CAMAGÜEY.- La Lima, así le llaman a la Unidad Empresarial de Base (UEB) Reynaldo León Llera, de la Empresa Agroindustrial de Granos Ruta Invasora. Nadie sabe con certeza el origen del nombre popular, pero todos conocen con exactitud que el secadero vertientino sí le saca filo al arroz.

No se trata de un filo literal, ni siquiera de uno medio figurado, pues ese lo haría un molino, la arista que aquí le arrancan al cereal es una completamente filosa y para nada figurada: la calidad del grano. Del secado depende, en esencia, el éxito del molinado y de la germinación de las simientes en el campo.

“Que de tu labor dependa la comida de miles de personas es una razón más para trabajar con dedicación”, dice Eduardo Pérez Abreu, director de la UEB, la mayor de su tipo en Camagüey, mientras muestra la renovada fábrica como quien enseña las virtudes del hijo pequeño a un amigo.

“En la limpieza por el cambio de variedad somos meticulosos, para que no haya ligas de arroces distintos”, declara el joven Jorge Luis López Pérez.“En la limpieza por el cambio de variedad somos meticulosos, para que no haya ligas de arroces distintos”, declara el joven Jorge Luis López Pérez.

PARA PULIR LOS CAMPOS

La UEB tiene dos secaderos, uno que elabora el arroz destinado al consumo poblacional y otro para las semillas, que es el único de su tipo en la provincia. Para que los granos elegidos para la siembra se deshumedezcan mejor, La Lima rejuvenece gracias a un proceso inversionista.

“Empezamos en febrero el montaje de una planta clasificadora y de tratamiento de semillas, que debemos concluir antes de finales de julio. Es una garantía para los productores saber que comprarán un arroz de primera clase, sin grados de humedad indeseados ni enfermedad alguna, y esta inversión contribuye a respaldar eso”, explica Jesús Ramos Hernández, director de industria en funciones de “Ruta Invasora”.

Eduardo Pérez, el director de “La Lima”, se arma con papeles y dispara números como mismo un padre describe a un niño, mientras este lo mira desde la cuna. Enseguida uno sabe que en el 2016 el secadero de arroz destinado a la población tenía un plan de 11 086.8 toneladas, y llegó a 13 065, y que el especializado en semilla sobrepasó con 359 toneladas las 3 900 planificadas para el año.

El director habla sin vanidad, pero con orgullo. No es para menos cuando la norma técnica del índice de tonelada de arroz seco por tonelada de combustible es de 18 lt/ton, y allí, al sur de Vertientes, se hace con 16.

La belleza del hijo, o sea, el hecho de que “La Lima” sea un ejemplo de eficiencia para “Ruta Invasora” y para el país, la explica el director de la UEB con facilidad paternal, como si siguiera de maestro primario o director de escuela. Con esa voz del educador que encontró en el mundo del arroz otra aula donde aprender y enseñar. “No hay pérdida de tiempo. Se cuida la estabilidad del flujo de materia prima. No arrancamos con poco arroz y aprovechamos la capacidad de secado de la torre. La fuerza de trabajo estable, tenemos un grupo de jóvenes bien diestros en el trabajo y muchos no tan jóvenes, pero experimentados y comprometidos”.

Al autoconsumo lo ubicaron en las cercanías del secadero. Allí, además de cerdos, cuentan con gallinas y carneros.Al autoconsumo lo ubicaron en las cercanías del secadero. Allí, además de cerdos, cuentan con gallinas y carneros.

SECADERO SIN GENTE SECA

Roger Companioni Díaz, a sus 72 años es un ejemplo andante de lo que significa apego con el centro laboral. Se jubiló hace 11 años y sigue ahí, en el secadero. Ahora ayuda al obrero Alberto Leyva Ramos a cuidar los cerdos del autoconsumo.

Gracias a los esfuerzos de hombres como estos dos y al liderazgo de Eduardo, los trabajadores de “La Lima”, además de las ayudas alimentarias que da la empresa, pueden adquirir algunos meses, por ejemplo, tres libras de carne de cerdo a precio de costo, $3.00, según informa el director y confirman luego los empleados.

