CAMAGÜEY.- El tiempo transcurrido de la entrevista pareció efímero. Fueron cincuenta y un minutos que Justo Arias Urra, otrora propietario de una academia, situada en la calle Rosario 242, dedicó a hablar de Jesús Suárez Gayol

 Entremezcló pasajes de cómo llegó a él, del período estudiantil y de las hazañas revolucionarias de aquel intrépido joven, dentro y fuera de los muros del Instituto de Segunda Enseñanza, donde cursaba el cuarto año de bachillerato.

Por referencia de condiscípulos, el profesor de química conoció quien era él y de sus dotes de líder como presidente de la Asociación de Estudiantes del preuniversitario hasta que lo acogió en uno de los pupitres de su hogar, transformado en escuela.

Recordó que escuchó hablar mucho también de Charles Morell –Álvaro Morell Álvarez-, ambos los principales dirigentes del plantel. Trajo a la conversación a Aristónico Reyes Cacho, quien tenía mucha afinidad con Suárez Gayol y permaneció poco tiempo bajo la tutela de su aprendizaje, al tener que pasar a la vida clandestina como integrante del grupo de acción y sabotaje del 26 de Julio.

Tras mencionar el interés de Suárez Gayol, de que con él y otros allegados conformara un grupo, lo que fue aceptado por Justo, detalló los nombres de otros jóvenes revolucionarios como Rafael Guerra Vives.

De la imagen que le queda en su mente de Jesús Suárez Gayol en esa época señaló: “Un joven con un comportamiento similar al resto de los estudiantes de la época, pero muy responsable, sobre todo, en las tareas que tenía como dirigente, serio, organizado y exigente, con él mismo y los demás; no admitía bromas cuando se refería a actividades revolucionarias contra Batista.

“Sus compañeros lo respetaban por esa forma de ser, era un líder nato y extremadamente valiente, se enfrentaba sin temor ninguno al peligro o a lo que pudiera pasar, tanto con la policía, con el ejército o los esbirros batistianos. Como era tan decidido arrastraba a los demás.

“Sin embargo, en el aspecto personal era muy comprensible de las situaciones, cariñoso, se preocupaba mucho por los problemas de los compañeros. Por la forma de expresarse en las reuniones y de enfocar determinadas asuntos personales de algunos compañeros, se le notaba el sentido de humanidad, pero firme en principios”.

-¿Qué anécdota recuerda de su etapa estudiantil?

“Además de ser el líder revolucionario organizaba juegos de pelota con los que formaban aquel grupo. Los domingos nos íbamos –Justo tenía 26 años-  para la granja que estaba a la entrada de Camagüey (hoy Instituto Politécnico Álvaro Barba), donde detrás había un campo de béisbol.

“En ese momento se comportaba como un joven muy alegre, jaranero, pero terminado el juego, Jesús Suárez Gayol era otro. El deporte que le gustaba: el baloncesto”.

La casa de Rosario 242 tenía salida por la calle Palma y fue condicionada para utilizarla como lugar de recepción o evacuación de los revolucionarios ante cualquier eventualidad, cuenta el interlocutor con una formidable capacidad de memorizar y de poder de síntesis.

Ese inmueble, que casi siempre permanecía con la puerta semiabierta, estaba vigilado por las autoridades de Batista. Sabían la calidad de alumnos, de todo tipo, que tenía. Al frente vivía un maestro normalista que apenas veía un movimiento extraño abría los ojos en señal de peligro y de alerta.

-¿Después del triunfo de la Revolución volvió a ver a Suárez Gayol?

Cuenta que en Camagüey lo vio tres veces y en La Habana en varias oportunidades.


“Dicho por él, la segunda persona que visitaba fue a mí. Yo me tuve que mudar para la calle Popular, frente al edificio que se encuentra cerca del hotel Isla de Cuba, porque en Rosario estaba muy quemado.

“A los dos días del triunfo estaba impartiendo una clase cuando por la puerta entran tres barbudos con un tropelaje tremendo y el que estaba delante con una barba larga y rubia era Jesús Suárez Gayol.

“En esa forma que tenía de hablar, muy correcta, educada y con cierta parsimonia, no atropellaba las palabras, se paró delante de nosotros y exclamó: ¡Están presos todos los que están aquí por contrarrevolucionarios!”.

Al cabo de los años Justo sonríe, pero en ese momento se quedó perplejo. Junto a él se encontraban la esposa, la suegra, dos personas más y el grupo de alumnos. Hacía tiempo que no lo veía y allí mismo nos dimos un abrazo muy fuerte y le dijo una frase que nunca se le olvida: estoy abrazando a mi segundo padre.

Conversaron un rato. Los otros rebeldes eran la escolta de él. Vino de Ciego de Ávila a Camagüey, visitó a Aristónico, a Elpidio Lezcano, quien fuera su alumno también, y después a Justo. Mencionó entre los educandos también a Rafael Ollet que residía en el entorno de la academia; y a Mario Menéndez Cruz.

Recordó anécdotas, que a pocos se lo ha dicho, pero que Gayol y Charles Morell y me imagino que Lezcano lo sabían, asociadas a Reynaldo León Lleras, caído en los acontecimientos del 13 de marzo de 1957 en el ataque a Palacio Presidencial.

El joven, nativo de Vertientes, le traía una jaba de papel cartón llena, por el medio de la calle, con material bélico: azufre, nitrato de potasio, pólvora, etcétera, etcétera para fabricar bombas que el maestro preparaba cuando en la casa todo el mundo dormía y ocultaba en el falso techo.

