El escenario era propicio para la fiesta: gigantes banderas cubanas colocadas en las fachadas de los edificios, los encendidos rostros de Los Cinco -de vuelta en casa-- iluminaban el corazón palpitante del jolgorio.

La esbelta y enérgica figura de El Mayor en bronce blandía con su sable el nuevo despertar de pancartas, banderas, cantos y palomas.

A la gente se le vio animada como en aquellas dos grandes concentraciones con Fidel y Raúl, los 26 de Julio de 1989 y del 2007 allí mismo.

Los camagüeyanos marcharon en un mar de solidaridad y contentos, pero no satisfechos porque quedan compromisos por cumplir para que la eficiencia y la eficacia se adueñen de la economía.

Fue una jornada de recuento, de mirada fija en el porvenir, que necesariamente tiene que ser próspero para demostrar la superioridad del perfectible modelo social nuestro.

Las demandas fueron pocas esta mañana de Primero de Mayo, diferente a lo ocurrido en otras latitudes. Los trabajadores no vinieron a reclamar mejoras salariales, de acceso gratuito a la educación y a la salud, sí a demandar lo que todo el mundo en el desfile estuvo de acuerdo.

Voces y carteles pedían, sí, pero el cese del bloqueo norteamericano contra Cuba, de la amenaza a la hermana Venezuela y de las guerras para que el mundo se convierta, como la región de Las Américas, en zona de paz como lo proclamara la Celac en la cumbre de La Habana.

El calor humano rompió los termómetros de entusiasmo en una fecha también inolvidable: un día como el de hoy el Comandante en Jefe dejó plasmado para la eternidad el concepto de Revolución, brújula certera para cambiar todo lo que deba ser cambiado y ser cada día mejores y solidarios.

Juan y José llegaron a la plaza juntos, pero antes que ellos lo hicieron otros permeados de la efervescencia de convertir este Día Internacional de los Trabajadores en un viernes de lujo, revolucionario y con sabor a Patria.

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