Y es que esta fábrica no es tan solo una ciudadela de hierro en medio de las llanuras remotas, es una fortaleza donde la gente se une y se quiere como familia.

Jorge Luis López Pérez tiene 22 años y cursa el primer año de la ingeniería en Agronomía. Es estibador y también acarrea arroz en carretillas en la planta de tratamiento. Contrario a lo que alguien pudiera imaginar se confiesa amante de su actual trabajo, y aunque le quedan varios años para definir si buscará darle a su vida una dirección más intelectual, la felicidad actual no deja mucho margen a las dudas. “Estamos de limpieza porque hay cambio de variedad, pero aquí limpiar es lo más común, hasta el piso si hace falta. Hacemos de todo. Se cobra por resultado. Yo salgo alrededor de $800 al mes. Es un trabajo duro, pero uno le busca la vuelta y a mí me gusta”.

José Carlos Julín Berri es un estibador de 28 años. Cuando se indaga la razón de su elección por laborar tan distante de su hogar en Vertientes, la afirmación es clara, y hasta tiene su matiz de humor. “No me gustan los negocios y sí dormir tranquilo. Además del salario aquí la atención al hombre es buena. Ayer mismo comí arroz, chícharo, picadillo y dulce de leche. ¡Ah!, y puedo repetir. Aquí nos garantizan tres meriendas, almuerzo y comida, y el transporte. Se trabajan 24 horas, y se descansan 48”.

¡Pero qué 24 horas! Sobre todo, cuando hay pico de cosecha. Nadie para. El secadero parece que también va a secar a los hombres, que los va a extinguir, a chupar. Es un trajín constante. El ajetreo lo vivió con toda intensidad Eduardo, el director, que tenía que velar por todo. Cuando los arrozales parecían parir granos como nunca, a él le pareció que se había mudado, que su casa ahora estaba en “La Lima”.

“Este año se rompió el récord diario de cosecha entre seis y ocho veces en los dos últimos meses del año. La mayor cifra procesada en un día fue de 25 457 quintales, unas 1 170 toneladas”.

Manuel Reyes Rodríguez sabe lo que es estibar como si todo el arroz del mundo le hubiera dado por pasar por sus hombros en una jornada. Así que, para cuidarse la salud y para que la industria ganara en agilidad tuvo una idea utilísima, poner controles electrónicos accionados por botones en la parte superior de la entongadora, donde él y otro estibador reciben los sacos de arroz.

“Cuando el sistema se para o se obstruye un saco en la entongadora, nosotros lo paramos aquí, antes había que vocearle a uno que estuviera en el suelo que lo parara. Con la idea logré un premio aquí en el trabajo y a nivel de empresa, porque contribuye ahorro corriente, evita que caigan los sacos al suelo y existan posibles derrames de semilla”.

Eduardo Pérez Abreu, director de la "La Lima", la mayor UEB de su tipo en Camagüey.Eduardo Pérez Abreu, director de la "La Lima", la mayor UEB de su tipo en Camagüey.Mientras demuestra las facilidades de su invento, explica el arte de hacer montañas de sacos perfectas, como si estuvieran atadas por hilos invisibles. Algo imprescindible si no se quiere perder la vida ante una avalancha ensacada. “Hay que tratar de que la estiba quede lo más recta posible. Que el amarre, el saco que está aquí en la esquina, que muerda un pedacito de uno y otro saco, hay que saberlo poner, porque si queda un trozo más afuera se va abre la estiba y... ¡plaf!”.

Pero la Parca jamás ha sabido de accidentes laborales en la UEB. La gente de “La Lima” hacen posible que el arroz salga afilado del secadero sureño. Eduardo camina orgulloso entre las novedades de la fábrica: la mesa colorimétrica y la escogedora de arroz automática, que a agolpe de aire seca lo que no sea blanco. Pronto, cuando terminen la planta clasificadora y de tratamiento de semillas, su alegría, que es ya mayúscula, se hará gigante, como debe ser cuando uno es feliz y hace felices a los demás.