Alrededor de mil soldados dormían plácidamente en la madrugada del 26 de julio de 1953 en las barracas del santiaguero Cuartel Moncada,  el cual en pocas horas se convertiría en un campo de batalla y posteriormente en escenario de una de las carnicerías más horribles realizadas por las fuerzas represivas de la seudorrepública.

Un año antes, el general Fulgencio Batista, hombre de confianza de Estados Unidos en Cuba, se adueñó del poder con casi todo el apoyo del ejército que en la madrugada  del 10 de marzo de 1952 le abrió los portones de  la principal fortaleza militar del país, Ciudad Columbia, para que asumiera su mando y acabara con las instituciones democráticas burguesas.

Para entonces gobernaba el archipiélago el presidente Carlos Prío Socarrás, quien encabezaba el llamado Partido Revolucionario Cubano (auténtico), que supuestamente enarbolaba las banderas del movimiento revolucionario que en 1933 derrotó a la tiranía del dictador Gerardo Machado, pero que en la práctica traicionó al entronizar  la subordinación como nunca a los intereses estadounidenses en la Isla, la corrupción, el robo del erario público, la represión a las clases trabajadoras y un anticomunismo visceral.

Pero ese régimen tenía forma de estado de derecho democrático regido por la llamada Constitución de 1940, con elecciones periódicas y pluripartidismo burgués incluido.

El general Batista era candidato a las elecciones presidenciales a efectuarse el primero de junio de 1952 y sabía que no tenía ninguna posibilidad de ganar frente al Partido Ortodoxo, representante de otra tendencia dentro de los partidos burgueses y fuerzas populares, promotores de un programa de decencia administrativa y de crítica a la corrupción.

Pocos días después del golpe de Estado protagonizado por Batista, el líder de la juventud ortodoxa y recién graduado abogado de 25 años, Fidel Castro,  comprendió que los partidos tradicionales, desmoralizados y acobardados, no harían nada y que inclusive la izquierda estaba permeada por falsos conceptos de que “la revolución solo se podía hacer con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra las fuerzas armadas”.

Años más tarde el máximo líder cubano  en el libro 100 horas con Fidel, de Ignacio Ramonent,   describiría así la situación:

“Existía en muchos la convicción de que si traían del cielo un arcángel, el más experto, y lo ponían a gobernar la República, con él vendría la honradez administrativa, se podrían crear más escuelas y nadie se robaría el dinero para la salud pública y otras necesidades apremiantes.

No podían comprender que el desempleo, la pobreza, la falta de tierras, todas las calamidades, el arcángel no podía resolverlas, porque aquellos enormes latifundios, aquel sistema de  producción no admitía poner fin absolutamente a nada. Mi convicción total era que el sistema había que erradicarlo”.

Fidel entonces se implicó en cambiar ese estado de cosas, en primer lugar con un trabajo de proselitismo y de prédica que realizó prácticamente hombre a hombre entre jóvenes obreros, campesinos, estudiantes decididos a llevar la lucha hasta el final y  que pasarían a la historia como la Generación del Centenario.

Tomó medidas extremas de compartimentación entre los futuros combatientes que formaron pequeñas células que se entrenaron en el uso de armas, tácticas militares y de preparación ideológica con la participación directa de Fidel y Raúl, lo que permitió conformar un movimiento de  alrededor de mil hombres que nunca  pudo ser infiltrada por los órganos represivos de la dictadura.

En la madrugada del 26 de julio el joven abogado se reunió con los revolucionarios en la Granjita Siboney, en las afueras de la ciudad  de Santiago de Cuba, y les dijo : " podrán vencer o ser vencidos...pero de todas maneras el  movimiento triunfará, este gesto servirá de ejemplo para el pueblo de Cuba"  y  partió con  un centenar de jóvenes  que en caravana  irrumpieron  en el cuartel Moncada, mientras en Bayamo tenía lugar simultáneamente el asalto a la fortaleza Carlos Manuel de Céspedes.

Fidel dirigió el grupo que atacó por la posta tres del Moncada, y Raúl ocupó con otros hombres el Palacio de Justicia, mientras Abel Santamaría llegó al otrora hospital Saturnino Lora pero no se logró la sorpresa al coincidir una patrulla de recorrido que se enfrentó a los combatientes.

Fue así que se generalizó el combate y los guardias del cuartel santiaguero se hicieron fuertes desde su superioridad numérica y en armamentos frente  a los asaltantes.

Con las primeras luces de la mañana del día 26 de julio en la fortaleza fue recibida la orden del dictador Batista de matar sin restricción alguna a los prisioneros,  y la soldadesca se aprestó con entusiasmo a cumplir la orden y asesinó a más de 50 revolucionarios, muchos de ellos en el mismo patio del edificio con disparos a boca tocante, casi a la vista del pueblo.

Solo unos pocos sobrevivientes fueron detenidos y enviados a prisión, entre ellos Fidel, Raúl y Juan Almeida.

Los santiagueros fueron testigos de la orgía de sangre que impuso el ejército en la urbe y sus alrededores, y de inmediato muchos se movilizaron en apoyo a los sobrevivientes.

El juicio contra los moncadistas y las palabras de defensa de Fidel, bajo el título “La Historia Me Absolverá”, se convirtieron en el programa político y de movilización social que llevaría  al pueblo y a todas las fuerzas revolucionarias a unirse contra la dictadura bajo el liderazgo indiscutible de Fidel y el Movimiento 26 de julio, que toma nombre en la gesta.

Se inició así  la cuenta regresiva de la dictadura hasta  la victoria definitiva  del primero de enero de 1959.