Allí, en el Noel Fernández, estuvo ocho años, primero cociendo los sacos de azúcar, después envasándola y por último operando la centrífuga, hasta que cerró el ingenio y quedó sin vínculo laboral.

Para suerte de Arides y por idea de Fidel Castro, comenzó la tarea Álvaro Reynoso y con ella una escuelita para que se superaran los extrabajadores de la industria.

“Allí fue donde comencé a dar clases de Matemáticas. La profesora Mirta Fernández me encaminó en la docencia. La asignatura me gustaba desde antes, de cuando era estudiante, pues tuve un maestro que me motivó por esa ciencia.

Los mismos adultos a los que impartía la docencia comenzaron a llevarme a sus hijos para que los repasara, y eso me obligó a prepararme. Trabajé también con la facultad obrero campesina y con estudiantes del curso de superación integral, hasta que se abrieron los preuniversitarios en el municipio y fui a laborar con el duodécimo grado. Simultáneamente comencé a estudiar la Licenciatura en Matemática y me gradué en la entonces Universidad de Ciencias Pedagógicas José Martí.

A veces escucho decir que hay maestros a los cuales les falta preparación y pienso que depende mucho del interés de ese educador. Es penoso pararse frente al aula y que los alumnos hagan una pregunta y el profesor no lo sepa contestarla. La auto preparación consciente es fundamental”.

Desde hace cinco años Arides se encarga de preparar para los exámenes de ingreso para la educación superior a los estudiantes del duodécimo grado del mineño preuniversitario Salvador Cisneros Betancourt. Aún cuando nunca faltan los temores de los educandos con los cálculos y la geometría, son muy buenos sus resultados.

“La matemática no es tan difícil, eso parte creo de un problema psicológico. Desde que el niño nace está escuchando que es una asignatura difícil y va creciendo con eso. Pero cuando la logran entender todo cambia. Para mi orgullo algunos de los que llegan con grandes problemas terminan el curso prefiriéndola”.

– ¿Cómo lograr que les guste?

– En la preparación de los muchachos hay tres factores fundamentales que influyen: los primero es el propio educando, la utilidad que él le vea a la materia, que tenga la conciencia de la necesidad de estudiar y prepararse; lo otro es la familia pues si no se vincula con la escuela no se logra nada; y lo otro es el profesor, que debe entender al adolescentes y utilizar sus códigos y motivaciones en función de la docencia.

Siempre les digo cuando comienza el curso, -no quiero saber si saben Matemáticas, lo que me interesa es que me digan si quieren aprender-, y así comenzamos. Yo no tengo de descanso ni sábados ni domingos, ni semana de receso. Vivo en Senado, en un lugar de difícil acceso, y los fines de semana ellos van para la casa y trabajamos. A veces me dicen que no saben cómo me aguanta mi esposa porque casi estoy todo el tiempo con ellos.

Es una tarea difícil y sacrificada, pero me gusta enseñar y ver los resultados en las notas de los muchachos, en las lágrimas de alegrías cuando les llegan las carreras y en el agradecimiento de la familia. Ese es el momento que más uno disfruta en la vida como profesor.

Ni cuando me dieron el Premio de la Ministra me dio tanto orgullo como cuando cogí el 100 por ciento de aprobados en los exámenes de ingreso del curso anterior”.

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