MINAS, CAMAGÜEY.-  A Pedro Lezcano el ciclón no le llevó la casa, pero sí se la dejó con un “conteo de protección”. “Ike me la había virado para la derecha y ahora Irma me la torció para el otro lado. Apenas termine aquí voy a tener que pasarle la mano, porque si se aparece otro temporal de estos no sé lo que pueda pasar”, dice sin aspavientos, con el mismo tono tranquilo —más bien cansado— con que cuenta que cada día viaja desde Redención hasta Lugareño para “ayudar a la gente que se quedó sin nada”.

Habla sin bajarse del envigado que muy pronto formará parte del portal de una de las viviendas que construye junto a sus compañeros de la Cooperativa de Producción Agropecuaria Gregorio López. En el sitio encontrarán asiento al menos una docena de familias que hace solo semanas vieron con dolor cómo la furia de la naturaleza destruía en pocas horas tantos años de esfuerzo.

Entre ellos están Darilis Fernández Marrero y Erisnel de la Torre Colmenero. Él es profesor de Recreación en el combinado deportivo del Inder que radica en la localidad; ella, estudiante de Técnico de Nivel Medio en Contabilidad. La suya fue una de las casas que Irma dejó por tierra en La Granjita, un pequeño asentamiento ubicado a un kilómetro de allí.

“Llevamos juntos cuatro años y dos de casados. Al fin habíamos comprado una casita, malita y chiquita, pero nuestra. Fue ahí cuando llegó el huracán y todo lo que ya se sabe. No quiero ni imaginarme qué hubiera sido de nosotros si no nos hubiéramos evacuado con mi mamá”, comenta ella.

Encontrarse con las ruinas del hogar por el que tanto habían trabajado fue un instante de dolor terrible. Al que casi enseguida acompañó la esperanza, y más tarde, la alegría.

“Todo empezó cuando en mi centro de trabajo me dijeron que no me reincorporara, que tendría mi salario completo, pero lo más importante era que resolviera mi casa”, cuenta Erisnel. Darilis, por su parte, encontró la misma comprensión en el hospital del poblado, donde realiza las prácticas preprofesionales.

Pocas semanas después su nueva vivienda ya está casi terminada. “Y con terreno y propiedad a nuestro nombre”, se alegraban a una voz. Para ellos, Irma ha sido la puerta a una vida mejor.

DE DERECHOS Y SOLIDARIDAD

Tras un desastre natural no son pocos los que deben enfrentar problemas personales. En esas circunstancias puede que se vean obligados a dejar de asistir a sus centros de trabajo, o hacerlo de manera irregular. Todos esos casos encuentran su amparo en la Ley 116, Código de Trabajo, y su Reglamento. Dicha normativa expone cómo, al interrumpirse las actividades laborales durante el período recuperativo, los asalariados tienen derecho a recibir hasta un mes de pago íntegro. De mantenerse la suspensión, la garantía es del 60 por ciento.

“En días como estos lo más importante es no perder la esencia humanista de los dirigentes sindicales”, piensa Tania Díaz Bermúdez, secretaria general de la CTC en la provincia de Camagüey. Es tiempo de acompañar a los más necesitados, sin importar si forman parte o no de los colectivos laborales. Por eso, no solo nos concentramos en acompañarlos, sino que nos preocupamos hasta por buscar agua y medicinas o llenar las planillas de damnificados. El dirigente sindical tiene la preparación para ayudar en esos asuntos y velar porque la Ley proteja a los que han quedado en situación de vulnerabilidad”.

LO QUE FALTA

“El petróleo que nos han dado ha sido poco, así como los ‘cortes’ de casa (la cantidad de madera necesaria para levantar cada inmueble). Hasta ahora hemos podido resolver porque nos vamos pa’l monte y nosotros mismos buscamos los palos que hacen falta”, asegura Tomás Sánchez Carmona, vicepresidente de la “Gregorio López”:

La irregularidad en la entrega de ventanas, relleno para el piso y cortes de madera ha determinado que la construcción de las “casitas de la planta de hielo” y de otras del municipio de Minas no hayan marchado con la celeridad que al principio se había proyectado.

Entre todos los recursos, la “ausencia” más inexplicable es la de los clavos, pues a una veintena de kilómetros de allí una fábrica de ese producto labora a plena capacidad. Sin embargo, ni a Tomás ni a sus compañeros tal contrariedad logra detenerlos. “Estas casas las terminamos y después seguimos para todas las que haga falta”, dice.

De su entrega y la de otros muchos hombres que dejan “para más tarde” el arreglo de sus propias viviendas, depende que familias como las de Darilis y Erisnel “estrenen” lo antes posible su futuro.