Los convidó a la lucha y también a abandonarla si alguno dudaba, mientras otro muchacho de 24 alentaba al combate “por la estrofa magnífica del Himno/ que morir por la patria es vivir”. El asalto fracasó, pero la acción triunfó para recompensar tanta juventud entregada a la madre de todos.

Como los buenos cubanos habían convertido la tregua del machete mambí en fecunda inspiración para futuros combates por la libertad; como Martí había bebido la savia del fracaso de la Guerra Grande para aunar generaciones en su contienda necesaria; como la Revolución del ‘30 acuñó el antiimperialismo como cualidad de nuestra estirpe y forjó en el imaginario colectivo la fortaleza de la unidad de los rostros juveniles con el mambisado y con los sindicatos y con la intelectualidad comprometida… así el revés militar del Moncada no fue solo aquel motor pequeño que impulsó las proezas por venir, fue una de las tantas veces en que tuvimos que esperar, resistir, reagruparnos, recomenzar.

Así se hizo, y así ha sido, la Revolución. Cada adversidad ha abonado el camino irrenunciable a la soberanía y la dignidad de un pueblo que sigue anhelando “una patria mejor y más digna y más justa”, tal como expresaba en su alegato de defensa aquel joven de 26 que magistralmente definía al pueblo como la masa “dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de sangre”.

Y así sigue aquel joven de 26, nuestro Fidel, eterno soldado de las ideas, junto a su pueblo en cada nueva batalla, las del hoy que entonces era futuro y que igualan a aquellas en complejidad y trascendencia. Él no empuña hoy su fusil, ni nosotros tenemos que derramar sangre. Él continúa apuntando al porvenir como miraba entonces la Sierra, nosotros entregando vida en cotidiano y sencillo cumplimiento del deber… unidos hacia próximas albas.

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