VERTIENTES, CAMAGÜEY.- La primera vez que la vi enfrentarse al mayoritario macherío cañero, para defender el cumplimiento diario de entrega de caña al central Batalla de las Guásimas -sin manidas justificaciones-, supe que conocía muy bien el fangoso terreno del medio sur provincial que pisaba.

Bárbara Jourdair Martínez, negra, de descendencia haitiana, comenzó por el campo de caña, porque vive entre plantones, en El Brazo, emporio cañero del primer ingenio levantado por la Revolución.

Muy niño, antes de 1959 pasé una vez por El Brazo y apenas recuerdo las escasas y frágiles casitas alumbradas por mechones que cruzaron veloces por la ventanilla del tren. Hoy es una Comunidad con atención médica, educación, luz eléctrica y todo lo demás y Bárbara, quien se levanta primero que el sol y regresa con la luna en la frente, es la delegada de la Circunscripción 54.

Es joven, mas cuando sonríe esporádicamente, parece tener menos edad a pesar de que su vida ha corrido entre surcos y tajos abiertos, cañaverales ralos y compactos. Es ingeniera agrónoma, hizo la carrera en la Universidad de Camagüey con la experiencia laboral antes de técnica en caña en plena base productiva, y 11 años jefa de lote…¿Quién le va a hacer un cuento ahora?

Sí, porque ahora, hace solo dos meses, está al frente de los productores que envían sus cañas al “Batalla” y no son pocos: se agrupan en 18 unidades cañeras y dos campamentos del Ejército Juvenil del Trabajo, única fuerza que todavía cosecha la gramínea manual.

Cuando le pregunté sobre tamaña responsabilidad, me miró muy seria como casi siempre está y me dijo que más de la mitad de las toneladas de caña que molerá el ingenio la próxima zafra les compete a sus cosecheros del sector cooperativo y campesino, incluidos usufructuarios de los decretos 259 y 300, más la siembra, atrasada por la lluvia que no ha dejado preparar toda la tierra necesaria y el plan anual es tenso: casi 4 000 hectáreas a plantar de tallos dulces.

Sin embargo, hay seguridad en esta mujer que más que respeto inspira e irradia admiración: por el poco tiempo que permanece en su oficina con aire acondicionado y con estos calores…La mayor parte de su larga jornada laboral anda entre obreros agrícolas, con sus botas de trabajo de siete leguas devorando dificultades, con la gente en cada lugar donde hay problemas por solucionar, con el fango o el polvo de los difíciles viales a flor de piel, eso sí, fémina siempre, con el cutis protegido y maquillado, uñas a la última moda y el ejemplo proletario en ristre para que ningún grandulón venga a pasarle una película justificativa de un sector que ella se sabe de memoria porque lo transita de punta a cabo desde el amanecer hasta las estrellas.