CAMAGÜEY.- A Lourdes Gómez Consuegra la conocí hace mucho tiempo a través de uno de sus alumnos: mi hermano. Ninguno puede recordarlo porque fue una presentación un tanto atípica: el otrora estudiante universitario hablaba de ella como una mujer que lo había hechizado para que amara el arte de proyectar estructuras. Yo lo escuchaba sin respirar. Gracias a los giros favorables de la vida, que colocaron a esa especie de maga frente a mí, tuve la oportunidad de oro para curiosear en su alma y saldar la vieja deuda del ¿cómo será?

El pequeño cuarto de estudio, en su casa, sirvió como refugio de ruidos y perturbaciones que pudieran interferir en el diálogo. “Aquí es más seguro”, dijo Lourdes y apenas unos segundos después de acomodarnos, junto a la mesita de trabajo, sus palabras comenzaron a llenar el confortable espacio copado de estantes y de libros.

Siempre le gustó la arquitectura. Jamás pensó en otra opción. “Fue como en quinto o sexto grado cuando comenzó todo. Me llamaban la atención las casas elegantes de La Habana Vieja, lugar donde nací. Mi hogar estaba en la calle Cristo y allí mi padre tenía un establecimiento comercial, construido en la colonia. Disfrutaba andar por sus espacios, además de deleitarme, a ratos, con el techado del lugar. Cada momento del día me las arreglaba para dibujar varios croquis de inmuebles de la ciudad”.

Lourdes escogía cuidadosamente sus palabras. Con satisfacción describía el collage de fotos sepias que saltaban a su memoria en la etapa decisiva de su carrera: “Después de graduarme en la CUJAE, en la promoción de 1970, me ubicaron en esa institución para impartir clases. En aquella época también fui asignada al departamento de urbanismo, rama en la cual me especialicé”. Tras ocho años como profesora en la capital, el próximo destino de la arquitecta sería Camagüey.

Probó de nuestra agua y ocurrió el milagro, imaginé, pero por su mente pasó una respuesta más terrenal: “Llegué a esta urbe porque se necesitaban mis servicios para enfrentar las labores de conservación del patrimonio. Yo tenía poca experiencia en esas tareas, así que uní los conocimientos de urbanismo con los de patrimonio y en la EPIA 11 puse en práctica esa mezcolanza en el diseño urbano de sitios como Batalla de Las Guásimas, La Jagua y en la comunidad de Cubitas”.

Por un instante la conversación palideció: “Mi aspiración era crear edificios, pero nunca la pude materializar”; sin embargo, la arquitecta tiene magia para cambiar humores: “A pesar de que ese siempre fue mi sueño, no me quejo porque enseñar a lo largo de más 40 años ha sido la mejor obra de mi vida”.

En su mirada leí las horas de dedicación por el arte de enseñar un arte. Tuve la certeza que entre tantos libros que me cercaban, el más importante era ella. Lourdes asegura que el beber de la obra de las figuras emblemáticas en ese oficio, sin importar el estilo, ya sea un Le Corbusier, Renzo Piano o Richard Rogers, enriquece la formación del alumno y del profesor. Esa línea la mantuvo en sus clases en la Universidad de Camagüey y en la maestría de conservación, esencial en la suma de saberes para los especialistas en esa materia.

La jubilación, en el año 2000, no supuso un punto final en su carrera. Esta habanera de nacimiento y camagüeyana de corazón apoya en la actualidad, con su sabiduría, la preservación del patrimonio desde la dirección del Plan Maestro de la OHCC. “Me siento identificada con el trabajo que realizo en ese centro y allí continuaré laborando en pos de la protección de los valores arquitectónicos de esta provincia”, expresó con seguridad.

Lourdes, ¿se acuerda de mi hermano?, achicó los ojos y hurgó en sus pensamientos por unos segundos. Ambos supimos que, ni todo el tiempo del mundo, alcanzaría para acertar. Es verdad, son muchos, pero no importa. Solo el detalle de vivir la experiencia de mi propia sangre me hizo feliz, me hizo comprender que la magia sucede cuando proyectamos amor en aquello que deseamos construir.