CAMAGÜEY.- Irma tocó con su brazo destructor a la majestuosa vigilante de penacho coronado. Su crueldad recayó con odio sobre un símbolo inconfundible de esta pequeña isla de gigantes. Por eso de tener raíces cortas y finas, los vientos tumbaron sin mucho esfuerzo a la dueña de nuestros campos. Pero el terrible huracán descuidó un detalle en su plan demoledor; no por gusto esta diosa de seno maternal nace en el pecho de nuestra cubanía, ella sabe cómo transformarse en trigo y corazón.

Siempre supo arreglárselas, desde su altura, para ayudar en las más terrenales empresas de los suyos. Por eso la relación de la Palma Real con su pueblo no es cosa de simbolismos y formalidades, ofrece yaguas, palmiche y tronco desde los fundacionales años de colonos y criollos.

Cientos de años después, sangrando por hacerle frente a Irma, se levanta obsequiosa para reeditar la historia. Por estos días, ante el asombro de todos, renace con todo su esplendor en una suerte de patria chica para proteger a sus más necesitados hijos. Miles de tablas se transforman en hogar de quienes creyeron perder la vida en la oscuridad de aquella madrugada del 9 de septiembre de 2017. El extraño retoñar es un grito claro: Mientras haya palmas y mambises, los cubanos tendrán Patria.