CAMAGÜEY.- Por Las Tunas andaba Miguel Zaldívar Pérez cuando su primer retoño estrenó el lenguaje y el andar. Él trabajaba en una unidad de infantería mecanizada allá. Venía a verla cada 15 días, a veces semanalmente. Se perdió muchos de esos “descubrimientos” tan cotidianos cuando hay un bebé en casa.

Ante la nostalgia, él podía aferrarse a un consuelo: como pocos padres en Cuba, había tenido el privilegio de estar ahí en el instante en que Lizz Laura llegó al mundo. Fue amor a primera vista y no hace falta que lo confiese. Se le adivina en el brillo de sus ojos cuando la ve y en las mil sonrisas que le regala por minuto. Mas ella no es la dueña absoluta de esos gestos delatores, ni tiene la exclusividad en lo de esa visita al nacer. Con Lizz Karla todo fue/es igual de intenso.

Zhenia Pérez Palmero lo sabe bien. Desde hace 27 años comparte la vida con Miguel, y esas nenas les completaron la felicidad. Ser más les trajo trampas duras, como aquel par de años de lejanía, o las seis mudanzas de los ’90, de un alquiler a otro. Valió la pena. Hoy, en su hogar, habitan dos muchachas que los enorgullecen.

Son una familia especial. Miguel es Mayor, especialista en Medicina Interna y en el Hospital Militar, jefe del departamento de calidad; Zhenia tiene el grado de Teniente Coronel y le toca liderar los servicios médicos de la Región Militar; la hija mayor estudia Español-Literatura en la Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte Loynaz como cadete insertada, y la menor cursa el onceno grado en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de Camagüey. Vestir de verde es una de las costumbres más serias que comparten.

En casa no hay cocinero fijo. Quien primero llegue se pone el delantal, y dicen ellas que él tiene, a veces, la mejor sazón. Para comer esperan la hora del Noticiero. Es un ritual de silencio. “Ahí sí que pelea cuando se nos ocurre hablar”, revelan las chicas.

“Pero hasta para regañarnos es dulce”, asegura Lizz Karla, y su hermana mayor confirma, sin querer, que ellas son su debilidad: “Como doctor imagínate cuántas cosas ha visto y vivido; sin embargo, si nos sabe enfermas pierde la calma y hasta el color.

“Crecer con él nos ha hecho serias y a la vez muy alegres, porque también tiene un lado bromista y divertido. Pero si una herencia nos deja es la de la responsabilidad. Tenemos que respetar nuestros compromisos, ser fieles a la palabra empeñada, sea con la escuela, con un amigo, con la Revolución… y si cometemos errores, asumir las consecuencias. Es su lección más repetida, y la hemos aprendido con el ejemplo, porque así actúa”, apuntan.

“No es celoso, no le gusta prohibirnos cosas, nos da mucha confianza”, añaden también a su favor, y coinciden en que sueñan encontrar, llegado el momento, un hombre así para tener sus propios hijos.

En aquellos días en que Miguel trabajaba en Las Tunas, cuando llegaba corriendo a ver a Lizz Laura, la niña ni siquiera lo reconocía. “No me quiere”, se lamentaba entonces. Hoy lo recuerdan con risas. Las “Lizzes” señalan “papá” entre las palabras más bellas, más sagradas del español. Y por si hay alguna duda, la más minúscula, regalan juntas al suyo, con Adelante como testigo, un abrazo grande, de tres.