven, tiene diferentes momentos del desarrollo que necesita jugar, pero también estudiar y apropiarse de la tecnología con fines educativos”.

Llegamos al plantel escolar en el horario de almuerzo y de los preparativos para un encuentro cultural de los niños, espacio dedicado a demostrar sus actitudes “artísticas” como declamadores y en otras manifestaciones del arte.

Liz estaba vestida, no con el uniforme rojo y blanco, sino con una bata larga, de color azul para, acompañada de dos niñas, salir a escena a declamar una poesía. Con un rostro angelical se nos muestra, y un poquito tímida al principio. No obstante, dice que la formación de la escuela y la ayuda ofrecida por la mamá le asegura profundizar en los conocimientos, sin apelar siempre a la computadora.

La última palabra la cedemos a Aymé Berrillo, la maestra de esta pequeña: “Ella se va comportando de una manera adecuada para el grado en que está y asimilando todas las técnicas para los trabajos a realizar. No es excelente, pero es una buena alumna, le falta un poquito de concentración y motivación en los contenidos”.

Quien revisa el currículo laboral de Mirelys, las responsabilidades que enfrenta en el ámbito laboral y otras colaterales afines a su especialidad de psicóloga, no cree que a diario comparta con la niña dos horas de tareas juntas, participe en talleres literarios en la casa de la cultura Joaquín de Agüero. Un poco se convierte en editora de los cuentos que escribe y en vestuarista y maquillista en el grupo de teatro Tres lindas cubanas, al que pertenece en la escuela.

Negar las ventajas que ofrecen las TIC es como negar el desarrollo, pero todo con medida y evaluando los pro y los contra de las tecnologías para no terminar como siempre concluye Pánfilo en Vivir del cuento: Esa es otra historia.