Cita que un integrante de una familia de La Vigía, de apellido Estenoz recogía las cargas, incluso, en esa barriada se hicieron estallar artefactos. La función duró poco tiempo al detectar la madre de Justo lo que acontecía.
Retomó el hilo conductor de la figura de El Rubio: “A Suárez Gayol, después del triunfo de la Revolución, el Che lo selecciona por las condiciones como guerrillero y revolucionario que tenía.

Durante la lucha insurreccional Suárez Gayol viajó desde Pinar del Río, donde estaba alzado, al Escambray y se pone en contacto entonces con el Che, a quien le demostró que era un hombre íntegro y con actitudes de dirigente.

“Al terminar la guerra el Che le dijo: Capitán, él era teniente, allí fue donde lo ascendió al grado de capitán, vaya con un grupo de hombres y tome el cuartel de Ciego de Ávila”.

-¿Por qué cree que el Che lo seleccionó para integrar la guerrilla en Bolivia?

“Porque demostró el grado de disciplina, de honradez y de veracidad en sus relaciones con los subordinados y superiores. Las palabras de Gayol inspiraban respeto, se lo digo con toda honestidad porque trabajé con él, aparte que lo conocí como estudiante”.

A Justo después del triunfo de la Revolución, en 1963, lo seleccionaron para la Escuela Superior del Partido “Ñico López”, donde cursaría estudios con el objetivo de volver para Camagüey y asumir una determinada responsabilidad en la JUCEI (Junta de Coordinación, Ejecución e Inspección).

Gayol estando de director del Instituto Cubano de Recursos Minerales (ICRM) volvió la mirada hacia su antiguo profesor y casi terminando el año en la escuela en la capital del país, se enteró por medio de Melba Hernández, condiscípula de Justo en la escuela de estudios políticos, de que él se hallaba en ese centro de superación política.

La Heroína del Moncada en su auto trasladó a Gayol a la Ñico López. Luego sobrevino el saludo y el abrazo. Cuenta Justo que Melba luego le contó el interés de su exalumno de que fuera a trabajar con él, como químico en el laboratorio de estudios mineralógicos del ICRM, dependencia a la cual el Che le llamó el corazón de la minería.
Justo le dijo a Melba que sentiría placer trabajar con Gayol, porque lo conocía bien y sabía qué clase de hombre era. Ella se encargó de hablar con Emilio Aragonés, quien por entonces era el organizador del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) y tramitara la solicitud con Felipe Torres Trujillo, en esa época primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) en Camagüey.

La máxima dirección política de la provincia, luego de los argumentos y de explicársele la importancia y los contratiempos que se deba en ese laboratorio, accedió a liberar a Justo, quien permaneció en esas funciones siete años, antes de pasar a jefe de control de calidad de la Empresa Consolidada de la Minería.

Explicó que trabajó con Suárez Gayol hasta que a este, a principios de 1965, lo nombran viceministro de la producción azucarera, sin perder contacto con él, yendo a su casa o él a la suya.

La noticia de la primera sangre cubana derramada en Bolivia la conoció mientras estaba disfrutando de unas vacaciones en el balneario de aguas sulfurosas de San Miguel de Los Baños, cerca de Coliseo, orientada para reponerse del marcado agotamiento por las intensas y prolongadas jornadas de trabajo.

En ese lugar llegó a sus manos la primera edición del diario del Che.

“Vi el nombre de El Rubio y otro seudónimo. Yo no había visto la parte de atrás del libro. Cuando llegué al final con la lectura que hice de un tirón, observo que El Rubio era Jesús Suárez Gayol. Su cadáver aun no lo han encontrado.

“¡Imagínate el golpe que recibí! Eché para atrás por lo menos diez o doce días dentro de aquella etapa de descanso. Me pasé varios días sin poder dormir. Mi esposa estaba conmigo, menos mal que ella me acompañó, pero se lo confieso: lloré a Jesús Suárez Gayol. Me parecía increíble aquello. Fueron dos golpes muy fuertes: la muerte del Che y la de Gayol”.

-¿Del ejemplo de Suárez Gayol que deben de preservar las actuales y futuras generaciones?

“Sus principios revolucionarios y de una disciplina formidable en el trabajo. Él se parecía mucho al Che, se impuso una disciplina de trabajo extraordinaria; el que trabajaba directamente con él tenía que ser como él.

“Algo también que se deriva de esos dos principios que lo llevaron a ser lo que fue: a tenerle un odio feroz a la mentira. Para él un hombre que dijera una mentira, en primer lugar, su condición de hombre la había perdido. El hombre que miente es cobarde, estoy hablando palabras de él.

“En cualquier situación era firme. En la segunda estación de la Policía de la calle Avellaneda le dieron una pateadura y él diciéndole cosas, desafiándolos con la palabra. Al principio logró entrarse a golpe con la policía encerrado en la celda. Salió de allí con una hernia discal.

“Antes de ir para Bolivia me dijo: Voy a la Unión Soviética que me van a operar de una hernia discal y quiero que todas las semanas le des una vuelta a mamá, a Aurora que para él era su Mariana Grajales, la revolucionaria tanto o más que él”.

Parece que por cosas del destino, Justo vuelve a residir en la calle Rosario, no en la casa marcada con el número 242, sino con el 319, quizás por azar de la vida para mientras viva –hoy tiene 85 años- mirar desde el balcón hacia donde tenía la academia y recordar aquellos muchachos y su líder indiscutible: Jesús Suárez Gayol.