Crecí –hoy tengo casi setenta años-- y comencé a ver el mundo de otra manera. No critico al que practica la fe religiosa. No niego que tengo amistades, creyentes, a los que admiro por su vocación humanista y alejados de todo fanatismo.

Entre el cristianismo y el comunismo hay puntos en común. No olvido lo expresado una vez por la Pastora Esther Quintero, de que en el único aspecto en el que no coinciden es sobre la concepción del mundo, basada la primera en la filosofía idealista, mientras la segunda sostiene una visión materialista de la historia.

Conozco matrimonios que llevan casi cincuenta años de casados y no comparten la misma concepción de credo. Ella enaltece a Dios y su pareja la respeta, como mismo ella admite la forma de pensar de su esposo, materialista de convicción.

Son corrientes del pensamiento no antagónicas en su esencia.

En un clima como ese, distendido y de cordialidad, se espera la visita en Cuba del Papa Francisco, una persona carismática, abierta al diálogo y con un lenguaje permeado de realismo y de entendimiento.

Cuba nunca cerró las puertas a la fe religiosa. Hubo conflictos entre la Revolución y algunas iglesias por perjuicios que alimentaron antisocialistas, por un lado y antirreligiosos, por otro.

¿Quién no recuerda el sacerdote católico que fue Capellán en la Sierra Maestra? Él Guillermo Sardiñas se unió a los rebeldes hasta llegar a alcanzar el grado de Comandante y vestir el uniforme verde olivo. Fue leal a su fe religiosa hasta el día de su muerte.

De él Fidel Castro diría: “Fue un soldado de la fe, un combatiente revolucionario y un cristiano verdadero que defendió a los desposeídos y para servir a la Revolución no tuvo necesidad de renunciar ni a sus principios religiosos ni a su condición de sacerdote”.

Los que miran con buena fe el antes y el después de los vínculos del Estado con la Religión tienen que reconocer que fueron momentos complejos que no valen la pena desentrañar ahora, sino proseguir el camino emprendido desde la época en que el Papa Juan Pablo II, durante su estancia en Cuba en 1998, pidió de que Cuba se abriera al mundo y el mundo se abriera a Cuba.

La Carta Magna, la Ley de Leyes de Cuba, en el artículo 8 admite que el Estado reconoce, respeta y garantiza la libertad religiosa y afirma: “En la República de Cuba, las instituciones religiosas están separadas del Estado. Las distintas creencias y religiones gozan de igual consideración”.

Como lo definiera el Líder Histórico de la Revolución en: Fidel y la Religión, fruto de las conversaciones con el religioso brasileño Frei Betto, dicha posición no es una simple táctica política, sino un principio político de respeto a los creyentes y un derecho inalienable del individuo a su pensamiento filosófico, a su creencia religiosa, de tenerla o no tenerla.

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