CAMAGÜEY.- Cincuenta años después, Julia Pérez Castillo sigue experimentando los escalofríos de aquella tarde en que le tocó descender del buque Cerro Pelado. Su meta, la de todos, era participar en los Décimos Juegos Centroamericanos y del Caribe, en San Juan, capital de Puerto Rico.

Para lograrlo, habían tenido que superar las carencias materiales que ya comenzaban a sentirse en el ámbito deportivo cubano, la negativa del gobierno estadounidense a otorgarles visas y un viaje de varios días en un barco mercante acondicionado en la medida de lo posible para trasladarlos hasta la sede del evento.

“No había otra forma”, recuerda Julia. “Los americanos dijeron que decomisarían cualquier avión que aterrizara con nosotros. Si era por ellos, Cuba no competiría en los Juegos”.

Entonces Fidel se reunió con la delegación en la actual sede del centro nacional de alto rendimiento. Su propuesta sería una “herejía” compartida unánimemente por quienes lo escuchaban, “a Puerto Rico nos vamos con visas o sin visas”.

Todo eso pasaba por la mente de Julia aquella tarde de junio, en 1966. “No miren para abajo y vayan de uno en uno, cuando les avisemos”, les alertaron. Después vino la fila interminable de pasajeros aprovechando los vaivenes del mar para saltar desde el buque hasta la pequeña lancha de la capitanía del puerto, con bandera boricua pues ellos no aceptaban abordar una embarcación bajo el pabellón colonialista.

Durante el partido entre Matanzas y Camagüey, de la Serie Nacional, Julia fue homenajeada en su municipio. Esa tarde compartió sus recuerdos de los “días maravillosos y difíciles del 'Cerro Pelado”.Foto: Leandro A. Pérez Pérez/AdelanteDurante el partido entre Matanzas y Camagüey, de la Serie Nacional, Julia fue homenajeada en su municipio. Esa tarde compartió sus recuerdos de los “días maravillosos y difíciles del 'Cerro Pelado”.Foto: Leandro A. Pérez Pérez/AdelanteLa cuestión se resumía en esos pocos centímetros que a veces sumaban un metro, a veces más... en dependencia del oleaje. Para superarlos, algunos tomaban una pequeña carrera de impulso, otros los remontaban con un salto oportuno. Nadie se atrevía a mirar el mar bajo sus pies. Tampoco Julia.

“Estábamos rodeados de tiburones. Ellos (los norteamericanos) y algunos cubanos que vivían en Puerto Rico, se habían pasado todo el día tirando carne desde sus yates, para que los tiburones vinieran y no nos atreviéramos a lanzarnos desde el barco. ¿Te imaginas?, era saltar y acertar, sin posibilidades para una segunda vez”.

La tensión de la llegada fue una entre muchas. Luego vendrían las agresiones verbales, la villa de Cuba rodeada por prostíbulos y vallas de gallos, los policías escoltándolos a todas partes, en ómnibus cerrados que podrían emplearse en cualquiera de esas prisiones de película.

Tal vez por eso Julia fue de las que se empecinó. El suyo no fue un empecinamiento estéril sino todo lo contrario. “Era algo que sentíamos: estábamos allí por Cuba, y aunque algunos no quisieran, íbamos a ganar medallas y a demostrar que la Revolución tenía muchas cosas buenas por las valía la pena luchar”.

El día que le tocó enfrentarse al listón en su prueba del salto alto, ella emprendió la carrera de impulso acompañada por su marca de 1.35 de por vida. Pero también por los días en que debió superar los prejuicios del machismo en su Vertientes natal y las jornadas de entrenamiento sobre aserrín o arena (“la goma espuma vine a conocerla en Puerto Rico”). “En realidad, solo quería hacerlo lo mejor posible, pues mis resultados no daban para que me subiera al podio”, confiesa.

El deporte se rige por designios inexplicables. Julia no debía llegar al podio pero lo hizo. En definitiva, su estirón de un metro con cincuenta y cinco centímetros le sirvió para conquistar el bronce centroamericano que todavía atesora entre sus más caros orgullos. “Fue mi mejor salto, el salto de mi vida”, asegura, bajando la voz casi hasta el susurro. Fue una medalla que ganó muchas veces por aquellos días.