CAMAGÜEY.- Con solo 25 años, Daymée de la Caridad Machado Isla asumió la dirección de la escuela especial de discapacidad sensorial Antonio Suárez Domínguez, inmersa en el dolor de dejar a sus niños autistas, pero dispuesta a asumir el reto, porque “no es fácil dirigir a personas mayores que uno”.

Su juventud sorprende cuando se presenta como la máxima autoridad del centro, más si se encuentra bailando junto a sus compañeros y los niños en el portal de entrada, en medio de las festividades por el Día del Bastón Blanco, que celebran cada 15 de octubre.

Y es que a esa institución la envuelve una magia singular que resulta del esfuerzo multiplicado de aquellos que decidieron trabajar allí, o llegaron por azares de la vida y decidieron quedarse. El afán de combinar el proceso docente-educativo con la atención diferenciada a las especialidades de sordos e hipoacúsicos y ciegos, ambliopes y de baja visión, la dedicación y las horas de desvelo, la exigencia y la caricia en el pelo... todo se convierte en amor; y eso se nota en cada rostro, en cada gesto, en cada rincón.

—¿Por qué escogiste la educación especial?

—En noveno grado participé en la escuela al campo apoyando a una primaria, y nada más podía me escapaba para la escuela especial. Desde pequeña tuve bien definida mi vocación.

—Tu familia, ¿cómo acogió la decisión?

—Al principio estuvo dividida: unos me apoyaban y otros se oponían, pero cuando vieron que superé la beca (siempre fui una niña mimada) se dieron cuenta de que iba en serio y todos estuvieron de acuerdo. Cuando supieron de la especialidad también pusieron sus peros, porque es muy difícil, pero me siento realizada porque es lo que me gusta. Ahora viven orgullosos de mí y participan conmigo en todas las actividades.

—¿Cómo llegas a esta escuela?

—A finales de tercer año de la carrera nos comentan de la necesidad de maestros, y al curso siguiente me fui a ejercer en la escuela especial Ignacio Agramonte, donde había niños con limitaciones físico-motoras, trastornos en la comunicación y autismo, que es la especialidad que de verdad me gusta.

“Allí comencé en preescolar con un pequeño con autismo primario y trastorno mental leve, caso que me ayudó en la tesis, que fue una propuesta de educación familiar encaminada a la aceptación del diagnóstico del espectro autista, que todavía se implementa. En dos cursos roté por donde hiciera falta, impartí diferentes asignaturas en varios grados, y ya recién graduada me preparé como psicopedagoga, fui jefa de ciclo y vine a prestar servicio aquí por un mes en marzo y desde entonces no me he ido, aunque me queda el pesar de haber dejado a mis niños autistas”.

—¿Qué tal la acogida?

—Llegar a los niños es lo más difícil, porque aunque son cariñosos, son nuestros primeros jueces, pero me encariño muy rápido y logramos fácil la empatía; sin embargo, entré en un centro donde posiblemente fuera yo la más joven, y la principal meta cuando diriges a personas mayores que tú es demostrarles conocimientos, así que no tuve vacaciones, estudiando el lenguaje de señas y autopreparándome para este curso, como directora, y en las materias propias de las especialidades.

—¿Extrañas el aula?

—Claro, pero esta nunca se deja. Todos los cuadros nos mantenemos vinculados directamente a la docencia con una asignatura en un grupo. En mi caso en la escuela tengo los salones de estimulación en edades tempranas; además, estoy dispuesta a continuar mi colaboración con la Universidad, donde daba clases de Psicología 5. También me gusta dirigir, desde estudiante lo hice, y cuando entras a visitar una clase y te piden ayuda, terminas dando una demostrativa. De una forma u otra sigues, no se deja la docencia.

—¿Cuáles son tus metas?

—Terminar el Doctorado, el proyecto está en La Habana esperando a ser aprobado, y trata sobre la atención psicológica a los niños autistas para su inclusión social; que los niños sean felices y aprendan; lograr que la escuela abra todos los días con el máximo de condiciones, porque aunque nos garantizan toda la base material de estudio, los módulos para los maestros, el transporte, la alimentación... (estamos priorizados), a veces se nos dificultan algunas cosas, como por ejemplo el esparadrapo, que se usa para la oclusión en algunos tratamientos, y entonces tenemos que practicar otras alternativas.

—¿Qué les dejas de ti a los niños?

—Les doy lo mejor de mí, desde bañarlos porque no vinieron bien aseados y darles la comida, hasta llevármelos para mi casa el fin de semana porque no recogieron a algún interno. Converso mucho con la familia, porque con todo lo que uno haga, esta es insustituible. Juego con ellos, a los de la casa de niños sin amparo familiar los saco a pasear. No tengo hijos, pero a ellos los quiero como tales, y a los de autismo que, menos “maestra”, me dicen mami, tía... los llevo hasta al médico y cuando una madre me llama para comunicarme que tiene algún problema, apago el fogón y salgo para su casa enseguida.

La educación especial en Cuba se ve doblemente afectada por el bloqueo: en los materiales docentes para estimular el desarrollo en estos niños y en los equipos médicos que necesitan.

Solo por concepto de reubicación geográfica del comercio, el Ministerio de Educación en Cuba sufrió pérdidas valoradas en un millón 245 000 dólares; mientras, la afectación monetaria acumulada en la salud pública asciende a más de 82 millones de dólares; 5 millones más con respecto al período comprendido entre abril del 2014 y abril del 2015.

Estas afectaciones se manifiestan en la imposibilidad de adquirir en los mercados estadounidenses medicamentos, reactivos, piezas de repuesto para equipos de diagnóstico y tratamiento, instrumental médico y otros insumos.