CAMAGÜEY.- Hace 38 años los cubanos sufrimos una epidemia desconocida y poco estudiada anteriormente en nuestro contexto. Hoy es una enfermedad endémica del país y se trata del virus Dengue transmitido por el mosquito Aedes aegypti (Aa). En 1981, la nación se vio consternada por la pérdida de 158 personas, de ellos 101 niños, de los cuales 13 eran camagüeyanos.

El hospital pediátrico Eduardo Agramonte Piña, de Camagüey, se convirtió en la casa de pacientes, doctores, camilleros, administrativos, y alumnos que desde mayo hasta septiembre enfrentaron la enfermedad, cada uno en su lugar de trabajo.

La Dra. Adela E. Avilés Álvarez, especialista de 2do. Grado en Pediatría, entrenada en Neuropediatría y Genética, Máster en Atención Integral al Niño, y Profesora Auxiliar y Consultante del hospital pediátrico Eduardo Agramonte Piña, de esta ciudad, nos cuenta sus experiencias y lo vivido en esa institución en aquella época.

¿Cuáles eran los síntomas?

—El dengue tiene cuatro serotipos. El que afectó al país resultó el más peligroso. El golpe fue grande, los hospitales se llenaron rápido de casos con sangrados en piel y mucosas, y shock hipovolémico, al cual le sucedían grandes hemorragias, principalmente digestivas y otras complicaciones como el fallo múltiple de órganos. Era algo completamente nuevo y que sin piedad arrasaba con la vida de muchos.

¿Acudían al hospital los padres de manera responsable?

—Sí, por supuesto. Ante afecciones así y con tiempo; sin embargo, los primeros casos fueron los más graves porque no teníamos los suficientes conocimientos sobre el virus y algunos, desgraciadamente, perdieron la vida. El primer fallecido lo registramos en junio de 1981 y el último en la semana comprendida entre el 2 y el 8 de agosto de ese mismo año; como ves, en breve tiempo, por la organización que logramos en medio de tanta tensión.

¿Era la primera vez que se enfrentaba a una experiencia de este tipo ?

—Me acababa de graduar de especialista de 2do. Grado en Pediatría. Cuando ocurre la epidemia, no teníamos idea de lo que estaba pasando, veíamos a los pacientes estables y de momento caían al suelo en estado de shock, por lo que el reto era tremendo y teníamos que hacer lo posible por salvarles la vida a los pequeños. A veces no estábamos claros de la cantidad de líquidos a poner en venas y la ansiedad provocada nos superaba. Fue una vivencia que causó un impacto impresionante en el hospital.

“La situación se agravaba porque la sala acondicionada era pequeña para cuidados especiales, con unas cuatro a seis camas, y la de gastroenterología la habilitamos para los casos más graves. Había que atender a los enfermos en sillas, camillas, donde hubiese un espacio, por así decirlo. A pesar de todo fue una etapa de reafirmación como médicos y como personal de la Salud, cualquiera que fuera su responsabilidad, porque estuvimos todo el tiempo aquí en constante estado de emergencia”.

Coménteme la responsabilidad que significó para usted y el hospital en general, tener en sus manos la vida de un niño en situaciones desconocidas.

—La responsabilidad se globalizó. Estuvimos en guardia permanente y primó la responsabilidad y la entrega, pues teníamos vidas en las manos, que dependían casi de la intuición porque el diagnóstico de ese padecimiento no lo teníamos aún, y entonces la dedicación era doble.

Imagino que los padres estarían desesperados y fue misión de ustedes darles el frente, mantenerlos informados y calmados. ¿Qué puede decirme al respecto?

—Para los padres fue algo sorprendente, era una amenaza de la que nadie estaba exento. La población se preparó sobre la marcha, estaban tan asustados como nosotros, al no saber lo que ocurría. Lo más difícil fue experimentar cómo se nos iba una vida, a pesar de los intentos y tener que dar esa desgarradora noticia. Quiero destacar el trabajo de los psicólogos, fundamental en el apoyo y atención a los padres, y hasta de nosotros los médicos.

“El hospital se movilizó en la búsqueda de información junto con La Habana, se investigó para ir descartando poco a poco enfermedades hasta llegar al virus que asistíamos. De esta manera se entrenaron los especialistas con más tiempo de graduados. Cuando se estudia la enfermedad, comienza a disminuir la mortalidad y paulatinamente se vuelve a la normalidad”.

¿Cómo pudieran evitarse hechos de esta naturaleza?

—La voluntad política del Gobierno la tenemos, la coordinación intersectorial igual, y la participación activa de la comunidad no puede faltar, sin olvidar la necesidad de fortalecer las leyes nacionales. Por mucho que se repita no deja de ser vital que las personas en sus casas y en sus centros laborales chequeen y mantengan la higiene, así como el autofocal.

¿Qué sucedió después en esa sala pequeña con tantas dificultades para la asistencia?

—Hoy se utiliza en otra especialidad, y como no se adecuaba a las condiciones necesarias en ese momento, como sucedía entonces en toda Cuba, debemos reconocer la visión de futuro de nuestro Comandante Fidel Castro, el que concibió y convirtió en realidad la creación de las salas de terapia intensiva, y ya contamos con dos.

“Y en los días que corren los profesionales de la Salud, todos, enfrentamos no solo esta y otras dolencias en Cuba, sino en buena parte del mundo, como muestra de solidaridad y humanismo desinteresado”.